Ben Jonson

El alquimista

The Alchemist

Traducción

Jonson, Ben. <<El alquimista.>> [ <<The Alchemist.>> ] Traducido por Marcelo Cohen. Barcelona: Bosch, 1983.

Joan Oleza Simó (Investigador principal) Cohen, Marcelo (Traductor) Ortíz Ramírez, Almudena (Editor digital)

Español · Prosa

Esta obra está bajo una Licencia Creative Commons Atribución-NoComercial-SinDerivadas 4.0 Internacional (CC BY-NC-ND 4.0)

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Nota a la edición digital

La Biblioteca Digital EMOTHE agradece a Marcelo Cohen la gentileza de conceder permiso para reproducir su traducción. Esta publicación es parte del proyecto I+D+i «EMOTHE: Second Phase of Early Modern Spanish and European Theatre: heritage and databases (ASODAT Third Phase)», referencia PID2022-136431NB-C65, financiado por MICIN/AEI/10.13039/501100011033 y por FEDER Una manera de hacer Europa. Para la edición de este texto electrónico, hemos añadido un guion largo ( — ) entre espacios en blanco delante de cada intervención que en la edición impresa aparece sangrada y alineada (generalmente) con el final de la intervención anterior. Este sangrado es el sistema que Cohen utiliza para indicar, en su traducción en prosa, las intervenciones que constituyen partes de un verso compartido entre dos o más personajes en el original inglés (en “blank verse” o pentámetros yámbicos sueltos).

LOS PERSONAJES DE LA OBRA

SUTIL (SUBTLE), el alquimista.
CARA (FACE), el mayordomo.
DOL RAMPLONA (DOL COMMON), compinche de ambos.
GALLARDO (DAPPER), un pasante de abogado.
DROGUIS (DRUGGER), un vendedor de tabaco.
DON AGUDO (LOVE-WIT), amo de la casa.
EPICURO MAMMON , un caballero.
PERTINAX CEÑUDO (PERTINAX SURLY), un jugador.
TRIBULACIÓN SALUBRE (TRIBULATION WHOLESOME), un pastor de Amsterdam.
ANANÍAS , diácono en esa ciudad.
MOCHETE (KASTRIL), joven iracundo.
DÓCIL DAMA (DAME PLIANT), su hermana, viuda.
VECINOS
POLICÍAS
FIGURANTES

PRIMER ACTO

Escena primera

(Entra CARA con uniforme de capitán. Tras él, SUTIL, con una redoma en la mano, y DOL RAMPLONA.)
CARA
Lo haré, podéis creerlo.
SUTIL
— Tanto peor. Tendrás tu merecido.
DOL
¿Estáis en vuestro juicio? ¡Vamos, caballeros! Por amor de...
CARA
Ya verás cómo descubro tus...
SUTIL
— ¿Ah sí? Lamehigos, aparta aparta En la edición impresa, “Aparta” tiene la letra inicial en mayúscula y empieza una línea tipográfica, por lo que da la impresión de ser verso; pero se trata este de un caso único que contrasta con el resto de la traducción, en la que todos los inicios de línia están en minúscula (es decir, en prosa). Por tanto hemos corregido la letra inicial de “Aparta” a una minúscula, en consonancia con el resto de la traducción. de mí...
CARA
— Canalla, canalla, tú y tus triquiñuelas.
DOL
¡Pero mirad! Soberano, General, ¿habéis enloquecido?
SUTIL
Oh, deja que retoce el carnero salvaje. Te arrancaré las galas con un chorro de agua regia. 4 Ahí te veremos.
DOL
— ¿Queréis que os oigan los vecinos? Echaréis todo a perder. Silencio, creo que alguien viene.
CARA
— Cretino...
SUTIL
— Como te acerques, haré trizas la obra de tu sastre.
CARA
Ah, cachorro infame, esclavo insolente, dudo que te atrevas.
SUTIL
— Verás si no.
CARA
— Pero, ¿sabes quién soy yo, asno mío? ¿Quién soy, eh?
SUTIL
— Muy bien, te lo diré puesto que no te conoces...
CARA
— Habla más bajo, bellaco.
SUTIL
De acuerdo. En un tiempo (no hace mucho de esto) fuiste un lacayo de tres libras e hígado de trapo, bueno, simple, honrado, que en vacaciones cuidaba la respetable casa de su amo, aquí en los Friars ...
CARA
— ¿Quieres hablar más bajo?
SUTIL
... hasta que mis poderes te hicieron Capitán.
CARA
¿Tus poderes, perro sabio?
SUTIL
— Lo que cuento ha ocurrido en un tiempo no remoto.
CARA
— Oh, permite una objección: ¿Fuiste tú quien me ayudó? ¿O yo a ti? Recuerda si no dónde nos conocimos.
SUTIL
No te oigo bien.
CARA
— Ni de ti se decía nada bueno. Pero te refrescaré los sesos. Fue en Pie-Corner. Cuando te hartabas del vapor escapado de las ollas y, como padre del hambre, andabas menesteroso, estreñido, con la nariz ganchuda y una tez cetrina de romano, infestada de negros gusanos melancólicos, como después de una perdigonada recibida en el patio de artillería.8
SUTIL
Me alegraría que subieras un poquitín la voz.
CARA
Cuando te cubrías con los andrajos más variados, que habías rapiñado en muladares, por la madrugada, y llevabas chancletas rancias sobre los sabañones, un sombrero de alfombra, una capa raída que apenas si alcanzaba a ocultar el culo que ya no tenías...
SUTIL
— ¡Basta!
CARA
Cuando tu álgebra y tu alquimia, tus minerales, vegetales y animales, tus conjuros, tus tretas y tu sarta de añagazas no te procuraban lienzo suficiente para hacer yesca de tu cuerpo y encender un fuego; yo fui tu valedor, obtuve crédito para tus carbones, tus alambiques, tus cristales, tus sustancias, te construí un horno, traje parroquianos, alenté tu magia negra; y, por si fuera poco te conseguí una casa donde practicarla...
SUTIL
— ¿La casa de tu amo?
CARA
Donde desde entonces has estudiado la forma de medrar con las artes más obscenas.
SUTIL
— Sí, la casa de tu amo, en posesión de ti y de las ratas. No lo ocultes. Sé que eras de ésos capaces de cerrar la escotilla de la despensa y ahorrarse los mendrugos, y vender la cerveza a los traficantes de aguardiente, beneficios que, sumados a las propinas del juego y las comisiones de las tiendas, te permitieron amasar un buen botín, alrededor de veinte marcos, útiles para pasar el tiempo conversando con las telarañas en esta casa hecha una ruina desde la muerte de tu dueña.
CARA
Podrías bajar la voz, bellaco.
SUTIL
— Nada, escarabajo, te atronaré hasta despedazarte. Aprenderás a no tentar nunca más a una furia desatada que en su mano y en su voz alberga tempestades.
CARA
El lugar te ha infundido valentía.
SUTIL
— No, tus ropas. Tú, piojo que he rescatado del estiércol, tan pobre y humillado que ninguna criatura salvo las arañas osaba hacerte compañía. ¿No te salvé de las escobas, del polvo, de las escupideras? ¿No te sublimé, te exalté y te di acceso a la región tercera, llamada estado de gracia por nosotros? ¿No te transmuté en espíritu, en quita esencia, con sudores que dos veces me hubieran valido el logro filosofal? ¿No te otorgué verba y elegancia? ¿No te puse a la altura de quienes sobresalen entre el vulgo? ¿No te confié los juramentos, los secretos de la lucha, las reglas para trampear en las carreras, los dados, la baraja, las riñas de gallos o cualquier proceso refinado? ¿No te ascendí a lugarteniente de mi arte excelso? ¿Y así me lo agradeces? ¿Rebelándote? ¿Huyendo en el momento de la proyección? ¿Justamente ahora volarás?
DOL
— ¿Qué os pasa, caballeros? ¿Pretendéis estropearlo todo?
SUTIL
— Esclavo, tú no tienes nombre...
DOL
¿Que una guerra civil os mande a ambos a la fosa?
SUTIL
Nadie te conocía más allá del equi clibanum, del reino subterráneo de la mierda de caballo, de bodegas y tabernas oscuras como las bocas de los lobos; de no ser por mí no existirías, salvo para las fregonas y los mozos de bodega.
DOL
— ¿Sabéis quién puede oíros, Soberano?
CARA
Granuja...
DOL
— General, os suponía hombre mesurado.
CARA
Si sigues gritando así empezaré a desesperar.
SUTIL
Por mí puedes ahorcarte.
CARA
— Antes te estrangulo, carbonero, a ti y a tus frascos y cacharros; ya verás si sigues provocándome...
DOL
(Aquí se nos quema el estofado.)
CARA
Inscribiré tu nombre en la puerta de San Pablo; descubriré cómo embaucas con carbones huecos, con polvo, con raspaduras cómo buscas lo perdido con un colador, abriéndote paso entre las filas de las casas para invocar figuras, y convocas sombras en un trozo de berilo. Todo se podrá leer en letras rojas. Por añadidura te llenaré de cicatrices peores que las de Gamaliel Ratsey.
DOL
— ¿Estáis sobrios? ¿No habéis perdido el juicio?
CARA
— Y pondré al desnudo tus imposturas en un libro que a los impresores les rendirá más beneficios que tu famosa piedra.
SUTIL
Atrás, ratero de cocina.
CARA
— Fuera, lejía de perro, vómito de calabozo...
DOL
— ¿Queréis, señores, precipitar vuestra propia destrucción?
CARA
— Tal vez sea mejor que comer la ración de los demás.
SUTIL
— Tramposo.
CARA
Rufián.
SUTIL
— Boñiga.
CARA
— Hechicero.
SUTIL
— Rapabolsas.
CARA
— Brujo.
DOL
— ¡Ay de mí! ¡Estamos arruinados! ¡Perdidos! ¿Acaso no os importa vuestra fama? ¿Dónde habéis dejado el juicio? Calma, pensad al menos en mí, en vuestra republique ...
CARA
Aparta, puta. Y a ti, bandido, te denunciaré según el estatuto de brujería, tricesimo tertio de Enrique octavo; y por lavar oro y mondarlo es posible que te adornen el cogote con un nudo.
DOL
Más valdrá que te pongas un gorro de bufón. (Le arrebata la espada a CARA y rompe la redoma de SUTIL.) Y tú, señorito, recoge ese menstruo. Así reventéis, abominable par de cerdos. Dejad de gruñir y haced las paces, o por la luz que me alumbra que os rebanaré el pescuezo. No estoy dispuesta a que me lleve el alguacil por un ruido más de vuestras bocas. ¿Será posible que durante tanto tiempo hayáis timado a medio mundo, para que ahora halléis un modo más astuto de engañaros mutuamente? ¿Y tú lo acusarás? ¿Tú invocarás el estatuto? ¿Quién dará crédito a lo que afirmes? ¿Quién en Blackfriars, sino un puritano, dará por tus palabras más de lo que vale una pluma, hijo de puta, advenedizo, capitán fingido? ¿Y tú, encima, le haces el caldo gordo? ¿Insultas y pretendes beneficiarte en el reparto? ¿Ser el jefe, como si hubieras comprado los polvos para el crisol? ¿No trabajábamos sobre bases de igualdad? ¿No sería el provecho tripartito , las cosas en común, sin prioridades? Cerrad el pico, bellacos inmortales, formad pareja una vez más, estafad en cortesía, con fervor, con devoción, como se debe, y no desperdiciéis la temporada judicial, o, por esta mano, juro que yo también me hago facciosa, cojo mi parte y aquí os planto.
CARA
— Él tiene la culpa; siempre murmurando, cacareando su trabajo y quejándose de cargar con todo el peso.
SUTIL
Pues es verdad.
DOL
— ¿Verdad? ¿Acaso nosotros no cumplimos con lo nuestro?
SUTIL
— Sí, pero el reparto es desigual.
DOL
Bien, si tu tarea ha sido desmedida hoy, espero que mañana la nuestra pueda equipararla.
SUTIL
— Ojalá.
DOL
¿Ojalá, alano farfullante? Y tanto que podrá. ¡Muerte de mi alma! Ayúdame a estrangularlo.
SUTIL
— Dorothee, miss Dorothee, preciosa mía, haré lo que me pidas. ¿Qué deseas?
DOL
¿Lograrás algo por fermento y cebo?
SUTIL
Por el cielo, no...
DOL
— ¿Por tu Sol y tu Luna, entonces? Socórreme.
SUTIL
Así me cuelguen. Me someteré.
DOL
— ¿Lo harás, pues? Júralo.
SUTIL
¿Qué tengo que jurar?
DOL
— Que depondrás las armas, señor mío, y trabajarás amablemente en bien común.
SUTIL
Que la respiración me falte, si pretendí otra cosa. Sólo empleé mis discursos para espolearlo.
DOL
Espero que de ahora en adelante no sean precisas las espuelas.
CARA
Demostraremos quién de los dos muerde mejor.
SUTIL
— Acordado.
DOL
Y trabajaréis en estrecha comunión.
SUTIL
— Rayos, el nudo que nos ata se ha reforzado, para mí, con la querella.
DOL
¡Amén, macacos míos! ¿O es que nuestras tonterías han de servir de banquete a los sobrios vecinos, mojigatos y estirados, que no han sonreído un par de veces desde que el rey fue coronado? Bribones, ¿hemos de regalarles la alegría de verme paseada por las calles, o a vosotros con la cabeza en un nudo corredizo, para ingresar al cual deberéis pagar tributo en orejas? No, haced las paces, y que el Preboste nos espere en vano a la mesa del festín, con su jubón de terciopelo y sus bandas de colores, mientras aquí, mi noble Soberano y digno General, contribuimos con un par de ligas nuevas a su desdeñable señoría.
SUTIL
— ¡Regia Dol! ¡Eres tú misma y a un tiempo Claridiana!
CARA
Por lo que esta noche, en silla triunfal, no te llamarás Ramplona sino Singular, Magnífica. Y para esta Unica reservaremos la mejor tajada.
SUTIL
¿Qué es eso? Alguien llama. A la ventana, Dol. Quiera el cielo que el amo no venga a fastidiarnos esta temporada.
CARA
Oh, no temas, mientras la plaga mate a uno por semana estamos a salvo de que piense en Londres. Además, sus campos de lúpulo lo tienen ocupado: eso cuenta en una carta. Si regresa, mandará antes aviso de que ventile la casa y vosotros tendréis tiempo suficiente de ahuecar el ala. Aunque el asunto nos insuma una quincena, no hay problema.
SUTIL
¿Quién es, Dol?
DOL
— Un apuesto jovencito.
CARA
— Ah, es un pasante de abogado. Lo atrapé anoche en Holborn, en la casa de juego. Te he hablado ya de él: está deseando tener un familiar para apostar en las carreras y ganar enormes premios.
DOL
Hazlo entrar.
SUTIL
— Espera. ¿Quién lo recibirá?
CARA
— Tú. Ve a vestirte. Al salir me cruzaré con él.
DOL
¿Y qué hago yo?
CARA
— Marcharte cuanto antes. (Se retira DOL.) Pareces reservado.
SUTIL
— En cierto modo.
(Se retira SUTIL.)
CARA
— Sed con Dios, señor. Os ruego le digáis que estuve aquí. Se llama GALLARDO. Yo me habría quedado, pero...

Escena segunda

(Entra GALLARDO.)
GALLARDO
Aquí estoy, Capitán.
CARA
— ¿Quién es? Doctor, creo que ha llegado. A fe, señor, que ya me retiraba.
GALLARDO
Lo siento, Capitán.
CARA
— Pensaba, sin embargo, que nos encontraríamos.
GALLARDO
— Encuentro que me alegra mucho. He tenido que hacer un par de roñosas escrituras, y anoche, por prestarle mi reloj a uno que hoy come con el alguacil, me han pelado el midetiempo. Entra SUTIL con túnica de terciopelo y birrete. — ¿Es ésta nuestra eminencia?
CARA
Su señoría en persona.
GALLARDO
— ¿Y es Doctor?
CARA
— Por cierto.
GALLARDO
¿Y le habéis hablado de mi asunto?
CARA
— Sí.
GALLARDO
— ¿Y bien?
CARA
Considera el tema, señor, tan delicado, que no sé qué decir...
GALLARDO
— No exageréis, capitán.
CARA
De buen grado quisiera verme libre de esto, os lo aseguro.
GALLARDO
Me preocupáis, señor. ¿Por qué razón habríais de querer tal cosa? Considerad que no me mostraré ingrato.
CARA
Ni me atrevería yo a pensarlo. Mas la ley es tan... Y luego, dice nuestro sabio, está tan fresco el caso Read...29
GALLARDO
— ¿Read? Era un asno, Capitán, y se entendía con un loco.
CARA
— No, señor. Con un letrado.
GALLARDO
¿Un letrado?
CARA
— Escuchadme, señor: vos conocéis mejor la ley, o eso me figuro...
GALLARDO
— De sobras, señor, así como el peligro. ¿Acaso no os he explicado el estatuto?
CARA
— En efecto.
GALLARDO
¿Osaré, entonces, descubriros? Por esta mano carnal, que mi caligrafía nunca vuelva a ser la misma si os traiciono. ¿Quién creéis que soy? ¿Un chiado ?
CARA
— ¿Y eso qué es?
GALLARDO
— Un turco que... En otras palabras, ¿me consideráis un turco?
CARA
Hablaré con el Doctor.
GALLARDO
— Hacedlo, amable Capitán.
CARA
Acercaos, excelencia. Os ruego, sed flexible. Este es el caballero de marras. Y no es ningún chiado .
SUTIL
Capitán, ya os he dado mi respuesta. Por amor de vos haría cualquier cosa. Pero ésta me excede y me está prohibida.
CARA
— Ea, no digáis eso. Estáis tratando, Doctor, con un individuo pleno de nobleza, proclive a generosas recompensas. No con un chiado cualquiera. Dejaos conmover por esto.
SUTIL
— Basta, por favor.
CARA
— Ha traído cuatro ángeles.
SUTIL
— Señor, me ofendéis.
CARA
¿Por qué? ¿Por tentaros con esos cuatro espíritus?
SUTIL
Por tentar mi arte y mi amor en aras del peligro. En nombre del cielo, me resisto a creer que vos, mi amigo, busquéis inducirme a tales riesgos.
CARA
¿Yo induciros? Así os arrastre un caballo, a vos y a vuestras moscas.
GALLARDO
— Calma, Capitán.
CARA
Ignora cómo se reconoce a un hombre.
SUTIL
— Medid vuestras palabras.
CARA
Prefiero los hechos, perro pulguiento. ¡Rayos! ¿Acaso os trajo a un tramposo, fullero y buscavidas, que apenas ve una buena carta se sonroja y es capaz de desparramar nuestros secretos como crema...?
GALLARDO
— Capitán.
CARA
¿O a un escriba melancólico de cuarta que le contará todo al vicario? No, señor, os traigo a un hombre noble, con una herencia de cuarenta marcos anuales, consorte de los poetas menores de la época, única esperanza de su anciana abuela, entendido en leyes, conocedor de seis escrituras diferentes, fino letrado, experto en cifras, dispuesto a jurar, en caso necesario, por el testamento griego y de cortejar a una dama con versos de Ovidio.
GALLARDO
— Vamos, querido Capitán.
CARA
¿No es eso lo que me habéis dicho?
GALLARDO
— Sí, pero me alegraría que tratáseis al Doctor con más respeto.
CARA
¡Venado petulante! Así lo cuelguen por la cabeza enmarañada. De no ser por vos, me asfixiaría antes de cambiar un soplo de mi aliento con engreído semejante. Venid, larguémonos.
SUTIL
— Os ruego que me dejéis hablar.
GALLARDO
Su excelencia os llama, Capitán.
CARA
— Lamento haberme embarcado en un asunto como éste.
GALLARDO
Vamos, señor; que os ha llamado.
CARA
— ¿Es decir que aceptará?
SUTIL
Primero oídme...
CARA
— Ni una sílaba, a menos que accedáis.
SUTIL
Os ruego...
CARA
— No cedo por menos de un assumpsit .
SUTIL
Vuestro capricho es ley.
(Toma el dinero.)
CARA
— Bien, señor, hablad ahora. Todo mi honor estará atento. Y también el de este caballero. Hablad.
SUTIL
— Pues...
CARA
— Nada de murmullos.
SUTIL
Por el cielo. No alcanzáis a estimar el daño que os hacéis con esto.
CARA
— ¿Cómo? ¿Por qué?
SUTIL
Dios mío, por confiar de tal modo en un sujeto que, cumplido su deseo, os despojará de todo: ganará todo el dinero que corre en la ciudad.
CARA
¡No!
SUTIL
— Sí. Y hará estallar un jugador tras otro como estallan los petardos en una comedia de fantoches. Si le concedo un familiar, apostad por él vuestro dinero; jamás en contra. Porque ganará.
CARA
— Os equivocáis, Doctor. No pide más que para copas y caballos, una de esas moscas que influyen en los dados. No un espíritu de gran poder.
GALLARDO
Sí, Capitán, querría uno para cualquier juego.
SUTIL
Ya lo decía yo.
CARA
— Caray, esta es otra melodía. Suponía yo que deseabais un pajarito, un manso familiar que no revoloteara a menudo; los viernes por la noche, acabado ya el trabajo, y os procurara unas monedas, cuarenta chelines, o cincuenta.
GALLARDO
— Sí, es verdad, pero ahora estoy pensando en dejar las leyes y por consiguiente...
CARA
— Bueno, ¡esto cambia la cosa por completo! ¿Pensáis que debo atreverme a persuadirlo?
GALLARDO
— Si os place, señor. Me figuro que para él será lo mismo.
CARA
— ¿Por esa suma? Mi conciencia me lo impide. Ni deberíais vos, opino, formular pedido semejante.
GALLARDO
— No, señor, estoy dispuesto a aumentar la recompensa.
CARA
— En ese caso, señor, lo intentaré. Doctor, ¿y qué diríais si fuese para todo juego?
SUTIL
Digo entonces que por culpa de él gran cantidad de bocas quedarán sin alimento, o sólo lo obtendrán a crédito, lo cual no es conveniente a un tahur, creedme.
CARA
— ¡Ciertamente!
SUTIL
Acaparará todos los tesoros de este reino, si se lo propone.
CARA
— ¿Lo decís fundándoos en vuestro arte?
SUTIL
Sí señor, y en el fundamento del arte: la razón. Este hombre posee esa constitución inigualable que enamora a la Reina de Hadas.
CARA
— ¡Cómo! ¿Él?
SUTIL
— Chitón; puede oíros. Si tan sólo ella lo viera...
CARA
¿Qué?
SUTIL
— No se lo digáis.
CARA
— ¿Y por añadidura ganará en los naipes?
SUTIL
Juraría uno que las almas del difunto Holland y del persistente Isaac han encarnado en él: es imposible resistir a su vigorosa suerte. Sería capaz de dejar en cueros a seis de los mejores jugadores, sin esfuerzo.
CARA
¡Es extraño que haya nacido un hombre de esta talla!
SUTIL
Que os oye...
GALLARDO
— Prometo, señor, no ser ingrato.
CARA
Algo me impulsa a confiar en su buena disposición: dice, ya veis, que no es un desagradecido.
SUTIL
Sea como os plazca. Mi ventura seguirá a la vuestra.
CARA
Y en buena hora, caballero. Confiad en él y complacedlo. Una hora le bastará para hacernos felices: de cinco mil libras que gane, dos mil serán para nosotros.
GALLARDO
Creed que así lo haré, señor.
CARA
— No dudo de ello. ¿Habéis oído todo?
GALLARDO
— No. ¿Qué ha dicho? No he oído nada.
CARA
¿Nada?
GALLARDO
— Bueno, un poco.
(CARA se lo lleva aparte.)
CARA
— El Doctor jura que sois...
SUTIL
— No iréis a decírselo todo, Capitán...
CARA
...favorito de la Reina de Hadas.
GALLARDO
— ¿Yo? ¿De veras? Creedme, jamás imaginé...
CARA
— Pues así es, y también dice que habéis nacido con una membrana en la cabeza.
GALLARDO
— ¿Yo?
CARA
— Vamos. No podéis disimular que siempre lo supisteis.
GALLARDO
Por mi fe que no. Estáis en un error.
CARA
¿Cómo? ¿Juráis por vuestra fe? ¿Y en una materia en que el Doctor es erudito? Señor, ¿cómo depositar en vos vuestra confianza? A la vista de las circunstancias, ¿se nos permitirá confiar en que, cuando seáis favorecido con seis mil libras, veremos nuestra parte?
GALLARDO
— Por Júpiter, señor; ganaré diez mil y será vuestra la mitad. No vacilo en jurarlo.
SUTIL
— Hablaba en broma.
CARA
Id, pues. Dad gracias al Doctor. Las aceptará con ánimo amistoso.
GALLARDO
— Agradezco a vuestra señoría.
CARA
— ¿Y bien? Dadle otro ángel.
GALLARDO
— ¿Os parece?
CARA
— ¿Si me parece? Pardiez, ¿existe otra forma de dar gracias? No seáis banal. Doctor, ¿cuándo ha de venir este buen hombre por su espíritu?
GALLARDO
¿No me lo daréis ahora?
SUTIL
— ¡Oh, excelente caballero! Antes tenéis que atravesar por un mundo de rituales. Habéis de ser bañado y fumigado, en primer término. Por lo demás, la Reina de las Hadas no suele levantarse hasta mediodía.
CARA
— Nunca, si por la noche ha ido al baile.
SUTIL
Precisamos su bendición.
CARA
— ¿No habéis visto nunca aún a su Gracia real?
GALLARDO
— ¿A quién?
CARA
— A vuestra fantástica madrina.
SUTIL
No, Capitán, desde que en la cuna lo besara, si esto despeja vuestras dudas.
CARA
— ¡Pues contempladla, no importa que os cueste lo más caro! Os resultará duro conseguirlo; pero, como sea, vedla. Si lo lográis, creedme, nada más os hará falta. La Reina de las Hadas es rica y solitaria y, si le da el capricho, lleva a cabo cosas peregrinas. Vedla de cualquier modo. ¡Rayos, puede que os deje en herencia todas sus posesiones! Eso es lo que teme el Doctor.
GALLARDO
— ¿Qué he de hacer, entonces?
CARA
No os preocupéis, yo me encargaré. Bastará con que digáis: Capitán, conoceré a su Gracia.
GALLARDO
Capitán, conoceré a su Gracia.
CARA
— Suficiente.
(Llaman fuera.)
SUTIL
(Llévatelo por la puerta de atrás.)
CARA
¿Lo recordaréis?
GALLARDO
— Os lo garantizo.
CARA
Bien. Partid, entonces. A vuestro cargo correrá repartir veinte nobles entre los criados de la Reina. Y poneos una camisa limpia: no imagináis la clase de prodigios que su Alteza hará con vos al veros atildado.
(Salen CARA y GALLARDO.)

Escena tercera

SUTIL
(Buenas mujeres. Os ruego me disculpéis, ya que no puedo atenderos hasta después del mediodía.)
DROGUIS
— Sí, señor.
SUTIL
¿Vendedor de tabaco?
DROGUIS
— Sí, señor.
SUTIL
— Ajá. ¿Del gremio de abaceros?
DROGUIS
— Para serviros.
SUTIL
— Bien. ¿Qué te ha traído, Abel?
DROGUIS
— Esto, con la venia de vuestra señoría: soy un joven principiante, y estoy ahora construyendo, vuestra señoría ha de saber, una nueva tienda, justamente en una esquina. Aquí tenéis el plano. Y quisiera saber, señor, merced a vuestro arte, dónde, según la nigromancia, he de levantar la puerta, dónde los estantes, cuál será para las cajas y cuál para los tarros. Me gustaría prosperar, señor. Y fui encomendado a vuestra señoría por un caballero, el Capitán Cara, quien asegura que vos conocéis los planetas de los hombres, sus ángeles buenos y los malos.
SUTIL
— Así es. Tan pronto como me los muestran, los conozco.
(Entra CARA.)
CARA
— ¡Mi honrado Abel! ¿Tú con nosotros? ¡Bienvenido seas!
DROGUIS
— En verdad, señor, estaba hablando de vuestra señoría cuando vuestra señoría ha entrado. Os ruego que habléis al maestro Doctor en favor mío.
CARA
Hará lo que sea. ¿Me oís, Doctor? Este es mi amigo Abel, hombre cabal; él es quien me vende buen tabaco: nunca lo adultera con hilachas de saco o con aceite, no lo mezcla con moscatel y especies ni lo entierra bajo grava, envuelto en grasientas pieles o trapos meados. Al contrario, lo conserva en tarros de alabastro que, al abrirse, huelen a rosas confitadas y a algarroba. Tiene su tajo de arce, sus pinzas de plata, sus pipas de Winchester y su lumbre de enebro. Persona pulcra, de una pieza, sin sombra de usurera.
SUTIL
Es un sujeto afortunado, a buen seguro...
CARA
¿Ya os habéis percatado, Doctor? ¡Anímate, Abel!
SUTIL
Y destinado a la riqueza...
CARA
— ¿Sí, señor?
SUTIL
— Este verano será miembro de su Cofradía: y para primavera, lo habrán elegido alguacil. Para que dé lo mejor de sus virtudes.
CARA
¿De veras? ¿Y con barba tan escasa?
SUTIL
— Considerad, señor, que con receta adecuada, el pelo bien podría crecerle. Pero, si es sensato, preservará su juventud, y no con pena: Es en otra dirección que lo aguarda su fortuna.
CARA
Caray, Doctor, ¿cómo lo habéis averiguado? ¡Estoy perplejo!
SUTIL
— Por una regla, capitán, de metoscoìa, ciencia por la cual advierto cierta estrella en su frente que vos no veréis. El color avellanado u oliváceo de un rostro es inequívoco; y mucho prometen las orejas largas. Lo sé, asimismo, por las manchas de sus dientes y la uña de su dedo mercurial.
CARA
¿Y qué dedo es ese?
SUTIL
— El meñique. Atended. ¿Has nacido en día miércoles?
DROGUIS
— Así es, señor.
SUTIL
En quiromancia, corresponde a Venus el pulgar; a Júpiter el índice; el mayor, a Saturno; el anular, al Sol; y el último a Mercurio, el cual, amigo, es señor de vuestra casa, que es la de la vida, o sea Libra, protectora de los mercaderes, cuya herramienta es la balanza.
CARA
¡Todo esto es muy extraño! ¿Verdad, honrado Abel?
SUTIL
Se acerca ahora un barco que zarpó de Ormuz, y le acarrea ingente provisión de drogas... ¿Es éste el oeste, y éste el sur?
DROGUIS
— Sí, señor.
SUTIL
— ¿Y son estos tus dos lados?
DROGUIS
— En efecto.
SUTIL
Ponme pues, la puerta, al sur; el lado más ancho, al oeste; y al este de tu tienda, en lo más alto, escribe Matlai , Tarmiel y Barabórat ; sobre el muro norte, Rael , Velel , Tiel . Son los nombres de los espíritus de naturaleza mercurial que alejan a los insectos de las cajas.
DROGUIS
Sí, señor.
SUTIL
— Y debajo del umbral, entiérrame una piedra imantada para atraer a los valientes con espuelas; el resto vendrá solo.
CARA
— ¡Vaya secreto, Abel!
SUTIL
Y en el mostrador, un muñeco de cuerda, y cosméticos para atraer a las mujeres. Has de traficar mucho en minerales.
DROGUIS
— En casa, señor, tengo ya...
SUTIL
— Lo sé. Sé que tienes allí árnica, vitriolo, tártaro, álcali, cinabrio, argil: lo sé ya todo. Este muchacho, Capitán, devendrá, a su tiempo, un gran destilador y rondará el secreto (no dirá directamente, pero sí de cerca) de la piedra del filósofo.
CARA
Mas ¿cómo, Abel? ¿Es cierto?
DROGUIS
— Capitán, ¿cuánto he de pagar?
CARA
— No pidas que te dé consejo. Ya atisbas la riqueza que te espera (y cómo has de entregar lo mejor de tus virtudes).
DROGUIS
— Le daré una corona.
CARA
¡Una corona! ¿Y con fortuna tal? Hijo mío, deberías darle antes bien tu tienda. ¿No has traído oro?
DROGUIS
Sí, guardo un portugués desde hace meses.
CARA
Venga la moneda, pues. Rayos, la oferta es deslumbrante... No lo retendré conmigo. ¿Se la entrego de tu parte? Doctor, Abel os ruega que bebáis esto a su salud, y promete que en adelante será más generosa, a medida que vuestro arte le ayude a prosperar.
DROGUIS
— Quisiera suplicar otro favor de vuestra señoría.
CARA
— ¿De qué se trata, Abel?
DROGUIS
Que paséis revista, señor, a mi almanaque, y tachéis con una cruz mis días nefastos, para no negociar en ellos ni fiarme.
CARA
— Será hecho, Abel. Lo mirará esta misma tarde.
DROGUIS
Y los consejos para los estantes.
CARA
— ¿Y bien, Abel? ¿Estás conforme?
DROGUIS
— Gracias a vuestras señorías.
CARA
— Andando. Sale DROGUIS. ¿Qué dices tú ahora, ahumado perseguidor de la naturaleza? ¿Ves que hay otras cosas más allá de tu carbón de haya, tus aguas corrosivas, tus crisoles, cubetas y retortas? ¿Que ha de salirse en busca de otro material? Y sin embargo supones que no me cuesta nada rastrear el enclave de estas vetas, acecharlas y probar si sirven. Por Dios, mi inteligencia vale más dinero que el que, por trato, me reportan estas tareas exquisitas.
SUTIL
— Me haréis ruborizar, señor.

Escena cuarta

(Entra DOL.)
SUTIL
¿Qué dice mi preciosa Dol?
DOL
— pescadera no se quiere marchar. Y también está allí esa giganta, la alcahueta de Lambeth.
SUTIL
— Pues yo no puedo recibirlas.
DOL
No antes de la noche. Se lo he anunciado por el tubo parlante, como si fuera uno de tus familiares. Pero he aquí que he visto a sir Epicuro Mammon...
SUTIL
— ¿Dónde?
DOL
Viniendo hacia aquí, desde la entrada al callejón, lento de pies mas rápido de lengua, hablando con quien lo acompaña.
SUTIL
— Cara, ve a cambiarte. Y tú, Dol, prepárate también.
DOL
¿Por qué? ¿Qué pasa?
SUTIL
— Oh, hablé con él mientras el sol salía. ¡Me maravillaría que hubiese dormido! Hoy es el día. Llevaré a cabo para él el magisterium , la obra magna, la famosa piedra; Y la depositaré, lograda, en sus manos; pues de esto lleva un mes hablando, como si ya la poseyera. Intenta incluso traficar con ella al por menor. Me parece que lo veo entrando en hospitales a curar la viruela; y repartiendo pócimas entre los pestosos; proclamando que puede derrotar la lepra; y ofreciendo a las mujeres brazaletes perfumados como preservativo hecho de elixir; recorriendo el lazareto para rejuvenecer rameras viejas, y los caminos para enriquecer mendigos. No veo límites a sus trabajos. La naturaleza se avergonzará ante él, por haber dormido tanto, cuando el arte, que es su criado, la supere en actos de amor a la especie humana. Si esto sueño dura, trocará en oro nuestra edad.
(Salen.)

SEGUNDO ACTO

Escena primera

(Entran MAMMON y CEÑUDO.)
MAMMON
Entrad, señor. En este instante holláis las costas del orbe nuevo; he aquí Perú, el opulento y allí dentro, señor, están las minas de oro, ¡el Ofir del famoso Salomón! Tres años tuvo él que navegar, mientras nosotros las hemos alcanzado en diez meses. Este es el día en el cual pronunciaré, para todos mis amigos, la feliz frase: Hacéos ricos . A partir de hoy seréis spectatissimi . Nunca más os deberéis confiar al dado cargado o el naipe frágil. No os hará falta mantener a la fulana que, disfrazada de heredera, induce a los clientes a firmar. Nunca más os veréis obligado a apalear a quien se niega a cumplir el trato. Nunca más la sed de raso o el apetito codicioso de aterciopelados forros para una capa del más basto estambre con que fanfarronear ante madame Augusta, impelerá a los hijos de la espada y el azar a postrarse largas noches ante el becerro de oro, incurrir en idolatría apelando al vino y las trompetas o acudir a festines por mor de tambores y banderas. Todo eso acabará. Seréis jóvenes virreyes, Ceñudo mío, y tendréis mancebillas y mancebas. Y tú serás el primero a quien yo diga: Hazte rico . ¿Dónde, pues, está Sutil? ¿Hay alguien aquí?
CARA
(dentro) — Señor, ahora mismo lo veréis.
MAMMON
— Ese es su guardián de fuego, su Pulmón, su Céfiro, el que aviva los carbones hasta hacer hervir a la naturaleza en su propio centro. Vos, señor, no tenéis fe. Esta noche trocaré en oro cuanto metal haya en mi casa. Y, temprano en la mañana, llamaré a los estañadores y plomeros para comprarles su chatarra; y en Lothbury me haré con todo el cobre.
CEÑUDO
— ¿Y lo transformaréis también?
MAMMON
En efecto. Y compraré Cornwall y Devonshire y los haré perfectas Indias. ¿Os sorprendéis por fin?
CEÑUDO
A fe que no.
MAMMON
— Mas cuando veáis los efectos del Gran Remedio, una parte del cual, vertida sobre cien de mercurio, cobre o plata, las convierte en otras tantas de oro brillante como el Sol, y aún más, en mil, o en infinitas, acabaréis cediendo.
CEÑUDO
— Sí, cuando lo vea. Pero si mis ojos me embaucan de tal modo (y bien poca ocasión les daré yo), tened por cierto que al día siguiente los lavaré con orín de prostituta.
MAMMON
— ¡Oh! ¿Por qué? ¿Pensáis que cuento fábulas? Os aseguro que quien por una vez posee la rosa del sol, el rubí perfecto que llamamos elixir, no sólo alcanza lo que he dicho, sino también puede conferir honor, respeto, amor, vida duradera, y repartir seguridad y valentía: sí, y victorias por añadidura cuando se le antoje. Ocho y veinte días bastarán para transformar a un viejo de ochenta años en un niño.
CEÑUDO
No lo dudo. Ya lo es.
MAMMON
— No, me refiero a restaurar su cuerpo, reintegrarlo como un águila a la quinta edad; darle el poder de engendrar hijos, jóvenes gigantes; tal como nuestros filósofos, (los antiguos patriarcas de antes del Diluvio) al tomar, una vez a la semana, en la punta de un cuchillo, una cantidad igual a un grano de mostaza, devenían fornidos Martes y jóvenes Cupidos.
CEÑUDO
Las decrépitas vestales de Pickt-hatch os agradecerán que avivéis la llama por la zona.
MAMMON
— Este secreto de la naturaleza galvaniza contra las infecciones, cura toda enfermedad, cualquiera que sea su origen, reduce meses de dolor a un día, varios años a una semana y toda una era a tan solo un mes. ¡Fuera los mejunjes de vuestros confundidos médicos! No me arredraría la empresa de expulsar la plaga de nuestro reino en el plazo de tres meses.
CEÑUDO
— Os garantizo que entonces los cómicos cantarán vuestra alabanza sin valerse de poetas.
MAMMON
— Lo haré, señor. Entretanto, daré lo necesario a mi criado para proveer de preventivos a toda la ciudad; cada cual tendrá su dosis semanal, a razón de...
CEÑUDO
¿Cómo lo hizo el que construyó los acueductos?
MAMMON
Sois incrédulo.
CEÑUDO
— Mi temperamento, os juro, me impide ser timado voluntariamente. Vuestra piedra no puede transmutarme.
MAMMON
— Pertinax Ceñudo, ¿os rendiréis a los antiguos textos? Os mostraré un libro donde Moisés, su hermana y hasta Salomón han escrito sobre el tema. Sí, y un tratado firmado por Adán.
CEÑUDO
— ¡Cómo!
MAMMON
Sobre la piedra del filósofo y escrito en holandés.
CEÑUDO
¿Acaso Adán escribía en holandés, señor?
MAMMON
— En efecto: Lo cual prueba que esa es la lengua primigenia.
CEÑUDO
— ¿Y el papel?
MAMMON
Tablas de cedro.
CEÑUDO
— Dicen, por cierto, que es a prueba de gusanos.
MAMMON
— Así como vuestra madera irlandesa resiste a las arañas. Tengo también un trozo del vellocino de Jasón, que no era otra cosa que un libro de alquimia escrito sobre la piel de oveja, o de carnero gordo. Lo mismo fueron las tablas de Pitágoras, la caja de Pandora y el cuento entero de los encantos de Medea. Los Toros simbolizan nuestro horno cuyo aliento quema; el Dragón era nuestro azogue, y sus dientes, mercurio sublimado, que conserva la blancura, la dureza y la mordida; ellos deben recogerse en el yelmo de Jasón (el alambique) y sembrarse en su campo de Marte para que sublimen varias veces hasta decantar. El jardín de las Hespérides, la historia de Cadmo, la lluvia de oro de Zeus, la mano de Midas, los ojos de Argo, el Demigorgon de Boccaccio y mil leyendas más son enigmas abstractos de la piedra. ¿Qué decís ahora?

Escena segunda

(Entra CARA en traje de asistente.)
MAMMON
¿Triunfaremos? ¿Ha llegado nuestro día? ¿Vamos bien?
CARA
La noche se ruborizará para vos, señor. Poseéis el color adecuado: escarlata. El fermento rojo ha hecho su tarea. De aquí a tres horas, preparaos a ver el sedimento.
MAMMON
— Pertinax, Ceñudo mío. Una vez más te diré en voz alta: Sé rico . Hoy mismo serás dueño de lingotes: y mañana desafiarás a los nobles. ¿Todo bien, mi Céfiro? ¿Enrojece la redoma?
CARA
— Como una moza preñada, señor, a quien su amo descubriera.
MAMMON
¡Pulmón, chistoso excelso! Mi único cuidado ahora es dónde encontrar material bastante para decantar, pues esta ciudad no proveerá ni la mitad.
CARA
— ¿De veras? Comprad los tejados, señor, de las iglesias.
MAMMON
— Cierto.
CARA
— Sí. Dejadles desnudas las cabezas, como su clientela. O cubridlas en cambio con tablones.
MAMMON
— Mejor aún con buena paja. Ligera carga será para las vigas. Pulmón, te redimiré de la servidumbre al horno; te devolveré el color del rostro, Fuelle, perdido entre las brasas; y restañaré tu cerebro dañado por la corrosión de los metales.
CARA
— Duramente he soplado por vuestra señoría; he puesto a arder mucho carbón, a falta de leños de haya; he sopesado la medida justa para que el calor no se extinguiera. Estos ojos legañosos han observado vigilantes la evolución de los colores, desde el canario pálido hasta el loro y el cuervo, desde la cola de pavo real hasta el cuello de cisne.
MAMMON
¿Y has visto al fin la flor, la sanguis agni ?
CARA
Sí, señor.
MAMMON
¿Dónde está tu amo?
CARA
— Rezando, señor. Hombre devoto, pide en sus plegarias que se consume el éxito.
MAMMON
— Pulmón, voy a poner fin a tus sudores. Serán guardián de mi serrallo.
CARA
— Acepto.
MAMMON
— Pero, ¿me oyes? Atiéndeme, Pulmón.
CARA
— Sí, señor.
MAMMON
— Es mi intención tener una recua de esposas y concubinas igual a la de Salomón, quien, como yo, fue dueño de la piedra; y, valiéndome del elixir, me haré unas espaldas tan robustas como las de Hércules, para acometer a cincuenta cada noche. ¿Seguro que lo has visto tornarse sangre?
CARA
— Y espíritu, señor.
MAMMON
Ordenaré colchones hinchados, no rellenos: el plumón es demasiado duro. Adornaré después mi cámara oval con dibujos como los que Tiberio tomara de Elefantis, y que el insípido Aretino imitara fríamente. Mis espejos, tallados en mil ángulos sutiles, dispersarán las imágenes multiplicándolas, mientras, desnudo, yo me pasearé entre mis succubae . Nubes de perfume flotarán vaporosas en mi alcoba: en ellas nos perderemos; y serán mis baños como abismos, de los cuales resurgiremos para rodar y secarnos en hilos de araña y pétalos de rosa. (¿Ha llegado ya al color rubí?) Allí donde atisbe a un ciudadano industrioso o un abogado rico con una mujer de sublime pureza, le enviaré mil libras para que acepte ser cornudo.
CARA
¿Llevaré yo los mensajes?
MAMMON
— No, nada de alcahuetes. Sólo usaré padres y madres. Suelen ser más diligentes. Los mejores. Y mis aduladores serán los teólogos más graves e impolutos que consiga por dinero. Mis simples bufones, burgueses elocuentes; y mis poetas, los mismos que con sutileza ridiculizan a políticos y que yo alimentaré a tales efectos. A los pocos que sigan atreviéndose a presumir por la ciudad como padrillos y, dondequiera, molesten a damas demasiado inocentes para ellos, les pediré que sean mis eunucos: y me abanicarán con diez colas de pavo reunidas en un haz para embolsar el viento. Con la medicina en nuestras manos, Pulmón, nos magnificaremos. Me servirán la comida en conchas de la India, fuentes de ágata engastadas en oro y recamadas de esmeraldas, zafiros, jacintos y rubíes. Lenguas de carpas y marmotas, talones de camellos, hervidas en espíritu de Sol y solución de perlas (La dieta de Apicio contra la epilepsia) Y tomaré esos caldos con cuchara de ámbar incrustada de diamantes y carbunclos. Mi paje comerá faisanes, lonchas de salmón, chochas, lampreas, agachadizas; y, a guisa de ensaladas, me servirán barbas de mújoles, setas en aceite y las untuosas ubres rebosantes de una cerda preñada y recién muerta, aliñadas con salsa picante y exquisita. Por lo cual diré a mi cocinero: toma este oro, adelante, sé un caballero.
CARA
— Señor, he de controlar si está subiendo.
(Sale CARA.)
MAMMON
— Hacedlo. Mis camisas serán de tafetán, suaves y ligeras como telarañas; y el resto de mi atuendo será tal que pueda provocar al Persa, en caso de que quisiese desquiciar el mundo una vez más. Mis guantes serán de piel de pájaro y pescado, perfumados con gomas del paraíso y aromas orientales...
CEÑUDO
¿Y con todo eso pensáis tener la piedra?
MAMMON
No, gracias a ella pienso tenerlo todo.
CEÑUDO
Es que he oído que su dueño ha de ser frugal, hombre piadoso, santo y religioso, alguien libre de mortal pecado, virgen.
MAMMON
Tenéis razón, señor, y eso se cumple. Pero yo la compro. La suerte me la procura. Él, sujeto honrado, alma notable, supersticiosa, buena, se ha despellejado rodillas y sandalias de tanto ayuno y oraciones: y dejemos de su parte esforzarse en mi provecho. Helo aquí. Delante de él, ni una expresión profana. Es veneno.

Escena tercera

(Entra SUTIL.)
MAMMON
Buen día, padre.
SUTIL
— Buen día a ti, amable hijo, y a tu amigo. ¿Quién es, ya que te acompaña?
MAMMON
Un hereje que he traído, en la esperanza, señor, de convertirlo.
SUTIL
— Hijo, sospecho que eres codicioso, para ser puntual en grado tan exacto. Es por la mañana cuando ha de saludarse el día. Hay aquí algo que, mucho me temo, puede ser apetito carnal e inoportuno. Cuidaos de no ahuyentar las bendiciones con tan ingobernable prisa. Me apenaría ver que mis trabajos, casi concluidos mediante larga observación y caudales de paciencia, no prosperaran pese al tino de mi amor y celo. Los cuales (y pongo por testigo al cielo, y también a ti, destinatarios de mi confesión), desde siempre, no han buscado más objeto que el bien público, los fines piadosos y la amada caridad, ahora escasos en el mundo. Por lo tanto si tú, hijo mío, prevaricaras ahora, y para lujuria privada hicieras uso de tan católica y grande bendición, yo te aseguro que caerá sobre ti una maldición a desquiciar tus proyectos más sutiles y secretos.
MAMMON
— Lo sé, señor; no precisáis temer. Sólo he venido a que convenzáis a este caballero.
CEÑUDO
— El cual, por cierto, se muestra un tanto incrédulo respecto de esa piedra vuestra, y no será engañado.
SUTIL
Pues hijo, tan sólo puedo convencerlo de una cosa: la obra está acabada. El Sol viste su brillante túnica, Poseemos la medicina de alma triple, el espíritu glorificado. Demos gracias al cielo y seamos dignos de su estima. Ulen Spiegel .
CARA
(dentro) Pronto, señor.
SUTIL
— Mira bien el registro y ve bajando el calor, por grados, en los aludeles.
CARA
— Sí, señor.
SUTIL
— ¿Has controlado ya la retorta?
CARA
— ¿En el D , señor?
SUTIL
— Sí. ¿Qué color ostenta?
CARA
— Blanquecino.
SUTIL
— Añádele vinagre para expulsar la sustancia volátil y la tintura: y filtra el agua del recipiente E y viértela en el óvalo. Tápalo bien y colócalo luego en el balneo .
CARA
— Lo haré, señor.
CEÑUDO
¿Qué jerga es ésta? ¿Un nuevo argot?
SUTIL
Tengo otra obra, hijo, que jamás has visto; desde hace ya tres días, en la rueda del filósofo absorbe el lento calor de Atanor. Al fin ha devenido en sulfuro de natura.
MAMMON
— ¿Y es para mí?
SUTIL
— ¿Acaso te hace falta? Bastante tienes con lo que es perfecto.
MAMMON
— Sí, pero...
SUTIL
¡Ah, concupiscencia!
MAMMON
— No, prometo que lo usaré todo en obras piadosas, fundaré colegios y escuelas de gramática, casaré jóvenes puras, construiré hospitales y, de tarde en tarde, iglesias.
(Entra CARA.)
SUTIL
— ¿Y bien?
CARA
— Decidme, señor, ¿no he de cambiar el filtro?
SUTIL
— Sí, pardiez. Y observa el color del vaso B .
(Sale CARA.)
MAMMON
¿Otro más?
SUTIL
— En efecto, hijo; y si estuviera seguro de que tu fe es sólida, no buscaríamos medios de glorificarla. Pero ojalá todo marche bien. Mañana intentaré teñir en arena el contenido del vaso C y someterlo a saturación.
MAMMON
— ¿De aceite blanco?
SUTIL
No, de rojo. El F también está subiendo en su alambique, gracias a Dios, debido al baño de María, y rezuma leche virginal. Bendito sea el cielo. Ya os envié una porción de las heces calcinadas. Y de la cual he obtenido sales de Mercurio.
MAMMON
¿Humedeciéndola con agua regenerada?
SUTIL
Sí, y reverberándola en el Atanor. Entra CARA. ¿Y bien? ¿Qué color presenta?
CARA
— Negro basal, señor.
MAMMON
¿La cabeza de cuervo?
CEÑUDO
— Tu gorro de loco, más bien.
SUTIL
De ser el cuervo, no hemos logrado lo perfecto. Algo está faltando.
CEÑUDO
(Ya me lo esperaba. La trampa se prepara.)
SUTIL
— ¿Estás seguro de que lo has bañado en su propio solvente?
CARA
— Sí, señor. Y los he mezclado, puesto en la alargadera, y sometido a disociación según vuestras instrucciones; cuando, al mismo calor, puse a circular el licor de Marte.
SUTIL
El proceso, pues, ha sido el correcto.
CARA
Mas por azar, señor, la retorta se rompió. Lo que pude salvar lo vertí en el pelícano y lo cubrí con el sello de Hermes.
SUTIL
— Me lo temía. Hemos de preparar una amalgama nueva.
CEÑUDO
(Este hurón huele peor que una mofeta.)
SUTIL
— Mas no importa. Olvidemos lo perdido; tenemos aún suficiente material en embrión. ¿Viste ya el H su camisa blanca?
CARA
— Sí, señor. Está a punto para ser incinerado. Lo mantengo tibio en el rescoldo. Aunque, si me dejáis aconsejaros, yo no permitiría que se extinguiera el fuego, considerando lo que resta. No sería bueno.
MAMMON
Bien dicho.
CEÑUDO
— ¿Cómo, dudáis?
CARA
— No, señor, he visto un mal augurio. ¿Qué son sólo tres onzas de materia prima?
MAMMON
— ¿Nada más?
CARA
— Tres, señor, de oro para amalgamar con una media docena de Mercurio.
MAMMON
Acabemos; aquí tenéis dinero. ¿Cuánto ha menester?
CARA
— Preguntadle a él, señor.
MAMMON
— ¿Cuánto?
SUTIL
— Dale nueve libras, o bien diez.
CEÑUDO
No, que sean veinte. Y despedíos de ellas.
MAMMON
— Tomad.
SUTIL
No era necesario. Pero parece vuestro empeño ver los logros, y lo conseguiréis. Pues dos de nuestras obras menores están en proceso de fijarse66 y una tercera en ascensión. A lo nuestro. ¿Has puesto el aceite de Luna en la alquitara?
CARA
Sí, señor.
SUTIL
— ¿Y el vinagre filosofal?
CARA
— Sí.
CEÑUDO
Comeremos ensalada.
(Sale CARA.)
MAMMON
— ¿Cuándo haréis la proyección?
SUTIL
No te apresures, hijo. He de exaltar la medicina sometiéndola a un balneo vaporoso y diluyéndola; luego he de congelarla. Pues ved: cuantas más veces reitere el trabajo, otras tantas se sumarán a sus virtudes. Si en un principio cada onza convertirá en oro a cien, tras el segundo pase transmutará a mil, la tercera solución operará en diez mil; en cien mil la cuarta. Y lograda la quinta, mil millares de onzas de metales imperfectos devendrán en plata pura, en oro, bajo todo escrutinio tan valiosos como los arrancados de una mina natural. Traednos vuestra carga al atardecer. Bronces, peltres y morillos.
MAMMON
Excepto los de hierro.
SUTIL
— También ésos, ¿por qué no? Transmutaremos todos los metales.
CEÑUDO
— No me cabe duda.
MAMMON
¿Puedo entregaros mi asador?
SUTIL
— Y las rejillas.
CEÑUDO
¿Y las sartenes, los ganchos, las alcuzas? ¿Os las trae?
SUTIL
— Si le place.
CEÑUDO
— Será asno...
SUTIL
¡Caballero!
MAMMON
— Con este hombre debéis tener paciencia. Ya os dije que le falta fe.
CEÑUDO
— Y esperanza, señor. Aunque menos compasión tendría si me dejase timar.
SUTIL
¿Y cuál es el aspecto de nuestra labor que se te antoja imposible?
CEÑUDO
— Todos, para ser exacto. ¡Empollar oro en un horno, como en Egipto hacen con los huevos!
SUTIL
— ¿De veras crees que los huevos pueden empollarse?
CEÑUDO
— ¿Y si lo creyera?
SUTIL
Pues me parecería el mayor milagro. Porque no existe huevo que se asemeje tanto al pollo como los metales entre sí.
CEÑUDO
— Eso es imposible. La naturaleza ha dispuesto el huevo para ese fin. Y el huevo es un polluelo in potentia .
SUTIL
Lo mismo decimos del plomo y los demás metales, que se tornarían oro con sólo darles tiempo.
MAMMON
— Y eso es lo que sobra a nuestro arte.
SUTIL
— Pues sería absurdo suponer que la naturaleza produce en un instante oro perfecto en esta tierra. Algo ha debido acaecer antes. Ha de haber una materia remota.
CEÑUDO
— ¿Y qué es eso?
SUTIL
¡Caramba! Afirmamos...
MAMMON
— Bien, esto se anima. Machacadlo, Padre. Que muerda el polvo...
SUTIL
— ... que por una parte, consta de cierta exhalación húmeda que denominamos materia líquida , o agua untuosa ; por otra, de cierta porción viscosa y crasa de tierra; consustanciadas las cuales, resultan en la materia elemental del oro. Que no es aún, empero, propia materia , común a todo metal y toda piedra. Pues, privada de dicha humedad y más reseca, pronto se convierte en una roca. Por el contrario, si retiene húmeda gordura, se torna azufre, o mercurio, que son los padres de todos los metales. Tampoco esa sustancia remota puede, de repente, evolucionar de extremo a extremo hasta convertirse en oro sorteando lo intermedio. Primero, la naturaleza manifiesta lo imperfecto, avanzando luego hacia lo acabado. De este agua aérea y aceitosa es engendrado el mercurio; de la parte grasa y terrena, el azufre: en todos los metales ésta aporta el principio varonil y la otra el componente femenino. Algunos creen, con pensamiento hermafrodita, que ambos actúan y padecen por igual. Pero se debe a ambos que la totalidad sea dúctil, maleable y extensible. Incluso en el oro están presentes; pues semillas de ambos encontramos en el fuego, y en ellas oro. De donde podemos producir, de cada metal, muestras más perfectas que las hechas por la naturaleza. Por lo demás, quién no comprueba en la vida diaria que el arte engendra abejas, avispas, avispones, moscas del estiércol y la carroña humana. Y hasta escorpiones de la hierba, si procede bien. Criaturas vivas, todas éstas, más perfectas que los metales, y mejor dotadas.
MAMMON
— ¡Bravo, padre! Como llegue a echaros manos con un argumento, pulverizado quedaréis, como en un mortero.
CEÑUDO
— Calma, amigo. Antes bien me inclinaría yo a pensar que la Alquimia es un bonito juego, de especie parecida a los trucos que se hacen con barajas para encandilar a los incautos.
SUTIL
— ¡Señor!
CEÑUDO
— ¿Y qué si no son esos términos en los cuales no coinciden jamás vuestros autores? ¿Servirían vuestra leche virginal, vuestra panacea, vuestro elixir, vuestra piedra, vuestra crisosperma, vuestra sal, vuestro mercurio y vuestro azufre, vuestro aceite sublimado, vuestro árbol de la vida, vuestra marquesita, vuestra magnesia, vuestro moho, vuestros sapos, cuervos, dragones y panteras, vuestro sol, vuestra luna, vuestro firmamento, vuestro latón, vuestros pigmentos, vuestro azogue, vuestro caballero rojo, vuestra dama blanca, todos esos potajes, menstruos y sustancias, orines, cáscaras, flujos de mujer, esputos de varón, trapos quemados, pelos, cal, arcilla y mierda, polvo de huesos, raspaduras de hierro, astillas de cristal y montañas de otros repulsivos ingredientes para traer un hombre al mundo?
SUTIL
— Todo lo cual fue bautizado con un solo propósito: que el arte de los maestros se mantuviera en la oscuridad.
MAMMON
— Traté de advertírselo, señor, para que el pobre idiota no los vulgarizara al aprenderlos.
SUTIL
— ¿Acaso los egipcios no resguardaron su sabiduría en signos místicos? ¿No hablan con frecuencia las Escrituras en parábolas? Y las fábulas más escogidas de la poesía, fuente primera de conocimiento, ¿no llevan un ropaje de confusas alegorías?
MAMMON
— Con claridad suficiente le advertí que Sísifo fue condenado a cargar piedra incesante, tan sólo por haberse burlado de la nuestra.
(Se presenta DOL.)
MAMMON
— ¿Quién es ella?
SUTIL
Dios del Cielo... ¿Qué pretendes? Retiraos, señora, os lo suplico. Sale DOL. — ¿Dónde está mi lacayo?
(Entra CARA.)
CARA
— ¿Señor?
SUTIL
¡Bribón! ¿Así me sirves?
CARA
— ¿En qué, señor?
SUTIL
Ve a fijarte, traidor. Anda.
(Sale CARA.)
MAMMON
— ¿Qué pasa, señor?
SUTIL
Nada; nada.
MAMMON
— ¿Cuál es el motivo? ¡Buen señor! Nunca os había visto así de contrariado. ¿Qué sucede?
SUTIL
Todo arte ha tenido enemigos, más ninguno con tal grado de ignorancia. Regresa CARA. — ¿Y ahora qué?
CARA
Excusadme, señor, pero pide hablar con vos.
SUTIL
¿Esa mujer? Acompáñame.
(Sale SUTIL.)
MAMMON
— Quédate, Pulmón.
CARA
— No me atrevo.
MAMMON
Quédate, hombre. ¿Quién es ella?
CARA
— La hermana de un Lord.
MAMMON
¡Caray! Espera, te digo.
CARA
— Está loca, señor, y la han mandado...
MAMMON
— ¿Para qué?
CARA
A curarse.
SUTIL
(dentro) — ¡Deprisa, granuja!
CARA
— Ya veis. Voy, señor.
(Sale CARA.)
MAMMON
Por Dios, menuda pieza. Una Bradamante.
CEÑUDO
¡Que me quemen si esto no es un lupanar!
MAMMON
Juro por esta luz que no. No lo agraviéis. Su pecado es ser demasiado escrupuloso. Convéncete, es un médico sin parangón, ¡un paracelsiano! Ha obrado extrañas curas valiéndose de su ciencia mineral. Tiene trato con los espíritus. Se niega que le hablen de Galeno y sus recetas fastidiosas. Vuelve a entrar CARA. ¿Y ahora, Pulmón?
CARA
— Señor, hablad más bajo. Pretendo contar todo a vuestra señoría. Pero éste no ha de oír.
MAMMON
Él no quiere que lo engañen. Dejémoslo en paz.
CARA
Teníais razón, señor, se trata de una extraña sabia; enloqueció estudiando las obras de Broughton. Si pronunciáis tan sólo una palabra tocante a los hebreos, se le suelta el engranaje y comienza a discursear sobre genealogías, con tal erudición que también vos os volvéis loco al oírla.
MAMMON
¿Cómo podría yo, Pulmón, tener una conversación con ella?
CARA
Oh, más de uno ha perdido el seso por esa conferencia. No lo sé, señor; me mandan a buscar una redoma a toda prisa.
CEÑUDO
— No os dejéis estafar, Mammon.
MAMMON
¿En qué? Tened paciencia, os lo suplico.
CEÑUDO
— Sí, igual que vos. Confiando en un manojo de ladrones, putas y alcahuetes.
MAMMON
Tonterías, creedme. Y tú, Ulen , ven aquí. Quiero decirte sólo una cosa.
CARA
— A fe que no me atrevo.
MAMMON
— Espera, granuja.
CARA
Lo ha puesto furioso en extremo que la viérais, señor.
MAMMON
(Le da dinero.) Bébete esto. ¿Cómo es ella cuando no pierde el juicio?
CARA
¡Oh, señor, la criatura más afable! ¡Tan alegre! ¡Deliciosa! Os hará efervescer, como mercurio en el yelmo, y circular como puro aceite vegetal. Es capaz de discurrir sobre el estado, galantería, matemáticas, los temas más diversos...
MAMMON
¿Y de ningún modo es accesible? ¿No existen medios, trucos que den a un hombre la oportunidad de saborear... su ingenio... o algo así?
SUTIL
(dentro) — Ulen.
CARA
— Volveré a hablaros, señor.
(Sale CARA.)
MAMMON
No creía, Ceñudo, que un sujeto de vuestra condición pudiera calumniar a personas de valía.
CEÑUDO
— Soy vuestro amigo, Epicuro: y sin embargo, detesto que me embauquen. NO me gustan vuestros filosóficos bellacos. Bastante anzuelo tienen con su piedra, para emplear por añadidura un cebo.
MAMMON
— Os engañáis, lo juro. Conozco a la dama, su estirpe, sus amigos, los orígenes del drama. Es su hermano quien me ha contado todo.
CEÑUDO
— ¿Y cómo es que a ella no la habíais visto nunca?
MAMMON
La había olvidado. Podéis creerme: tengo, me parece, la memoria más traidora de este mundo.
CEÑUDO
— ¿Y cómo se llama, entonces?
MAMMON
— Milord... Ahora que lo pienso, no me han dado el dato.
CEÑUDO
¡Por cierto que os traiciona la memoria!
MAMMON
— Empeño mi palabra...
CEÑUDO
¡Bah! Si no lo recordáis ahora, dejémoslo hasta que nos veamos otra vez.
MAMMON
— Juro por esta mano que el mencionado es honorable, noble amigo mío, y que respeto su hogar.
CEÑUDO
— ¡Dios! ¿Será posible que un hombre cabal, solvente, sin urgencias y sensato en otros tiempos, emplee de tal modo juramentos, triquiñuelas y añagazas para nublar su propia razón? Si a esta altura tallan la lunaria, el elixir, la piedra mineral, antes prefiero vuestras honradas trampas en el gleek o el primero ; llevaos vuestro menstruum simplex y vuestro lutum sapientis : ya me procuraré yo oro antes que vos, sin que el mercurio o el azufre me pongan en peligro.
(Entra CARA. Se dirige a CEÑUDO.)
CARA
Marchaos, ahora, por favor, señor; y regresad de aquí a dos horas: encontraréis a mi amo ocupado observando los procesos; y yo, a hurtadillas, os deslizaré en la tertulia, para que podáis oírla hablar.
CEÑUDO
– Pero disfrazado, y con objeto bien distinto. Esto, ahora lo confirmo, es una casa de alcahuetes. Hasta delante del alguacil lo juraría. El nombre de ese Capitán lo corrobora. ¡ Don Cara ! ¡Ha de ser el más versado buhonero de estas mercancías! El conserje de los más ladinos traficantes que hay en la ciudad. Realiza la inspección y dictamina quién ha de yacer con quién; cuál será la hora convenida; cuál el precio; cuál el traje, cuáles la camisa, el peinado y el collar. Por terceras personas le tiraré de la lengua hasta alumbrar los vericuetos de este oscuro laberinto. Y si lo descubro, querido Epicuro, este pobre amigo vuestro, aunque no es filósofo, bien merecerá licencia para reír: pues, en lo que os concierne, lloraréis.
CARA
Os ruega, señor, que no lo olvidéis.
CEÑUDO
— Estad tranquilo. ¿Os quedáis, sir Epicuro?
MAMMON
— Iré detrás de vos.
(Sale CEÑUDO.)
CARA
Hacedlo, señor, para evitar sospechas. Este caballero piensa peligrosamente.
MAMMON
— Pero tú, Ulen , ¿serás fiel a tu promesa?
CARA
— Como a mi propia vida.
MAMMON
¿Insinuarás mis cualidades? ¿Harás mi elogio? ¿Dirás que soy persona noble?
CARA
— Y más aún, señor. Diré que con la piedra la coronaréis emperatriz; y vos seréis el rey de Java.
MAMMON
¿En verdad lo harás?
CARA
— ¿Lo dudáis, señor?
MAMMON
— ¡Oh, Pulmón mío! ¡Cuánto te amo!
CARA
— Enviad el material, señor, para que mi amo se aboque a la proyección.
MAMMON
Ah, bandido, me has hechizado. Ten: marcha. (le da dinero) marcha.
CARA
También vuestra navaja, y lo demás.
MAMMON
— La enviaré, villano, y hasta las pesas. Te mordería la oreja, esclavo mío. Aparta. Si te importo un rábano...
CARA
— ¿Eso pensáis, señor?
MAMMON
Ven, que he nacido para hacerte hombre, mi comadrejilla; ponerte un pedestal y hacerte una cadena con la aristocracia de los piojos.
CARA
— Marchaos, señor.
MAMMON
Te haré conde. Conde palatino...
CARA
— Marchaos, os lo ruego.
MAMMON
No debería encumbrarte tanto; no, tan pronto.
(Se retira MAMMON.)

Escena cuarta

(Entra SUTIL y DOL.)
SUTIL
¿Ha mordido? ¿Ha mordido?
CARA
— Y se lo ha tragado, Sutil mío. Le he soltado hilo, y de momento juguetea como un niño.
SUTIL
¿Y lo escurriremos?
CARA
— Por las dos agallas. La mujer es cebo tan exquisito, que no bien un hombre lo prueba, enloquece de inmediato.
SUTIL
Dol, hermana de un granuja celestial, ahora deberás comportarte con nobleza.
DOL
— Déjalo por cuenta mía. Te garantizo que no olvidaré mi cuna. Mantendré distancia, reiré y hablaré con suficiencia; haré todos los mohines de una dama astuta y orgullosa, y seré tan grosera como su criada.
CARA
— Bien dicho, viciosilla.
SUTIL
¿Pero enviará los morillos?
CARA
— Y hasta la navaja. Y el cazador de hierro: es su promesa. Bien, no debo olvidar a mi desconfiado jugador.
SUTIL
Ah, ¿ monsieur Cautela, el siempre remiso?
CARA
El mismo. Si logro endilgarle un buen anzuelo en la iglesia del Temple, mi caña se doblará en dos. Voy para allá. Rezad por mí.
(Llaman a la puerta.)
SUTIL
— ¡Cómo! ¡Más ingenuos! Explora, Dol. Y tú, Cara, espera, que has de abrir la puerta. Quiera Dios que sea mi anabaptista. ¿Quién es, Dol?
DOL
(en la ventana) No lo conozco. Parece de ésos que trafican con deshechos de oro y plata.
SUTIL
¡Cielo Santo! Es él. Dijo que enviaría a alguien. ¿Cómo lo llamó? El Anciano Santo, que nos compraría la navaja y los morillos de Mammon. (A CARA) Hazlo pasar. Aguarda. Primero échamo una mano con la túnica. CARA se retira con la túnica. Y vos, señora, recluíos en vuestro tocador. Sale DOL. Y ahora, otro gesto y otra cantilena, pero igual lenguaje. Este me lo manda uno que también negocia con la piedra; para bien de los probos hermanitos de Amsterdam, los santos exilados; que, con ayuda de ella, esperan afinar su disciplina. Si quiero que me admire, será menester tratarlo de modo extravagante.

Escena quinta

(Entran CARA y ANANÍAS.)
SUTIL
¿Dónde está mi esclavo?
CARA
— Señor.
SUTIL
— Quita el recipiente, controla el solvente en el flegma , vierto todo con el Sol en la retorta y deja que se maceren juntos.
CARA
— Entendido, señor. ¿Conservo el poso?
SUTIL
No. La terra damnata no ha de tener cabida en la obra. ¿Quién sois?
ANANÍAS
Un hermano devoto, para serviros.
SUTIL
— ¿Y qué es eso? ¿Lulianista? ¿Seguidor de Ripley? ¿ Filius artis ? ¿Eres capaz de sublimar, dulcificar o calcinar? ¿Conoces el sabor ácido? ¿Y el astringente? ¿Sabes lo que significan heterogéneo y homogéneo?
ANANÍAS
Lo cierto es que no comprendo ningún hablar pagano.
SUTIL
¿Pagano, dices, émulo de Knipperdoling? Ars sacra , querrás decir. Acaso la crisopeya, o espagirica, o la panafísica y la panarquía son jergas paganas?
ANANÍAS
— Del paganismo griego, yo supongo.
SUTIL
¿Cómo? ¿Paganismo griego?
ANANÍAS
— Salvo el hebreo, todo es pagano.
SUTIL
Tú, lacayo mío, adelántate y habla a este sujeto como un filósofo: respóndele en nuestra lengua. Enumera las vejaciones y martirios que sufren los metales en nuestra labor.
CARA
— Putrefacción, Solución, Ablución, Sublimación, Destilación, Calcinación, Ceración y Fijación.
SUTIL
¿Te parece ésto paganismo griego? ¿Y cuándo llega la Vivificación?
CARA
— Tras la Mortificación.
SUTIL
¿Qué es la Cohobación?
CARA
— El verter sobre el metal el Agua Regia, para elevarlo luego al triple círculo de las siete esferas.
SUTIL
¿Cuál es la pasiva cualidad de los metales?
CARA
— La Maleabilidad.
SUTIL
¿Cuál es el ultimum supplicium auri ?
CARA
— El Antimonio.
SUTIL
¿Es esto acaso paganismo griego? ¿Qué sabes del Mercurio?
CARA
Un fugitivo impenitente, señor. Escapa siempre.
SUTIL
¿Cómo lo reconoces?
CARA
— Por su viscosidad, su oleosidad y su susceptibilidad.
SUTIL
¿Qué empleas para sublimarlo?
CARA
— Calcio de cáscaras de huevo, talco, o mármol blanco.
SUTIL
— Y en cuanto al magisterium , ¿qué me dices?
CARA
— Producir mudanzas, señor, en los elementos. De la sequedad al frío, del frío a la humedad, de ésta al calor y del calor a lo seco.
SUTIL
— ¿Pensáis aún que esto es pagano? ¿Y la piedra filosofal?
CARA
— Es una piedra y no lo es; es cuerpo, espíritu y alma: los cuales, si la disolvéis, con ella se disuelven; si la coaguláis, con ella se coagulan y, si emprende el vuelo, la acompañan.
SUTIL
— Suficiente. Se retira CARA. ¿Es esto paganismo griego, para vos? ¿Quién sois?
ANANÍAS
A vuestra disposición, un siervo de los Hermanos Exilados que comercia con bienes de huérfanos y viudas, rindiendo cuentas luego a los Santos: un diácono.
SUTIL
— Ah, ¿os envía el amo Salubre, vuestro maestro?
ANANÍAS
— Tribulación Salubre, nuestro celoso pastor.
SUTIL
— Bien, pues. Están al llegar algunos artículos de huérfanos.
ANANÍAS
— ¿Por ejemplo, señor?
SUTIL
Peltre y bronce, morillos y enseres de cocina, metales en los cuales emplearemos nuestra panacea, de la cual los Hermanos pueden hacerse con un poco. A cambio de dinero.
ANANÍAS
— ¿Eran los padres de los huérfanos creyentes sinceros?
SUTIL
— ¿Por qué lo preguntáis?
ANANÍAS
— Porque en ese caso hemos de ser justos y pagar (sin titubeos) lo máximo posible.
SUTIL
— ¿De modo que a hijos de otros padres los hubiérais estafado? Bien pensado, no me fiaré de vos sin haber hablado antes con vuestro pastor. ¿Habéis traído el dinero para comprarme más carbones?
ANANÍAS
— Desde luego que no.
SUTIL
— ¿No? ¿Y cómo es eso?
ANANÍAS
Los Hermanos me mandan a deciros que ciertamente no se aventurarán más lejos hasta ver la proyección.
SUTIL
— ¡Cómo!
ANANÍAS
— Para instrumentos tales como ladrillos, vidrios y cacharros, os han dado treinta libras ya; y, para materiales, dicen, unas noventa más. Y luego, han oído que en Heidelberg hay uno que lo ha conseguido a partir de un huevo y polvo de clavos.
SUTIL
— ¿Cómo te llamas?
ANANÍAS
Mi nombre es Ananías.
SUTIL
— ¡Fuera, lacayo, estafador de Apóstoles! Largo de aquí, revoltoso. ¿Acaso vuestro santo consistorio no encontró nombre mejor para enviarme que el malvado de Ananías? Que vengan en seguida tus ancianos a justificar vuestra conducta y darme satisfacción; de lo contrario os quedaréis sin fuego, hornillo y alambiques, sin Piger Henricus y los demás. Ah, desdichado, diles que se perderán el Bufo y el Sericón. Adviérteles que con sólo retrasarse más de una hora perderán toda esperanza de derrotar a los obispos de la jerarquía anticristiana. La aqueidad, la terreidad y la sulfuridad volverán a confundirse y todo, perverso Ananías, habrá sido en vano. Se retira ANANÍAS. Esto los acicateará para que, más deprisa, caminen hacia su propia trampa. El hombre debe proceder como una niñera rigurosa y asustar a los reacios para abrirles el apetito.

Escena sexta

(Entran CARA y DROGUIS.)
CARA
Aunque está absorto en sus espíritus, nos acercaremos.
SUTIL
¿Y esto? ¿Quién se atreve? ¿Qué clase de Bayardo me interrumpe?
CARA
Te dije que se enfurecería. Señor, aquí está Abel, os ha traído otra pieza de oro para examinar. (Hay que apaciguarlo. Dámela). Y os ruega que le diseñéis (¿qué era, Abel?)
DROGUIS
— Un rótulo, señor.
CARA
Eso. Una señal de prosperidad y buena suerte.
SUTIL
Precisamente me hallaba diseñando.
CARA
(No digas eso, cretino, que se arrepentirá de haberos dado más.)
SUTIL
— No, ese camino es vulgar y rancio. Un burgués nacido bajo Tauro, ha de poner el toro, o, en su defecto, la cabeza; si es Aries, el carnero. ¡Pobre insignia! No, trastocaré su nombre en un símbolo místico; cuyo influjo, afectando los sentidos de los transeúntes, por influencia virtual alentará inclinaciones que puedan beneficiar al propietario del negocio.
CARA
¡Nuestro Abel!
SUTIL
— De acuerdo al nombre, habrá primero una campana; a su lado, la efigie del llamado Dee, en actitud de súplica: y, de rogar , retendremos rog . Una herradura representará la u ; a lo cual añadiremos el dibujo de un hueso isquión, que nos dará la is . He allí pues el signo completo de ABEL DROGUIS. ¡Un vero misterio! ¡Un jeroglífico!
CARA
Abel, estás servido.
DROGUIS
(con una reverencia) Agradezco a vuestra señoría.
CARA
Seis reverencias, Abel, no serían suficientes. Doctor, el mozo os ha traído una bolsa de tabaco.
DROGUIS
— Sí señor. Hay otro asunto que desearía tratar...
CARA
Desembucha, Abel.
DROGUIS
— Señor, junto a mi casa vive una joven rica y viuda...
CARA
— ¡Perfecto! ¿ Bona roba ?
DROGUIS
No ha de tener más de diecinueve...
CARA
— Soberbio, Abel.
DROGUIS
Dios sabe que es un pelín anticuada. Lleva caperuza, pero demasiado recta...
CARA
— Eso no importa, Abel.
DROGUIS
Bien, de vez en cuando yo le doy una lejía...
CARA
¿Cómo, Abel? ¿Traficas?
SUTIL
— Os lo he dicho, Capitán.
DROGUIS
Y a veces doy recetas; en lo cual ella se fía de mí con toda el alma. Y me ha confiado su deseo de aprender la moda.
CARA
(También de eso entiende.)
DROGUIS
Además, tiene extraordinarias ansias de conocer su suerte.
CARA
Por todos los dioses, Abel, tráesela al Doctor.
DROGUIS
Sí, ya le he hablado yo de su señoría; mas ella teme que puedan descubrirla, y se estropee así su matrimonio.
CARA
— ¿Estropearse? No hay modo mejor de componerlo, si acaso se dañara, ni de ser más codiciado y pretendida. Abel, debes decírselo. La conocerán más, hablarán mejor de ella, y ten en cuenta que el precio de las viudas sube con la fama. Su honor es una multitud de cortejantes. Envíala, que puedes tener suerte. Y bien, nunca se sabe.
DROGUIS
— No, señor. Nunca se casará con algo menos que un caballero. Su hermano ha hecho una promesa.
CARA
¿Cómo, mi querido Abel? ¿Y desesperas sabiendo lo que el Doctor te ha deparado, y habiendo tanto mediocre en la ciudad? Te garantizo que un solo vaso de tu agua te la entregará rendida, Abel. ¿Su hermano es caballero?
DROGUIS
No, señor, es un hidalgo recién llegado a la ciudad, con escasos veintiún años; tiene la potestad sobre su hermana, una renta anual de unas trescientas libras, y está dispuesto a aprender el arte de pelear y vivir de su talento, para volver más tarde a morir en sus dominios.
CARA
¿Pelear, has dicho?
DROGUIS
— Sí, señor, librar pendencias como hacen los valientes, y acabarlas en toda la regla.
CARA
¡Rayos, Abel! En la cristiandad entera no hallarás para él hombre más apropiado que el Doctor. Tiene una tabla llena de demostraciones matemáticas ligadas al arte de las pendencias. Ve, tráelos a ambos: el mozo y su hermana. En cuanto a ti, ya verá el Doctor de persuadirla. Date prisa. Su señoría, según lo establecido, recibirá de parte tuya un traje de damasco.
SUTIL
— ¡Bondadoso Capitán!
CARA
— Lo traerá, doctor. Es el joven más honrado que conozco. Muévete. Nada de alabanzas. Trae el damasco y los clientes.
DROGUIS
Lo intentaré, señor.
CARA
— Y te irá bien, Abel.
SUTIL
Estupendo tabaco, éste. ¿Hay aquí una onza?
CARA
Doctor, el joven os enviará una libra.
SUTIL
— ¡Oh, no!
CARA
(Dentro de poco sabrás más. Ahora, largo.)
SUTIL
— Lo tendrá. Vamos viento en popa.
CARA
¡Una esposa, Sutil, una esposa para uno de nosotros! La echaremos a suertes, y el que pierda se llevará en moneda lo que el otro se ha llevado en material.
SUTIL
O algo más. Pues acaso sea tan ligera que resulte una bicoca.
CARA
— O tal vez tan pesada que no baste un hombre para sostenerla.
SUTIL
Antes de decidir, lo mejor será observarla.
CARA
De acuerdo. Pero Dol no ha de enterarse.
SUTIL
Soy una tumba. Y ahora ve a pescar a tu Ceñudo.
CARA
Quiera Dios que no sea demasiado tarde.
SUTIL
Eso me temo.
(Salen.)

TERCER ACTO

Escena primera

(Entran TRIBULACIÓN y ANANÍAS.)
TRIBULACIÓN
Estas represalias son comunes a los santos y nosotros, los de la Escisión, debemos soportarlas con hombros resignados, como pruebas impuestas para tentar nuestras debilidades.
ANANÍAS
Hablando claro, el hombre no me gusta: es un pagano. Y habla, doy fe, la lengua de Canaán.
TRIBULACIÓN
Ciertamente lo considero profano.
ANANÍAS
— En la frente lleva visible la marca de la Bestia. Y en cuanto a su Piedra, es obra de las tinieblas: su Filosofía ciega los ojos de los hombres.
TRIBULACIÓN
Amado hermano, nosotros no podemos escatimar un solo medio que pueda conducir al triunfo de la Santa Causa.
ANANÍAS
Lo cual no está en manos de él: la Santa Causa ha de trazarse un Camino Santo.
TRIBULACIÓN
— No siempre es necesario. A menudo los hijos de la perdición son instrumento de las obras más señeras. Además, hemos de conceder cierta licencia a su temperamento, el de un hombre que, por vivir cerca del fuego y el tóxico vapor de los metales, tiene el cerebro abotargado y propende a las pasiones. ¿Conoces mayores ateos que nuestros cocineros? ¿U hombres más blasfemos y coléricos que los cristaleros? ¿O más anticristianos que los fundidores de campanas? ¿Qué es lo que hace al Diablo, Satán, nuestro enemigo, tan diabólico, te preguntaría, sino su perpetuo morar entre el fuego, ardiendo en el azufre y el arsénico? Afirmo que hemos de atender a los motivos que remueven los humores de la sangre. Bien puede suceder que, acabada la obra y obtenida ya la piedra, su paganismo se torne devoción, llevándolo a abrazar la Venturosa Disciplina frente a los andrajosos hábitos de Roma. Hemos de estar a la espera del llamado, y del advenimiento del espíritu del bien. Habéis errado al recordarle la bendición de los monjes de Heidelberg, dificultando así lo que más necesitamos: apresurar la obra para reivindicación de los Santos Silenciados;100 la cual no se cumplirá, sino a merced a la Piedra Filosofal. Me lo ha asegurado un sabio Anciano, oriundo de Escocia: el aurum potabile es el único brebaje capaz de inclinar a un magistrado hacia la Causa. Y la enfermedad debe tratarse diariamente.
ANANÍAS
En verdad que nunca he oído palabra más edificante. Al menos desde que la Bella Luz brilló en mí por vez primera. Y me apena que mi celo haya causado ofensa.
TRIBULACIÓN
Llamemos a su puerta, pues.
ANANÍAS
— El impulso es bueno, pues proviene del espíritu. Llamaré yo; la paz nos acompañe.
(Golpea.)

Escena segunda

(Entra SUTIL.)
SUTIL
Ah, ¿habéis venido? Ya era hora. Vuestro plazo ya expiraba, como veis. (Les muestra el reloj) Y se han apagado el furnus acediae y la turris circulatorius . El alambique, la pipeta, la retorta y el pelícano son sólo cenizas. ¡Perverso Ananías! ¿Has regresado? Ahora que todo se derrumba.
TRIBULACIÓN
Aplacaos, señor, que ha venido con talante humilde, a demandar vuestra paciencia si en otro momento un excesivo celo lo apartó del recto sendero.
SUTIL
— ¡Bueno, eso lo honra!
TRIBULACIÓN
No fue intención de los hermanos, en verdad, infligiros el menor agravio; al contrario, están prontos a prestar sus manos a cualquier proyecto espiritual que dirijáis.
SUTIL
— ¡Eso los honra aún más!
TRIBULACIÓN
Y, en cuanto a los bienes de los huérfanos, hágase lo necesario para la santa obra, que accederemos: aquí, por mi intermedio, los hermanos ponen su dinero a vuestros pies.
SUTIL
— ¡Os colmaréis de honor! Al fin comprendéis que así debía ser. ¿No os he hablado acaso de nuestra Piedra Filosofal y del provecho que dará a vuestra causa? ¿No os he explicado (además del poder de reclutar tropas en el extranjero y lograr que los holandeses os ayuden con la flota y los hombres destinados en las Indias), que hasta sus usos medicinales os crearán una facción y un partido en el reino? Pongamos por caso que sufra de gota algún personaje del gobierno; bien, pues le mandáis una dosis de elixir para ayudarlo, y ya habéis ganado un amigo. Otro sufre de parálisis, o de hidropesía; bebe vuestra medicina incombustible y rejuvenece: habéis conquistado un nuevo aliado. A una dama con achaques en el cuerpo, aunque no en el alma, cuyo rostro luce avejentado más allá de todo afeite, le dáis nueva lozanía con óleo de talco: serán aliados vuestros ella y todos sus amigos. A un lord leproso, a un caballero con artritis, o a un mancebo que padezca de ambas cosas, les devolvéis tersura y agilidad con una simple friega de vuestra medicina: y los amigos no dejan de aumentar.
TRIBULACIÓN
— Sí, conviene saberlo.
SUTIL
Y luego, tenemos la transmutación del atril de estaño en plata, cuando la misa...
ANANÍAS
— El oficio , por favor.
SUTIL
¿Otra vez, Ananías?
ANANÍAS
— Se me ha escapado.
SUTIL
O trocar cosas bañadas por oro macizo. No podéis por menos de haceros amigos. Amén de poder pagar un ejército adiestrado, comprarle sus dominios al mismo rey de Francia, o las Indias al de España. ¿Qué no tendréis a vuestro alcance para enfrentaros a fuerzas temporales o espirituales?
TRIBULACIÓN
— Sin duda es cierto. Nosotros mismos podremos ser señores temporales, si comprendo.
SUTIL
Podréis ser cualquier cosa, y abandonar esos inacabables ejercicios, y la costumbre de poner musiquilla a los lamentos. No negaré que una melodía sirva a veces para arrear borregos, tal vez cuando los desgraciados atraviesan un estado, por cualquier razón, adverso a lo devoto. Pues (para ir al grano) la música influye en las mujeres y a otros flemáticos les hechiza la campana.
ANANÍAS
Las campanas son profanas. La música puede ser sagrada.
SUTIL
¿Pero es que no escarmientas? Rayos, mi paciencia se ha colmado. Me niego a sufrir esta tortura.
TRIBULACIÓN
Señor, os lo suplico.
SUTIL
— Todo se hundirá. Es mi última palabra.
TRIBULACIÓN
Contempladme, señor, con indulgencia; el hombre ha sido corregido: aplicará su celo (que es tanto como el vuestro) a impedir que suenen melodías. Las cuales, en presencia de la piedra, ya no volverán a sernos necesarias.
SUTIL
Ni lo serán las santas máscaras, para que las viudas101 os donen sus herencias; o para que mujeres resentidas roben a sus maridos en favor de la causa común. Ni quedaros con las fianzas de los que se arruinan diciendo: Es una multa impuesta por la providencia . No necesitaréis tampoco atiborraros de comida por la noche para celebrar mejor ayuno al día siguiente, mientras los hermanos y hermanas, humillados, flagelan sus carnes obstinadas. Ni arrojar a vuestros hambrientos fieles mendrugos de doctrina sobre lo piadosa que es la cetrería, o si las matronas de la santa asamblea han de llevar el pelo suelto o recogido y consagrar su ropa blanca al ídolo Almidón.
ANANÍAS
Idolatría es, en efecto.
TRIBULACIÓN
— No le hagáis caso, señor. Espíritu (del celo y los problemas), te ordeno apaciguarlo. Os lo ruego, continuad, señor.
SUTIL
No necesitaréis calumniar a los prelados ni taparos los oídos ante la noticia de un nuevo milagro. Ni, por urgencia, difundir pasquines contra las comedias, para complacer al Regidor, cuyas natillas devoráis a diario. Ni fingir furia religiosa hasta perder la voz. Ni apelar a otras habilidades singulares. Ni bautizaros con los nombres de Tribulación, Templanza, Persecución, Mansedumbre y otros parecidos, que ostenta vuestra bandada de buitres sólo para presumir y deslumbrar a los discípulos.
TRIBULACIÓN
— Ciertamente, señor, hay caminos que los divinos hermanos inventaron a fin de propagar la causa gloriosa y que, por notables, con frecuencia han redundado en su propia fama y beneficio.
SUTIL
¡Ah, pero a la piedra todo le es indiferente! Arte de los Ángeles, milagro de Natura, divino secreto que transcurre entre las nubes de este a oeste, y cuya tradición pertenece no a los hombres, sino a los espíritus.
ANANÍAS
— Detesto las tradiciones, no confío en ellas.
TRIBULACIÓN
Basta.
ANANÍAS
Son todas herramientas del papismo. No me callaré. No y no.
TRIBULACIÓN
— ¡Ananías!
ANANÍAS
No ensalzaré lo profano para agraviar lo divino. Nunca.
SUTIL
Bien, Ananías, finalmente triunfarás.
TRIBULACIÓN
Una ignorante pasión, señor, lo ha poseído. Pero es, por lo demás, un hermano leal, un poco chafullero; pero hombre que posee, por revelación, conocimiento competente de la verdad.
SUTIL
¿Y la suma que lleva en la bolsa es acaso competente para comprar la mercancía? Me han hecho tutor y, por caridad y deberes de conciencia, debo ocuparme de que los pobres huérfanos sean bien recompensados. Aunque también deseo que los Hermanos obtengan beneficio. Ahí dentro están las cosas. Una vez examinadas, compradas y hecho el inventario, estarán prontas para la proyección; poco es lo que hay que hacer: con sólo verter la Medicina, tendréis tanta plata como latón ahora, y el mismo peso que haya en bronce lo tendréis en oro.
TRIBULACIÓN
— Mas, señor, ¿cuánto tiempo han de esperar aún los Santos?
SUTIL
— Dejadme pensar... ¿En qué fase está la luna? En ocho o nueve días será una patata color plata; pasarán luego tres días hasta que se limonice ... En unos quince días estará acabado el magisterium.
ANANÍAS
¿Alrededor del segundo día de la tercera semana del noveno mes?
SUTIL
— Sí, buen Ananías.
TRIBULACIÓN
¿A qué suma ascenderán, calculáis, los bienes de los huérfanos?
SUTIL
A unos cien marcos: eran tres carros llenos que ya se han descargado. Sacaréis de ellos seis millones. Pero preciso más carbón.
TRIBULACIÓN
— ¿Cómo?
SUTIL
— Una carga más y habremos acabado. Es que debemos avivar el fuego hasta convertirlo en ignis ardens ;102 hemos pasado ya el fimus equimus ,103 el balneo, las cenizas y los demás calores lentos. Si cone ste gasto enflaqueciera la sagrada bolsa y los Santos Hermanos hubieran menester de una suma perentoria, sé de un truco para fundir el peltre que en seguida compraréis, y, mediante una tintura, convertirlo en dólares tan buenos como los que corren en Holanda.
TRIBULACIÓN
— ¿De veras?
SUTIL
Desde luego; a prueba del más severo examen.
ANANÍAS
Los hermanos recibirán con regocijo la noticia.
SUTIL
Habréis de guardarlo en secreto.
TRIBULACIÓN
— Mas, pregunto yo, ¿es legal este acto de acuñación?
ANANÍAS
— ¿Legal? Nosotros no reconocemos a magistrado104 alguno. Y, en todo caso, se trata de moneda extranjera.
SUTIL
— No hablo de acuñar, señores, sino de fundir.
TRIBULACIÓN
— Oh, atinada distinción. Fundir moneda bien puede ser legal.
ANANÍAS
— Lo es.
TRIBULACIÓN
Tomo por verdaderas tus palabras.
SUTIL
— Señor, no hagáis escrúpulo de ello; confiad en Ananías, hombre versado en conflictos de conciencia.
TRIBULACIÓN
Formularé el problema a los Hermanos.
ANANÍAS
Los Hermanos, sin duda, aprobarán el método. ¿Dónde se hará la operación?
SUTIL
— Hablaremos de eso luego. Golpean a la puerta. Alguien me busca. Entrad, os ruego, y examinad el cargamento. Aquí tenéis el inventario. Seré con vosotros de inmediato. Salen ANANÍAS y TRIBULACIÓN. — ¿Eres tú, Cara? Entra.

Escena tercera

(Entra CARA.)
SUTIL
¿Qué? ¿Buena caza?
CARA
— ¡Buena peste! Ese maldito fullero me dejó plantado.
SUTIL
— ¿Y entonces?
CARA
— Me he estado paseando hasta ahora mismo, y nada.
SUTIL
— ¿Y has renunciado?
CARA
— ¿Renunciar? Hasta el mismo diablo lo habría hecho. Rayos, ¿pretendías que pasara todo el día atado a la noria, como una mula, por un sujeto que no da un solo grano? Ha tiempo que lo conozco.
SUTIL
— Ah, pero qué prueba de maestría habría sido engañarlo.
CARA
— Déjalo en manos del diablo y despéjate, que traigo buenas nuevas para contentarte. Querido compinche delicioso, socio de bellaquerías: un conde nobilísimo, un Don de España que de incógnito ha llegado, por motivos de conciencia, trayendo consigo munición, y seis pares de calzas más anchas que corbetas holandesas, además de tres baúles repletos de mosquetones y piezas de a ocho, se presentará aquí en breve para probar tu baño (eso es lo que ha dicho) y dirigir sus baterías contra nuestra Dol, nuestro castillo, nuestra fortaleza, nuestro acantilado, o lo que prefieras. ¿Dónde se ha metido esa mujer? Debe preparar perfumes, la ropa interior, la tina principal, un banquete y su mejor ingenio pues habrá de ordeñarlo hasta que quede seco. ¿Dónde está la niña?
SUTIL
— Te la mandaré en seguida mientras yo despacho a mis pequeños Leydens105 para regresar después.
CARA
— ¿Entonces están dentro?
SUTIL
Haciendo números.
CARA
— ¿Cuánto gatillarán?
SUTIL
— Cien marcos, muchacho.
(Sale SUTIL.)
CARA
¡Vaya día de suerte! ¡Diez libras de Mammon! ¡Tres a mi pasante! ¡Un portugués a mi abacero! ¡La contribución de los Hermanos! Además de los bienes y propiedades de la viuda, ¡y por fin mi conde! No cambiaría mi cosecha de hoy ni por cuarenta...
(Entra DOL.)
DOL
— ¿Qué?
CARA
Libras, primorosa Dorotea. ¿Tan próxima estabas?
DOL
En efecto. Decidme, general, ¿cómo trata la suerte a nuestras tropas?
CARA
Como a los pocos que, a salvo, guardan disciplina en las trincheras para enfrentar a un mundo, Dol; y en esas trincheras ríen y engordan sólo con pensar en los botines, Dol, que diariamente aportan exiguos pelotones. En esta hora dorada un valeroso Don está prendado de mi Dol. Y tú, Dulcibella106 mía, puedes pedir como rescate cuanto se te antoje; encadenado a tu bella figura, aún antes de haberte visto, lo traerán aquí, para arrojarlo a un lecho de plumas más tenebroso que cualquier mazmorra. Allí tu tamboril lo mantendrá despierto. Tu tamboril, Dol mía, tu tambor. Lo dejarás más manso que esos pobres mirlos sorprendidos por la escarcha o una abeja aturdida por un fagot. Abrígalo, pues, entre el edredón de piel de cisne y las sábanas de batista, hasta que chorree miel y cera, mi pequeña.
DOL
¿Y qué es el hombre de marras?
CARA
— Un Adelantado , muchachita, un Grande .107 ¿No ha llegado aún Gallardo?
DOL
No.
CARA
— ¿Y mi Droguis?
DOL
— Tampoco.
CARA
La peste se los lleve. ¡Cómo hay que sufrirlos! En días como éste desearía no ver tales marranos. Entra SUTIL. ¿Y qué? ¿Has acabado?
SUTIL
— Todo. Se ha marchado. El dinero está en mi banco, estimado Cara. Ojalá encontráramos ahora un baratero que quisiera comprar todo de nuevo.
CARA
Tranquilo. Si le prometes la viuda, Abel lo querrá para amueblar la casa.
SUTIL
— Excelente. Bien pensado. Quiera Dios que lo veamos.
CARA
— Yo ruego que se mantenga lejos hasta que finiquitemos el nuevo negocio.
SUTIL
— Dime, Cara, ¿dónde has dado con ese Don oculto?
CARA
— Un duende me acercó el mensaje aquí, en este papel, mientras yo trazaba círculos esperando al tal Ceñudo; yo también tengo mis espías. Gracias a mí, Sutil, tu baño se ha hecho famoso. Dulce Dol, ve a templar el clavicordio sin pérdida de tiempo. Y, ¿me has oído? Acción sin tregua. Retuércete como un lenguado; besa como lapa; y apúralo con tu lengua materna. Su mascarón de proa no entiende ni jota de este idioma: tanto más fácil te será enredarlo, Dolly mía. Vendrá en un carruaje de alquiler, vuelto y acompañado sólo por nuestro cochero, que es su guía. Nadie más. Alguien golpea. DOL se asoma a la ventana. — ¿Quién llama?
SUTIL
— ¿Es él?
CARA
Aún no es tiempo.
SUTIL
— ¿Quién es, pues?
DOL
— Gallardo, tu pasante.
CARA
— Dios lo ha querido, Reina de las Hadas; ve a peinarte; y tú, Doctor, ponte la túnica. Sale DOL. Despachémoslo pronto, por el Cielo.
SUTIL
— Será largo.
CARA
Te aseguro que si entiendes mis señales lo abreviaremos mucho. Se acerca a la ventana. — ¡Rayos! Ahora hay otros. Abel y, me parece, el mocito iracundo, el heredero que busca batirse.
SUTIL
— ¿Y la viuda?
CARA
— No. A esa no la veo. Vete.
(Sale SUTIL.)
CARA
(a GALLARDO) Os doy señor, la bienvenida.

Escena cuarta

(Entra CEÑUDO.)
CARA
El Doctor está dentro, empeñado en vuestro asunto.. (Largo empeño me ha insumido convencerlo) Jura que seréis el predilecto de los dados. Dice que nunca, hasta hoy, había visto chochear a su Alteza. Vuestra madrina os dedicó las palabras más gentiles que se puedan concebir.
GALLARDO
— ¿Podré ver a su Gracia?
CARA
Y hasta besarla, amigo. Entran DROGUIS y MOCHETE. — ¿Tú, honrado Abel? ¿Has traído el damasco?
DROGUIS
— No, señor, mas aquí tenéis tabaco.
CARA
Bien hecho, Abel. ¿Traerás también el damasco prometido?
DROGUIS
Sí, Capitán, éste es el hidalgo, el señor Mochete. Ha venido a ver al Doctor.
CARA
— ¿Dónde está la viuda?
DROGUIS
Afirma que su hermana vendrá cuando él decida.
CARA
¿Ah, sí? En buena hora. ¿Os apellidáis Mochete, caballero?
MOCHETE
Sí, y el mejor de ellos, pues de lo contrario perdería mil quinientas cada año. ¿Dónde se ha metido ese Doctor? Este tabaquero loco habla de uno que promete mucho. ¿Posee alguna habilidad?
CARA
— ¿En qué rubro, señor?
MOCHETE
Emprender un asunto, librar un lance con acierto, sobre bases rigurosas.
CARA
— ¡Debéis ser, señor, algo novato en la ciudad, para hacer pregunta semejante!
MOCHETE
No tan novato para no haber oído hablar de los mocitos iracundos; 108 los he visto comprar tabaco, y en la tienda de éste. Yo también puedo fumar. Quisiera ser uno de ellos, y regresar después a practicar al campo.
CARA
— En lo concerniente al duello , 109 os aseguro que el Doctor podrá esclarecer hasta la más diminuta sombra de un cabello; y mostraros un instrumento que él mismo ha construido, con el cual, tan pornto le informéis de la inminencia de un combate, medirá instantáneamente intensidades, para deciros qué grado de seguridad va en ello y cuántas posibilidades de morir. Os recomendará también cómo batiros, si en línea recta o en semicírculo; si debéis lanzaros en ángulo obtuso o, por el contrario, recto; de todo lo cual os dará pruebas. Y luego os enseñará las reglas para dar los mentís o recibirlos.
MOCHETE
— ¿Cómo? ¿Recibirlos?
CARA
En efecto. Ya veréis: al sesgo o en círculo, nunca en diámetro. La ciudad entera se ha abocado a estudiar estos teoremas y los debate normalmente en las academias del yantar.
MOCHETE
— ¿Y enseña además a vivir de las cualidades propias?
CARA
— De todo. Cualquier cosa. No hay sutileza concebible de que no sea capaz. A mí me hizo Capitán. Antes de conocerlo, yo era un rufián zarrapastroso como vos: me transformó en menos de dos meses. Os explicaré su método. Primero os introducirá en la mesa de una fonda.
MOCHETE
Excusadme, pero me niego a entrar en esos lugares.
CARA
¿Y a qué debemos esta negativa, caballero?
MOCHETE
Allí se juega, y se hacen trampas.
CARA
— Bueno, ¿pretendéis ser bizarro y no jugar?
MOCHETE
— El juego arruina al hombre.
CARA
¿Que lo arruina? ¡Os dará reparo cuando estéis bien estropeado! ¿Cómo creéis que viven de sus cualidades aquellos que han dilapidado fortunas seis veces mayores que la vuestra?
MOCHETE
— ¡Tres mil al año!
CARA
Y cuarenta mil también.
MOCHETE
— ¿Hay hombres así?
CARA
— Sí, señor, valientes por demás. He aquí un joven caballero nacido en la pobreza. Cuarenta marcos cada año, que para mí es nada. Pues va a ser iniciado, y recibirá una mosca110 del Doctor. Merced a una suerte irresistible, en una quincena os ganará lo suficiente para comprar un señorío. ¡Para Navidad lo nombrarán superintendente de la Casa Real!111 Y, durante todo el año, en cualquier casa de juego le reservarán un sitial de privilegio, el mejor servicio, la mejor bebida, algunas veces dos copas de vino de Canarias, sin desembolsar penique. Las calzas más blancas, el cuchillo más agudo, la perdiz en el trinchante: y, en un sitio recogido, un primoroso lecho con el primor adentro. Los taberneros se esforzarán por divertirlo como si fuera poeta; y el amo le suplicará que nombre sin ambages su plato predilecto, que serán los langostinos fritos; y quienes nunca beben a la salud de nadie, brindarán por él, por ser la eminencia de todas las mesas.
MOCHETE
¿No me engañáis?
CARA
— ¡Que me muera! ¿Eso creéis? Ya veréis cómo un comandante descastado (incapaz de obtener el menor crédito para comprar un par de guantes, las espuelas u otras menudencias), se procurará, luego de tratar con él, en menos de lo que canta un gallo, medios abundantes para mantenerse, tanto a sí mismo como a su manceba y a una criatura, con impecable elegancia, y por si no bastara, admirados.
MOCHETE
— ¿Me enseñará eso el Doctor?
CARA
Más aún hará; cuando hayáis perdido vuestras tierras (pues los hombres de espíritu suelen odiar las posesiones) Y no haya tribunales, cuando sean escasas las monedas y cierren sus puertas los mesones,112 el Doctor os mostrará una perspectiva por la cual, de un lado, veréis los rostros y siluetas de los herederos más acaudalados de toda la ciudad, cuya sola firma es umbral para las transacciones; y, de otro, las fachadas de mercaderes y demás que, sin necesidad de valedores (esos que siempre exigen comisión), se avienen a conceder los créditos. Más allá divisaréis la calle y el establecimiento donde se abarrota toda mercancía, esperando que la escojan, ya se trate de jabón, pimienta, lúpulo, tabaco, avena, quesos o tintura. Todo lo cual será para disfrute vuestro y mejor uso, sin contraer obligaciones.
MOCHETE
¡Recórcholis! ¿Tan poderoso es?
CARA
— El mismo Abel lo sabe bien. ¡Y para apañar matrimonios con ricas herederas, viudas jóvenes y nobles, no tiene parangón! Por todo lo ancho y largo de Inglaterra requieren su consejo para planear los matrimonios.
MOCHETE
¡Dios mío! Mi hermana ha de venir.
CARA
— Os confesaré, señor, qué me ha dicho de Abel. ¡Vaya cosa más extraña! (A propósito, Abel: abstente del queso, me produce melancolía, y la melancolía es caldo de lombrices). Pero dejemos esto. ¡Me dijo que el honrado Abel no ha entrado a una taberna más que una vez en su vida!
DROGUIS
— Sólo una, doy palabra.
CARA
Y esa vez se puso tan enfermo...
DROGUIS
— ¿También eso sabía?
CARA
¿Y cómo lo sabría yo, si no?
DROGUIS
— Lo cierto es que para cenar había caza, y unos cuartos de cordero tan grasosos, que se me resintió el estómago...
CARA
— Para colmo no soporta el vino; lo cual, sumado al ruido de los violines y la preocupación por su negocio (pues no tiene dependientes)...
DROGUIS
También me dolía la cabeza...
CARA
— Tanto que hubo que llevarlo a casa, me contó el Doctor. Allí una vieja sacrificada...
DROGUIS
Sí, caramba, una que vive en la calleja del Carbón, me curó con cerveza mineral y pelitoria. Me costó apenas dos peniques. Tuve otra enfermedad mucho peor que ésa.
CARA
— Sí, el disgusto que cogiste cuando el servicio de agua te obligó a pagar dieciocho peniques.
DROGUIS
— Cierto, tanto me habría significado empeñar la vida entera.
CARA
— ¿Se te cayó el pelo?
DROGUIS
Sí, señor, de pura rabia.
CARA
— El Doctor me lo ha contado.
MOCHETE
Hazme el favor, tabaquero, ve y trae a mi hermana. Antes de marcharme quiero ver al sabio ése, y que ella esté presente.
CARA
— Ahora está ocupado. Pero si tenéis una hermana que traer, quizá ahorréis fatigas yendo vos mismo a buscarla; para entonces él ya se hallará libre.
MOCHETE
— Iré.
(Sale MOCHETE)
CARA
(Sutil y yo hemos de pelear por ella.)
GALLARDO
— Sí, el vinagre y la camisa limpia.
CARA
— Bien. Esa camisa concentrará en vos más veneración que la que imagináis. Aunque no quiera demostrarlo vuestra madrina arde en deseos de echaros una ojeada. ¿Habéis traído para proveer a los criados?
GALLARDO
Sí, aquí hay ciento veinte chelines de Eduardo.
CARA
— Bien.
GALLARDO
Y un viejo soberano de Enrique.
CARA
— Mejor aún.
GALLARDO
Y tres chelines de Jaime, y una Isabel de cuatro, que suman veinte nobles.113
CARA
— Os quedáis corto. Me gustaría que nos dieras otro noble en Marías.
GALLARDO
Tengo algunas, y unos cuantos Felipes.
CARA
— Pues bien, esos superan a todos. ¿Dónde están? Silencio, el Doctor.

Escena quinta

(Entra SUTIL disfrazado de Sacerdote de las Hadas.)
SUTIL
¿Ha llegado ya el ahijado de su Gracia?
CARA
— Ha llegado.
SUTIL
¿Y está en ayunas?
CARA
— Sí.
SUTIL
— ¿Y ha gritado ¡Ummm! ?
CARA
Debéis responder: “Tres veces”
GALLARDO
— Tres veces.
SUTIL
— ¿Y ¡Buzz! ?
CARA
Contestad.
GALLARDO
— Lo he hecho.
SUTIL
— Oíd, pues, su voluntad. Confiando en que este hombre se haya avinagrado los sentidos como le fue ordenado, la Reina de las Hadas, por mis manos le entrega esta prenda, las enaguas de Fortuna, que él ha de vestir, dicta ella, de inmediato. GALLARDO se pone las enaguas. Y aunque las enaguas estén estrechamente unidas a Fortuna, más cerca de ella está su blusa, destaca nuestra Reina. Y, por lo tanto, hasta de esa prenda envía un retazo, que, siendo él niño, usara para envolverlo; rogándole que, ahora, lo lleve como venda (con tanto amor como el que su Gracia sintiera al desgarrarlo) sobre los ojos, en señal de que es hombre de suerte. Le vendan los ojos con un trapo. Luego, puesto que confía en ella para realizar sus sueños, ha de despojarse de toda posesión mundana; cosa que, su Gracia no lo duda, hará sin titubear.
CARA
No es menester dudarlo, mi señor. No posee nada, ay, de lo cual deseosamente no vaya a desprenderse, como la Reina pide (tirad la bolsa ya) con tan dulces palabras (vamos, los pañuelos y todo). Nada puede ella ordenar que él no obedezca. (Si lleváis puesto un anillo, o una pulsera de plata en la muñeca, arrojadlos; su Gracias enviará a sus hadas para que os registren, por lo tanto más vale ser sincero.) GALLARDO se desprende de todo, tal como se lo exigen. — Si descubren que habéis ocultado alguna tontería, estáis perdido.
GALLARDO
De veras, eso es todo.
CARA
— ¿Todo, qué?
GALLARDO
— Mi dinero.
CARA
No retengáis nada transitorio. (Díle a Dol que toque música). Entra DOL con una cítara. Lo pellizcan. — Mirad, los Elfos han venido a pellizcaros por si acaso les mintiérais. Os intiman.
GALLARDO
Oh, me quedaba una espuela real.114
CARA
— Ti, ti, ti . Dicen que lo sabían.
SUTIL
— Ti, ti, ti , todavía queda más.
CARA
Ti, ti, ti . ¿En otro bolsillo?
SUTIL
— Titi, titi, titi, titi . Si no lo pellizcan, dicen, nunca lo confesará.
GALLARDO
¡Ay! ¡Ay!
CARA
— Basta, por favor. Es el ahijado de su Gracia. ¿ Ti, ti, ti ? ¿Qué os importa un bledo? A fe que os importará. Sed leal, señor, y avergonzadlos. Demostradles que sois inocente.
GALLARDO
— Juro por esta luz que no me guardo nada.
SUTIL
Ti, ti, ti ti to ta . Dicen que os equivocáis. Ti, ti do ti do ta . Y que juráis por una luz que ahora no veis.
GALLARDO
Pues por esta oscuridad, sólo tengo una media corona que llevo en la muñeca como prenda de mi amada; y un corazón de plomo que conservo desde que ella me engañó.
CARA
Ya me parecía. ¿Y despertaréis disgusto en vuestra madrina por aferraros a semejantes ñoñerías. Venga, ¡y yo creía que ocultabáis veintitrés coronas! El corazón de plomo os lo podéis quedar. ¿Y ahora qué?
(DOL se asoma a la ventana.)
SUTIL
¿Qué noticias hay, Dol?
DOL
— Allí viene el caballero ése, sir Mammon.
CARA
¡Demonios! Lo habíamos olvidado por completo. ¿Dónde está?
DOL
— Muy cerca. Casi en la puerta.
SUTIL
¿Y no estás preparado todavía? Trae su traje, Dol. Sale DOL. No podemos despedirlo.
CARA
— Oh, de ningún modo. ¿Y qué haremos con esta palomita, ahora que está en la cazuela?
SUTIL
— Pues inventa algo para entretenerlo un poco. Ti, ti, ti . ¿Que su Gracia desea hablar conmigo. Acudo de inmediato. Entra DOL trayendo el traje de alquimista de CARA. Ayúdalo, Dol.
CARA
— ¿Quién está ahí? Oh, sir Epicuro. Habla por el ojo de la cerradura, mientras el otro sigue golpeando. DOL le ayuda a vestirse. Mi amo está ocupado. Servíos dar dos o tres vueltas hasta que acabe con lo que absorbe su atención, y soy todo para vos. Date prisa, Dol.
SUTIL
— La Reina os envía su afecto, señor Gallardo.
GALLARDO
Ansío verla.
SUTIL
— En este preciso instante está cenando, en su cama. Mas de su propia ración os ha enviado un ratoncillo muerto y un trozo de pan negro para que entretengáis el estómago y os reconfortéis un poco en medio de las molestias del ayuno. Con todo, afirma que si os contuvieráis hasta verla os iría mucho mejor.
CARA
— Por su Alteza, señor, resistirá así sean dos horas. Me atrevería a prometerlo. Este hombre no echará a perder lo que hemos hecho.
SUTIL
— No debe ver ni hablar a nadie hasta que llegue el momento.
CARA
— Por eso le pondremos, señor, una mordaza.
SUTIL
— ¿De qué?
CARA
— De pan negro. Aceptadla. Quien ha ostentado hasta ahora el favor de su Alteza, no puede traicionarse por tan poco. Abrid la boca, señor, para que os quepa.
(Le meten el pan en la boca.)
SUTIL
— ¿Dónde vamos a esconderlo?
CARA
— En el retrete.
SUTIL
— Venid, señor, os enseñaré la alcoba privada de Fortuna.
CARA
¿Está aromatizada? ¿Y preparado el baño?
SUTIL
— Sí. Sólo que la han fumigado en demasía.
CARA
Sir Epicuro, en un instante soy con vos.
(Salen todos.)

CUARTO ACTO

Escena primera

(Entran CARA y MAMMON.)
CARA
Oh, señor, habéis venido en momento inmejorable...
MAMMON
¿Dónde está el amo?
CARA
— Preparándose para la proyección, señor. Dentro de poco vuestro material será trocado..
MAMMON
— ¿En oro?
CARA
En oro y plata, señor.
MAMMON
— La plata no me interesa.
CARA
Dad, señor, algo a los mendigos.
MAMMON
— ¿Dónde está la dama?
CARA
Aquí cerca. Le he dicho cosas tan magníficas de vos, de vuestra generosidad y nobleza espiritual...
MAMMON
— ¿De veras?
CARA
... que está casi fuera de quicio por ansias de conoceros. Pero, señor, excluid de la conferencia los temas teológicos, pues temo que enfurezca...
MAMMON
— Os lo prometo.
CARA
No bastarían seis hombres para sujetarla. Además, si el viejo os oyera o viese...
MAMMON
— No temas.
CARA
Enloquecerían los mismos cimientos de la casa. Ya sabéis cuán escrupuloso es, y con qué violencia se enfrenta al menor pecado. En cuanto a ella, ya os he dicho que tolerará la física, las matemáticas, la poesía, la política o la galantería, sin siquiera pestañear; pero no soportará ni una palabra referente a controversias.
MAMMON
— Advertido estoy, buen Ulen.
CARA
Habéis de elogiar su casa, recordad, y su nobleza.
MAMMON
— Déjalo por cuenta mía, Pulmón, no hay heraldo ni anticuario que pudiera hacerlo mejor que yo. Ve.
CARA
Bien, esto de ver a Dol Ramplona convertida en gran señora es una forma de felicidad harto moderna.
(Sale CARA.)
MAMMON
— Y ahora, Epicuro, elévate, envuélvela en palabras hechas de oro. Desata sobre ella tantas lluvias como desatara Júpiter sobre su Danae; reduce al dios a un miserable, comparado con Mammon. ¿Y qué? La piedra lo conseguirá. Ella tocará oro, gustará oro, oirá oro y oro dormirá; nos revolcaremos en oro. ¡Al hblarle seré espléndido y poderoso! Aquí la tengo.
(Entran CARA y DOL.)
CARA
A él, Dol, ordéñalo. Este es el noble caballero de quien hablara a vuestra señoría.
MAMMON
— Con vuestra venia, señora, besaré vuestro vestido.
DOL
— Soportarlo, señor, sería descortés. A vos mis reverencias.
MAMMON
Milady, espero que milord, hermano vuestro, goce buena saludo.
DOL
Mi hermano se halla bien, señor, aunque yo no sea lady.
CARA
(Bien dicho, gallinita de Guinea.)
MAMMON
— Justa y noble señora...
CARA
(Ah, asistiremos a la idolatría más feroz.)
MAMMON
Es vuestra prerrogativa.
DOL
— Vuestra cortesía, antes bien.
MAMMON
Aunque más evidencia de vuestras virtudes tuviera, estas respuestas me hablarían de vuestro linaje y vuestra sangre.
DOL
De la sangre, señor, no nos jactamos. Soy la pobre hija de un barón.
MAMMON
¡Pobre! ¿Quién os engendró? No blasfeméis. Si vuestro padre, tras acto semejante, hubiese dormido por el feliz resto de su vida, sin hacer más que jadear, eso le habría sido suficiente para ennoblecerse a sí mismo y a su posteridad.
DOL
— Señor, aunque se diga que carecemos de esplendor, el envoltorio y las vestiduras del honor, nos esforzamos por guardar sus semillas y su esencia.
MAMMON
— Advierto ciertamente que ese viejo ingrediente, la virtud, no se ha perdido; como tampoco el dinero, esa droga que se gastó en conformar vuestra sustancia. ¡Rara nobleza se presiente en vuestros ojos, vuestra barbilla, vuestra boca! ¡Cuánto os parecéis a las princesas de Austria!115
CARA
Parecidísima; como que su padre era un irlandés vendedor de anonas.
MAMMON
La casa de Valois poseía exactamente esa nariz. Y en Florencia, los Medici ostentaban una frente semejante.
DOL
— En verdad muchas veces he sido comparada a todos esos príncipes.
CARA
Que me condenen si no lo he oído.
MAMMON
Pues no sé cómo. No se trata de uno solo, sino del conjunto de los rasgos.
CARA
Voy adentro a reírme.
(Sale CARA.)
MAMMON
— ¡Un cierto toque, un aire que, más allá de una belleza terrenal, lanza chispas de divinidad!
DOL
— Oh, sois lisonjero.
MAMMON
Señora, dadme licencia...
DOL
— A fe que no debería para que os burlarais de mí, señor.
MAMMON
— ...para consumirme en esta dulce llama. No conoció el Fénix mejor muerte.
DOL
Estáis exagerando, señor, la cortesía; y destruís lo que habíais elegido. Palabras tan artificiosas contradicen vuestra sinceridad.
MAMMON
— Por mi alma...
DOL
Señor, los juramentos están hechos de aire.
MAMMON
— Nunca la naturaleza invistió a la mortalidad con forma más inmaculada y armoniosa; ella puso todos los rostros a los pies del vuestro. Dulce señora, permitidme ser audaz...
DOL
¿Audaz, señor? Os suplico que guardéis distancia.
MAMMON
No en un mal sentido, dulce dama, sino para preguntar cómo pasa las horas vuestra amble gracia. Advierto que os hospedáis aquí, en la casa de un hombre singular, un artista excelso. Mas, ¿en qué os concierne?
DOL
En mucho. Me instruyo aquí en matemáticas y el arte de destilar.
MAMMON
— Oh, mil perdones. ¡Él es un maestro divino! Su arte le permite extirpar las almas de todas las cosas; convocar las virtudes del Sol y sus milagros en un horno caldeado; exponer a la naturaleza abúlica el despliegue de sus propias fuerzas. Un hombre que el emperador estima más que a Kelly;116 y a quien ha invitado enviándole medallas y cadenas.
DOL
— Sí, y en la ciencia médica...
MAMMON
¡Se alza por encima de Esculapio, que despertaba la envidia del Señor del Rayo! Sé todo esto y mucho más.
DOL
— En verdad, señor, me han absorbido los estudios que descifran la naturaleza.
MAMMON
Es una empresa noble. ¡Pero no se creó forma tan bella para aplicarla a labores tan oscuras! Si hubiérais sido jorobada, tullida o de grosera línea, bien os hubiera convenido el claustro. ¡Mas recluir una figura que podría apuntalar la gloria de un imperio! Sería un mero solecismo, si bien en un convento. Eso no debe suceder. ¡Me asombra que vuestro hermano lo consienta! De ser yo él, antes derrocharíais la mitad de mi hacienda. ¿Acaso a este diamante no le sienta mejor mi dedo que la propia cantera?
DOL
— Sí.
MAMMON
— Bien. Con vos sucede otro tanto. ¡Habéis sido creada para la luz, señora! Oíd: en adelante vos lo llevaréis; aceptadlo en prenda de lo que estoy diciendo, para inclinaros a creerme.
DOL
¿Con cadena adamantina?
MAMMON
— Sí, el vínculo más fuerte. Y os confiaré un secreto. Aquí, a vuestro lado, se encuentra en esta hora el hombre más feliz de Europa.
DOL
¿Tan satisfecho estáis, señor?
MAMMON
— De pies a cabeza. Envidia de príncipes, terror de los estados.
DOL
¡Qué cosas decís, sir Epicuro!
MAMMON
— Sí, y tú serás la prueba, hija del honor. He puesto mi ojo sobre tu figura, y perfeccionaré tus atributos más allá de todo estilo.
DOL
— ¿No estaréis tramando una traición?
MAMMON
No. Erradicaré toda sospecha. Soy el señor de la Piedra Filosofal. Y tú su dama.
DOL
— ¡Señor! ¿Tenéis la piedra?
MAMMON
Soy el amo del magisterio. El desgraciado viejo que vive en esta casa la ha hecho hoy para nosotros. Cumple ya la proyección. Piensa, por tanto, en tu primer deseo; házmelo saber. Y haré llover en tu regazo, no ya chubascos, sino torrentes, cataratas, un diluvio de oro para poner a tus pies una nación.
DOL
— Os place, señor, jugar con la ambición de nuestro sexo.
MAMMON
Me place que la gloria de su sexo sepa de una vez que este cuchitril en medio de los Friers no es ambiente para que ella viva oscuramente, entregada a unos estudios de medicina y cirugía que servirán para curar a la mujer de un policía en un villorrio de Essex. Que debe salir a paladear el aire de los palacios; comer, beber y adornarse con lo que proveen los empíricos y su celebrada práctica: tintura de perlas, ámbar, oro y coral; exhibirse en fiestas y homenajes; despertar interrogantes -¿De dónde ha surgido este milagro?-; encender los ojos todos de una corte como cristales ardientes y reducirlos luego a cenizas. Te adornarán las joyas de veinte países, y a su destello se velarán los astros. Empalidecerán las reinas cuando tu nombre se mencione; ¡y, ante el brillo de nuestro amor, el de Popea se perderá en la historia! Todo eso será nuestro.
DOL
— Señor, aceptaría de buen grado. Pero ¿cómo realizarlo en una monarquía? El príncipe no tardaría en percatarse; y pronto se apoderaría de vos y vuestra piedra, por ser riqueza inadecuada para un súbdito privado.
MAMMON
— Si llegara a saberlo.
DOL
Vos mismo lo proclamáis.
MAMMON
— Ante ti, vida mía.
DOL
¡Oh, señor, tened cuidado! Vuestros días podrían acabar en la sombra de una mazmorra por hablar de ello.
MAMMON
— ¡No es ocioso ese temor! Por lo cual, mi niña, nos iremos con todo a vivir en un estado libre; donde comeremos nuestros mújoles embebidos en vinos de tierras altas, cenaremos huevos de faisán y haremos que los berberechos, hervidos en conchas de plata, naden nuevamente, como si estuviesen vivos, junto a las langostas, en una rara mantequilla de leche de delfín, cuya crema relucirá como los ópalos. Y con esos manjares delicados nos excitaremos para el placer, y volveremos a caer rendidos, y renovaremos nuestra juventud y nuestra fuerza bebiendo el elixir, para gozar por toda la eternidad de la vida y la lujuria. Y tú tendrás un guardarropa más rico que la Naturaleza, para cambiar de traje, por orgullo, con más frecuencia que ella y hasta que el Arte, sabio lacayo que es también su par.
(Entra CARA.)
CARA
Vociferáis, señor. Desde el laboratorio puedo oír cada palabra. Buscaremos lugar más apropiado. El jardín, o la cámara de arriba. ¿Qué opináis de ella?
MAMMON
¡Estupenda, Pulmón! Esto es para ti.
(Le da dinero.)
CARA
— Mas, ¿me habéis oído? Cuidaos de no mencionar siquiera a los rabinos.
MAMMON
No estamos pensando en ellos.
CARA
— Bien hecho, señor. Salen MAMMON u DOL. — ¡Sutil!

Escena segunda

(Entra SUTIL.)
CARA
¿No te ríes?
SUTIL
— Sí. ¿Se han marchado?
CARA
— Está todo despejado.
SUTIL
Ha venido la viuda.
CARA
— ¿Y tú discípulo de lances?
SUTIL
También.
CARA
— Pues yo, a mi capitanía, entonces.
SUTIL
Primero hazlos pasar.
CARA
— Eso pensaba. ¿Cómo es? ¿Un gorrioncillo tierno?
SUTIL
— No lo sé.
CARA
— ¿Estás de acuerdo en que la echemos a suertes?
SUTIL
— ¿Para qué?
CARA
— Para que el vestido caiga como una cortina: arrugado.
SUTIL
— A la puerta, hombre.
CARA
Ya que no estoy pronto, para ti será el primer beso.
SUTIL
Sí, y quizá también te aplaste la nariz.
CARA
(en la puerta) ¿Con quién queréis hablar?
MOCHETE
— ¿No se encuentra el Capitán?
CARA
Ha salido por cierto asunto.
MOCHETE
— ¿Ha salido?
CARA
— Pronto volverá. Pero se encuentran aquí su lugarteniente, el Doctor.
(Sale CARA. Entran MOCHETE y DOCIL DAMA.)
SUTIL
Acércate, muchacho prodigioso, mi terrae fili , es decir, mi Hijo de la Tierra. No vaciles. Bienvenido. Conozco tus deseos y tus apetitos, y te serviré para satisfacerlos. Empieza. Atácame desde allí, o desde allí, o en esta línea. He aquí mi centro; fundamenta el desafío.
MOCHETE
— Mentís.
SUTIL
¡Cómo, hijo de la ira y de la furia! ¿Un mentís tan súbito? ¿Para qué, mancebo intempestivo?
MOCHETE
— Para que también vos comprobéis que voy por delante.
SUTIL
— Ah, cojeas de la pata gramática y no sabes nada de Lógica. Niño, has de exponer motivos, tus primeras y segundas intenciones, conocer tus cánones, tus divisiones, modos, grados y diferencias, tus predicados, la sustancia, el accidente, las series externa e interna, con sus causas suficiente, formal, final y material, y perfeccionar los elementos...117
MOCHETE
— ¿Qué significa esto? ¿En qué recalcitrante idioma me habla?
SUTIL
— El falso precepto de tomar la iniciativa ha decepcionado a muchos, obligándolos, en más de una ocasión, a batirse, antes de haberse preparado; y, por añadidura, contra sus deseos.
MOCHETE
— ¿Cómo debo hacerlo, entonces?
SUTIL
Presento mis excusas a esta dama. Antes que nada, hubiéramos debido saludarla. Os llamaré Milady porque señora seréis antes que pase mucho tiempo, mi mórbida y lozana viuda.
(La besa.)
MOCHETE
— ¿De veras?
SUTIL
Sí, o mi arte es una mentira egregia.
MOCHETE
¿Cómo lo sabéis?
SUTIL
— He observado su frente y la sutileza de sus labios que, para aventurar un juicio, han de besarse a menudo. La besa de nuevo. — ¡Rayos, se derrite como una ciruela! Hay sin embargo aquí, in rivo frontis ,118 una línea que niega vuestra condición de caballero.
D. DAMA
¿Pues entonces qué es, señor?
SUTIL
— Mostradme vuestra mano. Oh, vuestra linea fortunae lo dice claramente, como también la stella y el monte Veneris ; mas, sobre todo, la junctura annularis . Es un soldado, o bien artista, mi señora: pero en cualquier caso pronto se colmará de honor.
D. DAMA
— ¡Créeme, hermano, que estamos ante un hombre singular!
MOCHETE
— Silencio. Entra CARA vestido de capitán. Aquí viene otro hombre extraordinario. Capitán, salud.
CARA
Buen maese Mochete. ¿Es ésta vuestra hermana?
MOCHETE
— Sí, señor. ¿Os place besarla? ¿No os enorgullecéis de conocerla?
CARA
Milady, es para mí un orgullo conoceros.
D. DAMA
— Hermano, éste también me trata de señora.
MOCHETE
— Sí, calla, ya lo oí.
CARA
(a SUTIL) El Conde ya está aquí.
SUTIL
— ¿Dónde?
CARA
— En la puerta.
SUTIL
Pues has de entretenerlo.
CARA
— ¿Qué haremos entretanto con estos dos?
SUTIL
— Llévalos arriba y enséñales algún libro incomprensible o el cristal oscuro.
CARA
— ¡Cristo! ¡Es delicada como un polluelo! Tiene que ser mía.
SUTIL
¿Ah, sí? Lo será si tu fortuna lo decide. Sale CARA. Ven, amigo, el Capitán se reunirá en seguida con nosotros. Te llevaré a mi cámara de demostraciones, donde aprenderás tanto la lógica como la retórica y la gramática del arte de batirse; mi método completo cifrado en dibujos; y una herramienta mía, provista de diversas escalas, que otorga el poder de armar pendencia, por una pajilla, a la luz de la luna. A vos, señora, os pediré que, durante media hora os miréis en un espejo, sólo para que se aclaren vuestros ojos y podáis contemplar vuestra fortuna; la cual, creedme, es más promisoria de lo que mi vehemencia permite discernir.
(Salen.)

Escena tercera

(Entra CARA.)
CARA
¿Dónde estás, Doctor?
SUTIL
(dentro) — En seguida voy.
CARA
Ahora que la he visto, tengo que hacer mía a esa viuda, cueste lo que cueste.
(Entra SUTIL.)
SUTIL
— ¿Qué decías?
CARA
¿Qué has hecho con ellos?
SUTIL
— Los he llevado arriba.
CARA
Sutil, de veras, esa viuda ha de ser mía.
SUTIL
¿Eso sucedía?
CARA
— Sí, pero escúchame.
SUTIL
— Anda, si te rebelas una sola vez, Dol lo sabrá todo. Por lo tanto cierra el pico y obedece tu destino.
CARA
Oye, te has vuelto muy violento... Reflexiona: tú eres viejo y no podrías...
SUTIL
— ¿Quién no puede? ¿Yo? Caray, ¿así que debería valerme de ti...?
CARA
— No, pero comprende: te ofrezco una compensación.
SUTIL
No haré tratos contigo. ¿Pretendes que te venda esa fortuna? Antes me desprendería de mi patrimonio. No farfulles. Si ganas, te la llevas. Si llegas a gruñir, Dol se enterará en el acto.
CARA
— Bien, me callo. Me ayudarás a recibir al Don con majestad?
SUTIL
Os sigo, señor mío. Sale CARA. — A este Cara hay que meterle miedo o nos dominará como un tirano. Entran CARA y CEÑUDO disfrazado de español. ¡Repámpanos! ¿Quién se aproxima? ¡Si es Don Juan!
CEÑUDO
(inclinándose) Sennores, beso las manos, a vuestras mercedes. 119
SUTIL
Ojalá se agachara un poco más y besara nuestros culos.
CARA
Calla, Sutil.
SUTIL
— Puedes apuñalarme, que no me contendrás. Con esa gorguera parece una cabeza en una fuente, apoyada en caballetes ocultos por un capote.
CARA
¿No dirías más bien un budín de gelatina, cortado bajo las orejas y moldeado a cuchilladas?
SUTIL
Caray, es demasiado gordo para venir de España.
CARA
Puede que lo engendrara un holandés, o algún flamenco en los tiempos del duque de Alba. Será un bastardo de ese conde Egmont.120
SUTIL
Bienvenida sea, Don , vuestra faz hipócrita, cetrina y madrileña.
CEÑUDO
Gratia .
SUTIL
— Habla como desde una fortaleza. Esperemos que en esa gorguera no aniden culebrinas.
CEÑUDO
¡Por Dios, Sennores, muy linda casa!
SUTIL
¿Qué masculla?
CARA
— Alaba la casa, según creo. Sólo entiendo los gestos; las palabras, no.
SUTIL
— Pues la casa , mi precioso Diego, demostrará ser lo bastante cómoda para camelarte. ¿Te das cuenta? Te camelaremos, Diego.
CARA
— Acabarás desplumado, ¿te enteras? Desplumado, precioso Donzel .
CEÑUDO
— Entiendo.
SUTIL
¿De veras? Pues también nosotros, estimado Don .121 ¿Has traído pistoletes? ¿Acaso portugueses? ¿Eh, mi solemne Don ? ¿Llevas algo ahí?
(Le toca los bolsillos.)
CARA
— Llenos.
SUTIL
Don , te vaciaremos, chuparemos y escurriremos. Te dejaremos seco, como dicen.
CARA
— Ordeñado, dulce Don .
SUTIL
Verás a todos los monstruos y al más grande, el león.
CEÑUDO
Con licencia, ¿se puede ver à esta Sennora?
SUTIL
¿Y ahora de qué habla?
CARA
— De la Sennora.
SUTIL
— Oh, Don , ésa es la leona, a quien también verás, amigo mío.
CARA
— ¡Carape, Sutil! ¿Cómo nos apañaremos?
SUTIL
¿Para qué?
CARA
— Bueno, ya sabes que Dol está ocupada.
SUTIL
— ¡Cierto! Por el cielo, no lo sé. Pero éste tiene que quedarse.
CARA
¿Quedarse? Eso no, de ningún modo.
SUTIL
— ¿No? ¿Por qué?
CARA
A menos que quieras estropearlo todo. Sospechará, caramba. Y luego no nos pagará ni la mitad de bien. Es licenciado en bribonadas, ha corrido mundo y conoce todos los atajos. Un granuja consumado. Y ya empieza a resoplar.
SUTIL
— ¡Rayos! Y a Mammon no podemos molestarlo.
CARA
— ¡En ningún caso!
SUTIL
¿Qué haremos, entonces?
CARA
— Piensa. Hemos de actuar rápido.
CEÑUDO
Entiendo, que la Sennora es tan hermosa, que codício tan á ver la, como la bien aventuránça de mi vida.
CARA
¿ Mi vida ? Caray, Sutil, esto me ha hecho pensar en esa viuda. ¿Qué te parece presentársela? ¿De acuerdo? Y a ella le diremos que es predestinación. Toda nuestra suerte va en esta jugada. No es sino un hombre más con posibilidades de llevársela. Y, por otra parte, no existe doncellez que pueda ponerse en peligro. ¿Qué opinas de ello, Sutil?
SUTIL
— ¿Quién, yo? Pues...
CARA
Está en juego la integridad de nuestra casa.
SUTIL
Antes hiciste una oferta por mi parte de la dama. ¿Qué me darás a cambio?
CARA
— Oh, por esta luz, ahora no la compraría. Bien sabes que preferiste amenazarme. O acaparas el botín, o aceptas el destino. Y yo digo: quien la gane, disfrutará de ella.
SUTIL
— De ser así, me niego a transigir.
CARA
Piénsalo: es por el bien común. Además, como tú has dicho, Dol podría saberlo.
SUTIL
— No me importa.
CEÑUDO
Sennores, ¿por qué se tarda tanta?
SUTIL
Juro que no puedo. Ya soy viejo.
CARA
— Ese no es motivo.
CEÑUDO
¿Puede ser, de hazer burla de mi amor?
CARA
¿Estás oyendo al Don? Por el aire que respiro: estoy perdiendo los estribos y comenzaré a gritar. ¡Dol!
SUTIL
— Que la peste...
CARA
¿Aceptas, pues?
SUTIL
— Bellaco endemoniado, me acordaré de esto. ¿Queréis, señor, llamar a nuestra viuda?
CARA
Sí, y pensándolo mejor, la tomaré a pesar del mucho riesgo.
SUTIL
— Señor, de todo corazón, ¿puedo sentirme libre de la carga?
CARA
Como gustes.
SUTIL
— Venga esa diestra, pues.
CARA
Ahora recuerda que en ningún caso podrías reclamarla.
SUTIL
— La felicidad y la salud te sean proclives. ¿Casarme yo con una puta? ¡Antes yacer con una bruja!
CEÑUDO
Por estas honradas barbas.
SUTIL
— Jura por sus barbas. Despacha, y llama también al hermanito.
(Sale CARA.)
CEÑUDO
Tengo dúda, Sennores, que no me hágan alguna trayción.
SUTIL
¿Qué, impaciencia? Sí, presto sennor . Si gustáis, enthratha a la chambratha , meritorio Don ; donde, si place el Destino, encontraréis vuestra bathada , y seréis humedecido, sobado, fregado y masajeado; y cepillado y despellejado, querido Don , antes de marcharos. En verdad, mi taimado babuino, seréis aliñado, escabechado, encurtido y resecado. Pondré manos a la obra con el mayor fervor y, cuanto antes pueda, haré de la viuda una puta para vengarme del impetuoso Cara. La gracia está en conseguirlo pronto.

Escena cuarta

(Entran CARA, MOCHETE y DÓCIL DAMA.)
CARA
Venid, señora. Sabía yo que el Doctor no cedería hasta dar con el meollo de vuestra fortuna.
MOCHETE
¿Ser Condesa, me explicábais?
CARA
— Condesa Española, amigo.
D. DAMA
¿Por qué? ¿Es mejor quizá que ser una Condesa Inglesa?
CARA
¿Mejor? ¡Caramba, señora, me asombra que lo preguntéis!
MOCHETE
Capitán, tenéis que perdonarla. Es medio tonta.
CARA
Preguntadlo a cortesanos, a hombres de los tribunales, a un simple sombrerero: todos os contestarán que la jaca española es el mejor caballo. La reverencia española, la de más donaire. La barba española, la mejor cortada. La collarina española, la más elegante. La pavana española, la danza más garbosa. El que destilan españoles, para los guantes, el mejor perfume. Y en cuanto a la pica y el acero españoles, ya os lo explicará este pobre Capitán. Entra SUTIL. Aquí viene el Doctor.
SUTIL
— Honorable lady, (pues con honor he de trataros, habiendo descubierto, por vía de este horóscopo, que dentro de muy poco seréis partícipe de una fortuna respetable): ¿cómo reaccionarías si un...?
CARA
— Ya les he contado, maestro, a ella y a su recto y venerable hermano, que será Condesa. No perdamos tiempo. Condesa y Española.
SUTIL
Mi invalorable Capitán, compruebo que no sabéis guardar secretos. Bien, ya que os lo ha dicho, perdonadlo, señora, que por mi parte yo lo haré.
MOCHETE
— También ella, señor. Dejadlo por mi cuenta.
SUTIL
— Pues bien. Nada resta sino que su amor concuerde con su buena suerte.
D. DAMA
Os confieso que jamás me rendiré a un español.
SUTIL
— ¿No?
D. DAMA
Nunca, desde el ochenta y ocho,122 he podido soportarlos. Y en verdad que aquello fue tres años antes de mi nacimiento.
SUTIL
Vamos, debéis amarlo o ser una desdichada: medid los riesgos.
CARA
— Por esta noble presa, persuadidla; de lo contrario, de aquí a un año venderá fresones por la calle.
SUTIL
No, sábalos y caballas, que es peor.
CARA
— ¿De veras, señor?
MOCHETE
Por Dios, o lo amas o te muelo a patadas.
D. DAMA
— Oh, haré lo que decidas, hermano.
MOCHETE
— Será mejor, si no quieres que esta mano te aporree.
CARA
— Buen señor, no seáis tan fiero.
SUTIL
— No, mi fervoroso niño: ella se someterá. ¡Ah, cuando empiece a saborear el placer de ser Condesa! De ser mimada...
CARA
¡Y besada, y estrujada!
SUTIL
— Sí, detrás de los tapices.
CARA
¡Para luego hundirse en el boato!
SUTIL
— ¡Y conocer la dignidad!
CARA
¡Ver cómo los idólatras de gabinete más se descubren ante ella que a la hora de rezar!
SUTIL
— ¡Ser atendida de rodillas!
CARA
— Y tener pajes, ayudantes, lacayos, carruajes...
SUTIL
— Seis yeguas...
CARA
— ¡No, ocho!
SUTIL
Para pasear por Londres, en busca de la Lonja,123 Bethlem,124 las casas chinas...
CARA
— Sí, y tener a los transeúntes embobados, admirando su tocado, y el collar de milord, color caca de oca.
MOCHETE
¡Soberbio! Juro por mi mano, que si te niegas ya no eres mi hermana.
D. DAMA
— No me negaré, hermano.
(Entra CEÑUDO.)
CEÑUDO
¿Qué es esto, Sennores, que non se venga? ¡esta tardanza me mata!
CARA
— ¡Es el Conde! El Doctor, por obra de su arte, supo que se presentaría.
SUTIL
¡En gallanta Madama, Don! ¡Gallantissima!
CEÑUDO
Por todos los dioses, la más acabada hermosura que he visto en mi vída.
CARA
¿No es galante el idioma que habla?
MOCHETE
¡Un idioma admirable! ¿No es francés?
CARA
Español, señor.
MOCHETE
— Parece francés de leguleyo; que, según dicen, es el lenguaje más cortés.
CARA
— Escuchad.
CEÑUDO
El Sol ha perdido su lumbre, con el resplandor que tráe esta dama. ¡Valga me dios!
CARA
Admira a vuestra hermana.
MOCHETE
— ¿No debería ella inclinarse?
SUTIL
¡Dios mío! ¡Tiene que acercársele, muchacho, y besarlo! Es costumbre en España que las mujeres comiencen el cortejo.126
CARA
— Lo que os dice es cierto, señor. Su saber no tiene límites.
CEÑUDO
— ¿Por que no se acúde?
MOCHETE
Parece que le habla a ella.
CARA
— Así es, señor.
CEÑUDO
Por el amor de dios, ¿que es esto, que se tárda?
MOCHETE
¿Lo véis? ¡No le entiende! Gansa. Necia.
D. DAMA
¿Qué dices, hermano?
MOCHETE
— Que eres una mula, hermana. Ve a besarlo, como te ha dicho el hombre sabio, si no quieres que te clave una aguja en el culo.
CARA
— Oh, no, señor.
CEÑUDO
Sennora mia, mi persona muy indigna esta a llegar á tánta Hermosura.
(Se besan.)
CARA
¿No la maneja con nobleza?
MOCHETE
— ¡Y tanta!
CARA
Pues ahora la manejará mejor.
MOCHETE
— ¿Os parece?
CEÑUDO
Sennora, si sera servida, entremos.
(Salen CEÑUDO y DÓCIL DAMA.)
MOCHETE
¿Adónde se la lleva?
CARA
— Al jardín, señor. No os inquietéis. Yo voy a servir de intérprete.
SUTIL
(a CARA) Avísale a Dol. Sale CARA. —Ven, fiero hijo mío, disponte a seguir con nuestra lección de espada.
MOCHETE
— De acuerdo. Amo con todo el corazón a un mancebo español.
SUTIL
Lo sé, muchacho; y por ello serás hermano de un gran Conde.
MOCHETE
— Desde el comienzo supe que esta unión se haría para mayor gloria de la casa Mochete.
SUTIL
Quiera Dios que tu hermana se nos muestre dócil.
MOCHETE
— Bueno, justamente así se llama. Era el apellido de su esposo.
SUTIL
— ¿Cómo?
MOCHETE
Es la viuda Dócil. ¿No lo sabíais?
SUTIL
— A fe que no, si bien su horóscopo me lo había sugerido. Vamos, practiquemos.
MOCHETE
— Sí, Doctor, ¿pero pensáis que alguna vez llegaré a batirme bien?
SUTIL
— Te lo aseguro.
(Salen.)

Escena quinta

(Entran DOL, presa de la locuacidad, y MAMMON.)
DOL
Pues luego de la muerte de ALEJANDRO...
MAMMON
— Señora...
DOL
ANTÍGONO y PERDICCAS perecieron; los dos sobrevivientes , SELEUCO y PTOLOMEO...127
MAMMON
Madame...
DOL
— Se convirtieron en patas de la cuadrúpeda Bestia.128 Este fue Gog-norte y Egipto-sur; la cual más tarde fue llamada Gog Pata de Hierro y Sur Pata de Hierro...
MAMMON
— Señora...
DOL
Y luego Gog y Egipto, ambos con cuernos. Luego Egipto y Gog con pies de arcilla.
MAMMON
— Dulce dueña.
DOL
Y por fin polvo fue Gog, polvo fue Egipto, y cayeron en el último eslabón de la cadena cuarta. Y son éstos astros de la historia en quien nadie repara...
MAMMON
¿Qué he de hacer?
DOL
— Pues, como dice aquél, de no acudir a los rabinos, o a los paganos griegos...
MAMMON
Querida señora.
DOL
— ...para que vengan desde Salem y Atenas a instruir al pueblo de la gran Bretaña...
(Entra CARA con traje de alquimista.)
CARA
— ¿Qué sucede?
DOL
...en la lengua de Heber y la de Javano... 129
MAMMON
— Oh, le ha dado un ataque.
DOL
— ...no sabremos nada.
CARA
— Pestes, señor, estamos perdidos.
DOL
— Sería menester, pues, un lingüista docto para discernir la comunión antaño conocida entre consonantes y vocales.
CARA
— ¡Se enterará mi amo!
DOL
Ciencia ésta que Pitágoras estimaba altísima:
MAMMON
Señora dulce y honorable.
DOL
— Condensar todas las voces y sonidos en unos cuantos signos.
CARA
Ahora, perded toda esperanza de gozarla.
(Hablan al mismo tiempo.)
DOL
Y así, por obra del Talmud y del griego profano podremos erigir la torre que será casa de los Helenos130 contra el ismaelita, rey de Togarma,131 y su soldadesca sufurosa, resoplante y fiera; y las fuerzas del rey Abadón132 y la bestia de Cittim,133 a quien el rabí David Kimchi,134 Onkelos135 y Aben-Ezra136 identifican con el poder de Roma.
CARA
¿Cómo habéis logrado que se pusiera así?
MAMMON
Ay, mencioné cierta quinta monarquía137 que me propongo fundar con la Piedra Filosofal, y, sin darme un respiro, comenzó a hablar de las demás.
CARA
¡Los libros de Broughton! Os lo advertí. Le taparemos la boca.
MAMMON
¿Es lo mejor?
CARA
De otro modo no se callaría. Si el viejo la descubre, cenizas somos.
SUTIL
(dentro) ¿Qué se cuece allí?
CARA
Estamos perdidos. Pero ahora que lo oye, se ha callado.
(Entra SUTIL. Los otros se dispersan.)
MAMMON
¿Dónde me esconderé?
SUTIL
— ¡Cómo! ¿Qué es lo que veo? ¡Que se disuelvan las tinieblas y brille la luz! Traedlo a mi presencia. ¿Quién es él? ¡Tú, hijo mío! Oh, he vivido demasiado.
MAMMON
— No, querido padre. No abrigaba propósitos malignos.
SUTIL
— ¿No? ¿Y por qué huías al saberme aquí?
MAMMON
— Ha sido un error.
SUTIL
— ¿Error? Culpa, hijo mío, culpa. Dale el nombre que merece. No me asombraría hallar obstáculos ahí dentro, en la gran obra, cuando aquí suceden cosas semejantes.
MAMMON
¿Habéis tenido obstáculos?
SUTIL
— De[s]de hace media hora está parada. Y todas las obras menores han retrocedido. ¿Dónde está ese instrumento de perfidia, mi liviano y desleal criado?
MAMMON
— No le echéis la culpa a él, señor. Creedme, todo sucedió contra su conocimiento y voluntad. Vi por azar a esa mujer.
SUTIL
¿Querréis agrandar vuestro pecado excusando a un lacayo?
MAMMON
— Juro por mi fe que es cierto.
SUTIL
No menos me maravilla que un individuo como tú, elegido para la bendición, haya tentado al cielo, temerario, poniendo en peligro tu fortuna.
MAMMON
— ¿Por qué, señor?
SUTIL
— Porque la obra se retrasará, lo menos, un mes.
MAMMON
— Bueno, ¿qué remedio si es así? Mas nunca, padre, lo dudéis: nos movían impulsos sinceros.
SUTIL
— La recompensa se encargará de demostrarlo. Se oye dentro una explosión y fuerte ruido. — ¿Qué sucede? ¡Ay de mí! Dios y todos los Santos nos protejan. ¿Qué ha sido eso?
(Entra CARA.)
CARA
¡Oh, señor, estamos derrotados! Todos los trabajos se han resuelto en humo. Ha estallado hasta el último cristal. El horno y las probetas destrozados, como si la casa hubiese sido atravesada por un rayo. Retortas, pelícanos, destiladores, aludeles, ¡todo hecho añicos! SUTIL se desploma, como desvanecido. — ¡Ayudadme, buen señor! Ay, lo invaden el frío y la muerte. Vamos, sir Mammon, cumplid vuestra obligación de hombre. Parecéis más pronto que él a abandonarnos. Alguien golpea. ¿Quién llama? Es milord, el hermano de ella.
MAMMON
— ¿Qué, Pulmón?
CARA
Su coche está a la puerta. Evitad su presencia, pues es tan iracundo como loca es su hermana.
MAMMON
¡Ay!
CARA
— El humo entorpece mi cerebro, amigo; ya nunca volveré a ser el que solía.
MAMMON
Pulmón, ¿está todo perdido? ¿Nada quedará de nuestros desvelos?
CARA
— A decir vedad, señor, muy poco. Un manojo de carbones, que es magro consuelo.
MAMMON
¡Oh, fantasías voluptuosas! He sido justamente castigado.
CARA
Y yo también, señor.
MAMMON
— Despojado de mis esperanzas...
CARA
No señor; certezas.
MAMMON
— ...por la bajeza de mi instinto.
(SUTIL parece volver en sí.)
SUTIL
¡Oh, condenados frutos del vicio y la lujuria!
MAMMON
— El pecado ha sido mío, padre. Perdonadme.
SUTIL
— ¿Se sostiene aún el techo sobre nuestras cabezas, en lugar de aplastarnos para ajusticiar a este villano?
CARA
— Considerad, señor, que ahora le hace ofensa el veros. Por otra parte está al llegar el noble, y si os encuentra puede desencadenarse una tragedia.
MAMMON
— Me marcharé.
CARA
Sí. Y, en soledad, arrepentíos. Es posible aún que os queden, si queréis cumplir buena penitencia, cien libras para repartir entre los locos.
MAMMON
— Sí.
CARA
Ayudaréis así a componerles el entendimiento.
MAMMON
— Lo haré.
CARA
Enviaré un mensajero a recibirlas.
MAMMON
— Cuando gustéis. ¿No queda ni un poco de tintura?
CARA
Se ha derramado todo, y lo que resta, hiede.
MAMMON
¿No creéis que pueda salvarse algo, para medicina?
CARA
No puedo decirlo. Tal vez se haya quedado algo entre las astillas de los aparatos, apto para curar la comezón. (Aparte.) Aunque no la tienes en la mollera. Lo haré envasar y os lo enviaré. Por aquí, amigo. No quisiera que os toparáis con milord.
(Sale MAMMON.)
SUTIL
— Cara.
CARA
Sí.
SUTIL
— ¿Se ha ido?
CARA
— Sí, y con tanto pesar como si llevara en la sangre el oro que deseaba. Pero nosotros, aligerémonos.
SUTIL
Y como pelotas botemos de alegría hasta dar con la cabeza contra el techo. Menuda preocupación nos hemos quitado de los hombros.
CARA
Ahora, a nuestro Don.
SUTIL
— Sí. A estas alturas tu viudita ya será Condesa, Cara. Ha estado fabricando un joven heredero para ti.
CARA
— Ya lo sé.
SUTIL
— Quítate esa ropa y recíbela con alborozo, como se tercia con las novias luego de estos trámites corrientes.
CARA
— Muy bien, señor. ¿Irás tú a buscar a Diego mientras tanto?
SUTIL
Y si te viene en gana, también lo traeré. Es una pena que Dol no esté con él, para hurgarle los bolsillos.
CARA
Bien, con sólo proponértelo, lo puedes hacer tú. Te intimo a probar tu habilidad.
SUTIL
— Sólo por halagarte.
(Salen.)

Escena sexta

(Entran CEÑUDO y DÓCIL DAMA.)
CEÑUDO
Señora, ya veis en qué manos os han puesto. ¡En qué nido de villanos! Y cuán cerca vuestro honor ha estado de recibir un golpe irreparable (debido a vuestra ingenuidad), de haber sido yo tan minuciosamente audaz como el momento, el lugar y otras circunstancias lo habrían propiciado. Pues sois mujer hermosa. Ojalá fuérais también prudente. Soy un caballero que se presenta disfrazado sólo por desenmascarar las truhanerías de esta ciudadela; y por no haber empañado vuestro honor, pudiendo hacerlo, reclamo cierto derecho a vuestro amor. Dicen que sois una viuda adinerada. Yo soy soltero y nada poseo. Si vuestro bagaje puede hacerme hombre, el mío ha de preservaros como dama. Pensad en ello, y en si os merezco o no.
D. DAMA
— Lo pensaré, señor.
CEÑUDO
Y en cuanto a estos bribones, dejadlos de mi cuenta.
(Entra SUTIL.)
SUTIL
— ¿Cómo se encuentra el noble Diego? ¿Y mi querida señora, la Condesa? ¿Se ha mostrado el Conde cortés con vos, milady? ¿Generoso? ¿Abierto? Donzel , se me ocurre que os véis un tanto melancólico y remiso tras el coitum . De veras, no me gusta vuestra mirada turbia: rezuma pesadez, como la de un holandés borracho, y dice que sois un torpe putañero. Aligerad el humor, que yo aligeraré vuestros bolsillos.
(Se lanza a revisarle los bolsillos.)
CEÑUDO
¿Lo harás, ratero cortabolsas? ¿Y ahora? ¿Retrocedes? Enderézate, pues ya que me encuentras tan pesado, te haré sentir mi carga.
SUTIL
— ¡Socorro! ¡Me asesina!
CEÑUDO
— No, señor. Nada de eso se pretende. Un buen carro y un látigo flexible te quitarán ese temor. Yo soy el Don de España que debías estafar. ¿Tengo gesto de estafado? ¿Dónde se ha metido Cara, El Capitán, ese correveidile alcahuete y fullero?
(Entra CARA vestido de capitán.)
CARA
¡Cómo, Ceñudo!
CEÑUDO
— Oh, Capitán, venid más cerca. Me he enterado de dónde provienen los anillos y cucharas con los cuales vas trampeando en las tabernas. ¡Era aquí donde aprendías a untarte las botas con azufre para frotar en ellas el oro de la gente, y mancharlo, y darlo por falso, cuando en realidad le cambiabas el color, para comprarlo por unas monedas! ¿Y tu compadre es ese Doctor sucio de hollín y con la barba ahumada, que abarrota de oro la redoma y, en un descuido, la cambia por otra llena de mercurio sublimado que, bien calentada, estallará, para que todo se transforme en humo? Entonces Mammon se echa a llorar. Entonces su señoría se desmaya. Sale CARA. — ¿Oh, es éste el Fausto que obra conjuros y horóscopos, cura la peste, la viruela y las almorranas por medio de efemérides y se entiende con todos los rufianes y las comadronas de tres condados? Mientras tú, Capitán (¿dónde se ha metido?) le envías damiselas bien preñadas, matronas estériles o doncellas enfermas de amenorrea. No, bribón, tú te quedas aquí aunque él haya escapado. Y responderás por las orejas.

Escena séptima

(Entran CARA y MOCHETE.)
CARA
Bien, si alguna vez hubo ocasión para luchar y demostrar la casta (como dicen), es ésta en que tu hermana y el Doctor son víctimas de un cruel abuso.
MOCHETE
¿Dónde está? ¿Cuál es? Un esclavo, eso es lo que es, y un hijo de puta. Me gustaría saber, señor, si vos sois el de marras.
CEÑUDO
— Me apenaría, señor avenirme a confesarlo.
MOCHETE
— Entonces mentís por la gola.
CEÑUDO
¿Cómo?
CARA
— Es un caso sin rumbo, señor, un buscavidas empleado por otro hechicero enemigo del Doctor, que querría eliminarlo mas no sabe cómo...
CEÑUDO
— Señor, os engañan.
MOCHETE
— Mentís: y lo demás no importa.
CARA
— Bien dicho. Él es el mangante más impúdico...
CEÑUDO
— Ese eres tú. (A MOCHETE) ¿Me escucharéis?
CARA
De ningún modo. Despedidlo.
MOCHETE
— Largo de aquí, señor. En seguida.
CEÑUDO
¡Extraña situación! (A DÓCIL) Señora, informad a vuestro hermano.
CARA
No hay tramposo mayor en toda la ciudad; el Doctor lo ha desenmascarado, y dice que, con todo, aún ha de venir el español. Valor, Sutil.
SUTIL
Sí, señor. De un momento a otro se presentará.
CARA
Y este desfachatado, inducido por algún espíritu, pretendió usurpar su puesto para perturbar nuestro arte, aunque no pudo mancillarlo.
MOCHETE
Sí, lo sé. (A DÓCIL) Fuera: hablas como una niña imbécil.
(Sale DÓCIL DAMA.)
CEÑUDO
Señor, cuanto ella dice es verdad.
CARA
— No le creáis. ¡Miente como un bellaco! Seguid adelante, señor mío.
CEÑUDO
Valiente eres, ahora que tienes compañía.
MOCHETE
— ¿Y qué, señor?
(Entra DROGUIS con un corte de damasco.)
CARA
Aquí viene un individuo honrado que bien lo conoce, a él y a sus trucos. (Confirma lo que digo, Abel; este bribón ha estado a punto de dejarte sin la viuda). Al honrado Droguis le debe siete libras que le ha ido sacando en manojillos de tabaco.
DROGUIS
Sí, señor, y juró pagármelos en cuatro plazos.
CARA
¿Y cuánto te debe por aguas aromáticas?
DROGUIS
— Treinta chelines. Más lo de seis jeringas.
CEÑUDO
— ¡Hidra de villanía!
CARA
Bien, señor, os batiréis con él fuera de la casa.
MOCHETE
— Lo haré. Señor, si no salís por esa puerta, es que estáis mintiendo. Y sóis un rapabolsas.
CEÑUDO
— Ah, esto no es coraje sino locura; y no puedo por menos de reírme.
MOCHETE
Es temperamento. Sóis un rapabolsas, un mangante, un Amadis de Gaula y un Quijote.
DROGUIS
O el Caballero de la Cabeza Chata. ¿No lo véis?
(Entra ANANÍAS.)
ANANÍAS
Paz a los que habitan esta casa.
MOCHETE
— Yo no firmaré la paz con nadie.
ANANÍAS
El fundido de dólares se ha declarado acto legal.
MOCHETE
(a CARA) ¿Es el alguacil?
SUTIL
— Calla, Ananías.
CARA
— No, señor.
MOCHETE
Entonces sóis un gusano, un bicho, una partícula, un verdadero enano.
CEÑUDO
— ¿Queréis oírme?
MOCHETE
— No.
ANANÍAS
¿Por qué pelean?
CARA
— Este joven caballero siente cierto odio por las calzas españolas.
ANANÍAS
— Son calzas profanas, licenciosas, idólatras y supersticiosas.
CEÑUDO
¡Otro canalla!
MOCHETE
— ¿Queréis salir, señor?
ANANÍAS
— Aparta, Satanás, tú no eres hijo de la luz. Esa gorguera de soberbia que rodea tu cuello te traiciona; es la misma que, en el setenta y siete,138 llevaban sucios pajarracos que vimos pavonearse en diferentes costas. Con ese sombrero licencioso paredes el Anticristo.
CEÑUDO
He de ceder.
MOCHETE
— Largo de aquí, señor.
CEÑUDO
— Pero volveremos a encontrarnos...
ANANÍAS
— (Partid, orgulloso demonio español.)
CEÑUDO
Doctor, Capitán...
ANANÍAS
— Hijo de la perdición.
MOCHETE
— Fuera. Sale CEÑUDO. ¿No he peleado bravamente?
CARA
— Por cierto, señor.
MOCHETE
Sí, y me empeñaré en escarmentarlo.
CARA
Oh, señor, debéis domarlo a fuerza de amenazas. De lo contrario, volverá.
MOCHETE
— Entonces lo expulsaré otra vez.
(Sale MOCHETE.)
CARA
Droguis, este granuja te tomó la delantera: habíamos decidido que te presentaras vestido de español y te llevaras a la dama; pero ese esclavo maldito va y lo hace antes que tú. ¿Has traído el damasco?
DROGUIS
— Sí, señor.
CARA
— Debes conseguir prestado un traje español. ¿No tienes crédito entre los jugadores?
DROGUIS
Sí, señor. ¿Nunca me habéis visto hacer el bobo?
CARA
No lo sé, Abel. (Aparte.) Pero lo harás, si de mí depende. La vieja capa, la golilla y el sombrero de Jerónimo139 nos servirán. El resto te lo diré cuando regreses.
(Sale DROGUIS. Entretanto, SUTIL se ha llevado a ANANÍAS a un rincón.)
ANANÍAS
Sé, señor, que el español odia a los Hermanos y espía sus acciones; y no me cabe duda de que éste es uno de esos mercenarios. Mas el Santo Sínodo ha estado meditando en reclusión. Y tanto a los Hermanos como a mí, nos ha sido revelado que fundir moneda es acto legal de pleno.
SUTIL
— Es verdad. Pero yo no puedo hacerlo aquí; si por azar se sospechara de la casa, nos descubrirían y seríamos confinados en la Torre para siempre; encerrados, nos harían fabricar moneda para el estado. Y para vosotros sería una derrota.
ANANÍAS
— Lo comunicaré a los Ancianos y los Hermanos desvalidos, para que las fuerzas todas de la Separación vuelvan a reunirse en plegaria humilde.
SUTIL
(Y en ayuno.)
ANANÍAS
Buscaremos lugar más adecuado. La paz del espíritu sea con estos muros.
SUTIL
— Gracias, bondadoso Ananías.
(Sale ANANÍAS.)
CARA
¿A qué venía?
SUTIL
— A fundir los dólares que al presente ya no están a mano. Por lo cual le he dicho que un cura español había venido a espiar a sus hermanos...
CARA
— Ya comprendo. ¡Apa, Sutil! ¡El último desastre te ha dejado por el suelo! ¿Qué habrías hecho sin mi ayuda?
SUTIL
Cara, te agradezco que trajeras al chico rabioso.
CARA
¿Quién se iba a figurar que era el fresco de Ceñudo? Se había teñido la barba y todo. Bien, señor, aquí tenemos el damasco para hacerte un traje.
SUTIL
— ¿Y Droguis? Ha ido a conseguirme ropas de español. Ahora yo seré el Conde.
CARA
— ¿Pero dónde está la viuda? Dentro, con la hermana de milord. Madame Dol se entrega a divertirla.
SUTIL
— Con tu venia, Cara. Ya que sigue siendo honesta, pujaré por ella.
CARA
No serás tan descarado...
SUTIL
— ¿Por qué no?
CARA
— Guarda tu palabra o... Aquí está Dol, y se enterará de todo...
SUTIL
— ¡Tirano!
CARA
Sólo en salvaguarda propia.
(Entra DOL.)
CARA
— ¿Qué hay, Dol? ¿Ya le has dicho que vendrá el Conde Español?
DOL
— Sí, ¡pero entretanto ha llegado otro que poco esperábais!
CARA
— ¿Quién?
DOL
— Tu amo: el dueño de la casa.
SUTIL
— ¡No lo creo!
CARA
— Miente. Es una treta. Vamos, Dorotea, basta de artimañas.
DOL
Salid vosotros a mirar.
SUTIL
— ¿Lo dices en serio?
DOL
— Rayos, lo rodean cuarenta vecinos, parloteando.
CARA
(en la ventana) Es él, por la luz del día.
DOL
— Pues bien oscuro está para alguno de nosotros.
CARA
— Estamos perdidos y atrapados.
DOL
Tengo miedo.
SUTIL
— Dijiste que no regresaría mientras en el distrito muriese uno por semana.
CARA
En la ciudad, quise decir.
SUTIL
— ¿De veras? Pues perdona: hablaste del distrito. ¿Y ahora qué haremos, Cara?
CARA
Callar. Ni una palabra si llama o golpea. Yo saldré a recibirlo en mi vieja forma de Jeremías, mayordomo. Entretanto, meted en los dos cofres todas las mercancías y cosas que podáis. Lo mantendré alejado por el día de hoy, si más no puedo. Y luego, por la noche, os embarcaré a los dos rumbo a Ratcliff,140 donde mañana haremos el reparto. Dejad el cobre y el estaño de Mammon en la bodega: ya tendremos tiempo para eso. Pero Dol, hazme el favor: ve a calentar un poco de agua, que Sutil debe afeitarme. La barba militar ha de esfumarse, para dar paso al pulcro Jeremías. ¿Lo harás?
SUTIL
— Sí, te afeitaré todo lo bien que pueda.
CARA
¿Sin rebanarme la garganta?
SUTIL
— Ya veremos.
(Salen.)

QUINTO ACTO

Escena primera

(Entran DON AGUDO y VECINOS.)
DON AGUDO
¿Decís que ha habido mucha concurrencia?
PRIMER VECINO
— Cada día, señor.
SEGUNDO VECINO
Y también cada noche.
TERCER VECINO
— Sí, y algunos de alta alcurnia.
CUARTO VECINO
Señoras y gentildamas.
QUINTO VECINO
— Esposas de ciudadanos.
PRIMER VECINO
Y caballeros.
SEXTO VECINO
— En carruajes.
SEGUNDO VECINO
— Y pescaderas.
PRIMER VECINO
Además de otros hidalgos.
TERCER VECINO
— Mujeres de marineros.
CUARTO VECINO
Vendedores de tabaco.
QUINTO VECINO
— ¡Un segundo Pimlico!
DON AGUDO
¿Qué habrá ofrecido mi criado, para atraer a tanta gente? ¿No colgó un estandarte con la imagen de un extraño becerro de cinco patas? ¿O de una gran langosta con seis pinzas?
SEXTO VECINO
— No, señor.
TERCER VECINO
En ese caso, habríamos entrado.
DON AGUDO
— Que yo sepa, no tiene la verba inflamada de los puritanos. ¿No vísteis letreros que prometieran curas para las fiebres o el dolor de muelas?
SEGUNDO VECINO
— No, señor.
DON AGUDO
¿Ni oísteis tambores que anunciaran monos y títeres?
SEGUNDO VECINO
Tampoco, señor.
DON AGUDO
—¿Qué invención habrá fraguado? Amo tanto la agudeza como el alimento. Quiera Dios que el negocio no haya sido de tal clase que lo haya llevado a vender sábanas y cortinajes: ninguna otra cosa le dejé. Si se las ha comido, las polillas se lo lleven. Seguramente ha conseguido pinturas licenciosas para atraer a esa reata; el Fraile y la Monja, o los nuevos tapices del corcel del Caballero cubriendo a la yegua del Obispo. El Niño de seis años con la tremenda verga. ¿O tal vez tiene las Pulgas que corren a los saltos o el simpático perro bailarín? ¿Cuándo lo habéis visto?
PRIMER VECINO
— ¿A Jeremías?
SEGUNDO VECINO
— ¿Vuestro mayordomo? Ni una vez en todo el mes.
DON AGUDO
— ¡Cómo!
CUARTO VECINO
— Más una semana.
SEXTO VECINO
Seis semanas, por lo menos.
DON AGUDO
— ¡Me asombráis, vecinos!
QUINTO VECINO
A fe que si vos no conocéis su paradero, ha huido.
SEXTO VECINO
¡Quiera Dios que no lo hayan secuestrado!
DON AGUDO
No es hora de andar con titubeos.
(Golpea.)
SEXTO VECINO
Hace unas tres semanas, mientras estaba yo zurciendo las medias de mi mujer, oí un grito de dolor.
DON AGUDO
¡Qué extraño! ¡No contesta nadie! ¿Un grito, habéis dicho?
SEXTO VECINO
— Sí, señor, como de hombre estrangulado que no puede hablar.
SEGUNDO VECINO
Yo también lo oí, hace tres semanas, a eso de las dos de la madrugada.
DON AGUDO
— ¡O son milagros, o inventos vuestros! Un hombre estrangulado, que no puede hablar, y sin embargo grita...
TERCER VECINO
— Sí, señor: venía de arriba.
DON AGUDO
Eres un sabio. Dame la mano, te lo ruego. ¿Qué oficio tienes?
TERCER VECINO
— Herrero, señor, para serviros.
DON AGUDO
¿Herrero? Entonces ayúdame a abrir la puerta.
TERCER VECINO
En seguida, señor. Iré a buscar las herramientas.
(Sale el TERCER VECINO.)
PRIMER VECINO
Antes de echarla abajo, señor, sería mejor llamar de nuevo.

Escena segunda

(Entra CARA en traje de mayordomo.)
DON AGUDO
Lo haré.
CARA
— ¿Qué íbais a hacer, señor?
VARIOS VECINOS
— ¡Jeremías!
CARA
Buen señor, apartaos de la puerta.
DON AGUDO
— ¿Qué sucede?
CARA
Estáis aún demasiado cerca de ella.
DON AGUDO
— ¡Por lo más sagrado! ¿Y a éste que le pasa?
CARA
— Señor, la casa ha sido visitada.
DON AGUDO
¿Por la peste? Entonces mantente alejado.
CARA
— No, señor. Yo no la he tenido.
DON AGUDO
— ¿Y quién la tuvo, pues? En la casa no quedaba nadie más.
CARA
— Sí, señor. Mi amigo, el gato que cuidaba la despensa, la tuvo una semana antes de que yo me percatara. Pero esa misma noche hice que se lo llevaran. Y luego decidí cerrar la casa por un mes.
DON AGUDO
— ¡Cómo!
CARA
— Con el propósito, señor, de quemar vinagre, teriaca y alquitrán para purificarla y que no advirtiérais nada. Pues sabía que la noticia iba a afligiros.
DON AGUDO
Aléjate y no me eches el aliento. ¡Esto es más extraño aún! Todos estos vecinos me han dicho que las puertas han permanecido abiertas.
CARA
— ¡No es posible!
DON AGUDO
— En estas diez semanas se ha visto entrar aquí a hombres, mujeres e individuos de todas las especies, en manada, como a un segundo Hoxton142 en los días de feria.
CARA
— ¡Señor, no pueden decirlo si están en sus cabales.
DON AGUDO
— Hablan de carruajes y de nobles; hoy mismo han visto entrar a una con capucha a la moda francesa; y, asomada a la ventana, vieron a otra con traje de terciopelo. ¡Y muchos más iban y venían.
CARA
— Pues habrán atravesado las ventanas o las puertas, lo juro ante sus ojos y sus lentes. Porque aquí, señor, tenéis las llaves: ¡que en estos veinte días no han dejado de estar en mi bolsillo! Antes, defendí la fortaleza sin ayuda. Mas, aunque todavía no haya oscurecido, me inclinaría a creer que de tanto empinar el codo mis vecinos ven doble y descubren apariciones. Pues a fe, señor, que desde hace tres semanas no se abrió la puerta ni una vez.
DON AGUDO
— ¡Extraño!
PRIMER VECINO
¡A fe mía que creí haber visto un coche!
SEGUNDO VECINO
— Y yo también. ¡Lo habría jurado!
DON AGUDO
— ¿Y ahora sólo lo creéis? ¿Y uno solo?
CUARTO VECINO
— No podría asegurarlo. Jeremías es persona muy honrada.
CARA
— ¿Acaso me habéis visto a mí?
PRIMER VECINO
No. De eso estoy seguro.
SEGUNDO VECINO
— Y yo lo juraría.
DON AGUDO
¡Menudos mentecatos, para ser testigos!
(Entra el TERCER VECINO.)
TERCER VECINO
¿Ha llegado Jeremías?
PRIMER VECINO
— Oh, sí. Puedes dejar tus herramientas. Dice que todo ha sido una ilusión.
SEGUNDO VECINO
— Tiene las llaves. Y la puerta ha estado cerrada durante tres semanas.
TERCER VECINO
— Es posible.
DON AGUDO
Silencio. Y largaos, inconstantes.
CARA
(mirando a las bambalinas) — ¡Viene Ceñudo! ¿Y acompañado de Mammon? Lo dirán todo. (¿Cómo me adelantaré a ellos? ¿Qué debo hacer?) ¡Nada más penoso que una conciencia culpable!

Escena tercera

(Entran CEÑUDO y MAMMON.)
CEÑUDO
No, señor, ese hombre era un gran médico. Y esta casa, no un burdel, sino la réplica de un claustro. Conocíais al lord y a su hermana.
MAMMON
— Por favor, Ceñudo...
CEÑUDO
La frase mágica: Sé rico...
MAMMON
— No juguéis al tirano...
CEÑUDO
...debería pronunciarse hoy para todos tus amigos. ¿Y dónde están ahora tus morillos? ¿Y las ollas de bronce? ¿No habían de trocarse en piezas de oro?
MAMMON
Dejadme al menos respirar. ¡Oh, me parece que han cerrado las puertas!
CEÑUDO
— Sí, ahora se han tomado vacaciones.
(Golpean.)
MAMMON
Tramposos, rufianes, impostores.
CARA
— ¿Qué deseáis, señor?
MAMMON
De ser posible, entrar.
CARA
— ¿A una casa ajena? Aquí está el propietario. Dirigíos a él y exponed vuestros asuntos.
MAMMON
— ¿Sóis el amo de esta casa?
DON AGUDO
Sí, señor.
MAMMON
— ¿Y los ladrones que están dentro, vuestros amanuenses?
DON AGUDO
¿Qué ladrones? ¿Qué amanuenses?
MAMMON
— Sutil, y su Pulmón.
CARA
¡El caballero está un poco trastornado! Durante tres semanas no se han visto, señor, pulmones ni pabilos detrás de estas ventanas, doy mi palabra.
CEÑUDO
— ¿Tu palabra, miserable fanfarrón?
CARA
— Sí, señor. Soy el mayordomo y sé que las llaves no han salido de mi mano.
CEÑUDO
Este es otro Cara.
CARA
Os confundís de casa. ¿Qué cartel tenía?
CEÑUDO
— ¡Perdulario! Este es uno más de la pandilla. Vamos, traigamos policías para forzar la puerta.
DON AGUDO
—Caballeros, os ruego que esperéis.
CEÑUDO
Nada. Volveremos con la autoridad.
MAMMON
— Sí, y luego echaremos esa puerta abajo.
(Salen MAMMON y CEÑUDO.)
DON AGUDO
— ¿Qué significa esto?
CARA
¡No lo sé, señor!
PRIMER VECINO
— Esos eran dos de los notables que creímos ver.
CARA
(Caray, ¿también el jovencito pendenciero? Armará un escándalo y no se largará hasta habernos delatado.)
(MOCHETE golpea.)
MOCHETE
Rateros, esclavos, alcahuetes. Abrid la puerta ahora mismo. Y tú, hermana, víbora, ramera. Por esta luz, iré a buscar al alguacil. Si no sales, es que eres una puta...
CARA
— ¿Con quién deseáis hablar, señor?
MOCHETE
Con el rufián del Doctor, el fullero del Capitán y la zorra de mi hermana.
DON AGUDO
— ¡No es moco de pavo!
CARA
Os aseguro, señor, que estas puertas no se han abierto nunca.
MOCHETE
Ya me sé todos estos trucos. Dos veces me los han contado el caballero gordo y el señor más flaco.
(Entran ANANÍAS y TRIBULACIÓN.)
DON AGUDO
Aquí viene otro.
CARA
— ¿Ananías, para colmo? ¡Y su pastor!
TRIBULACIÓN
Nos han cerrado la puerta en las narices.
(Golpean.)
ANANÍAS
Salid, simientes del azufre, vástagos del fuego. Vuestra hediondez ha roto el velo: la abominación cae sobre la casa.
MOCHETE
—Y mi hermana dentro.
ANANÍAS
— El sitio todo se ha tornado una jaula de sucios pajarracos.
MOCHETE
Sí, traeré al basurero y a la policía.
TRIBULACIÓN
Y haréis bien.
ANANÍAS
— Les ayudaremos a barrer.
MOCHETE
¿Sales o no sales? Zorra, infame hermana.
ANANÍAS
No la llaméis hermana. Es una verdadera prostituta.
MOCHETE
Alborotaré la calle.
DON AGUDO
— Una palabra, gentiles caballeros.
ANANÍAS
Aparta, Satanás, no entorpezcas nuestro ardor.
(Salen MOCHETE, ANANÍAS y TRIBULACIÓN.)
DON AGUDO
El mundo ha perdido la cabeza.
CARA
— Estos han escapado de Santa Catalina, donde solían encerrar a los locos de remate.
PRIMER VECINO
— Vimos entrar y salir a todas estas personas.
SEGUNDO VECINO
— De veras, señor.
TERCER VECINO
Estos eran los invitados.
CARA
— A callar, borrachos. Señor, estoy estupefacto. Dadme la venia para tocar la puerta. Tal vez la cerradura esté cambiada.
(CARA se acerca a la puerta.)
DON AGUDO
¡Me asombras!
CARA
— Por mi fe, señor, creo que no hay tal cosa. Se trata de deceptio visus .143 (Ojalá pudiera alejarlo de aquí.)
(Dentro se oye gritar a GALLARDO.)
GALLARDO
— ¡Capitán! ¡Doctor!
DON AGUDO
¿Qué es eso?
CARA
(Rayos, el pasante.)
GALLARDO
¡Por el amor de Dios! ¿Cuándo me recibirá su Gracia?
CARA
(Se le ha deshecho la mordaza y empieza a chillar.)
GALLARDO
— Que me asfixio...
CARA
Así revientes.
DON AGUDO
— Es en la casa. ¡Escucha!
CARA
Creedme, señor, es en el aire.
DON AGUDO
— Calla, so...
GALLARDO
Mi hada madrina no me trata bien.
SUTIL
(dentro) — Tú, necio, calla. Lo echarás todo a perder.
CARA
— O lo harás tú, granuja.
DON AGUDO
¿Ah, sí? ¡De modo que conversas con espíritus! Acércate. No más tretas, amigo Jeremías. La verdad es el camino más corto.
CARA
— Señor, despedid a esa canalla. ¿Qué haré? Me han atrapado.
DON AGUDO
— Buenos vecinos, os doy las gracias. Podéis marcharos. Salen los VECINOS. — Vamos, Jeremías, sabes que soy un amo indulgente. Por lo tanto, no me ocultes nada. ¿Qué medicina ofreces para atraer a tantos pájaros silvestres?
CARA
Señor, siempre disfrutásteis con la broma y el jolgorio... Mas la calle no es sitio para hablar de estos asuntos. Dadme licencia para salir bien parado de este trance y tan sólo perdonadme por haber abusado de la casa: es todo lo que pido. En recompensa, os presentaré a una viudita, por añadidura rica, que os rejuvenecerá al menos siete años; y acabaréis agradeciéndome. La tengo dentro: basta con que os echéis encima una capa española. Y respecto de la casa, no temáis: no ha sido visitada.144
DON AGUDO
— Excepto a mí, que llegué antes de lo esperado.
CARA
— Es verdad, señor. Os ruego que me perdonéis.
DON AGUDO
— Bien, veamos a tu viuda.
(Salen.)

Escena cuarta

(Entran SUTIL y GALLARDO, éste con los ojos vendados.)
SUTIL
¿Cómo? ¿Os habéis comido la mordaza?
GALLARDO
— Y tanto: se me deshizo en la boca.
SUTIL
— Entonces se ha estropeado todo.
GALLARDO
— No, espero que mi hada madrina me perdone.
SUTIL
Vuestra madrina es misericordiosa. Pero lo cierto es que sois culpable.
GALLARDO
— El humo me dio náuseas, y la tragué para atascarme el estómago. Por favor, di[s]culpadme ante su Gracia.
(Entra CARA.)
SUTIL
— Aquí viene el Capitán.
CARA
¿Qué sucede? ¿Y la mordaza?
SUTIL
— ¡Ay! ¡Ha hablado!
CARA
(La peste te lleve, os he oído.) (Me he visto obligado a decir que la casa está llena de fantasmas, para alejar a ese patán.)
SUTIL
¿Y lo has logrado?
CARA
— Sí, por esta noche.
SUTIL
Bien, entonces celebremos nuestro triunfo y cantemos las glorias de Cara, el inapreciable rey de todos los ingenios.
CARA
— ¿No oíste el tumulto delante de la puerta?
SUTIL
— Sí, y no sabes cómo me arrugué.
CARA
Preséntalo a la Reina y que después ahueque. Te la enviaré.
(Sale CARA.)
SUTIL
— Bien, señor, vuestra madrina os concederá audiencia de inmediato, so juramento mío y palabra del capitán, de que no os habéis comido la mordaza por desprecio de su Alteza.
(Le quita la venda.)
GALLARDO
— Por cierto que no, señor.
(Entra DOL disfrazada de Reina de las Hadas.)
SUTIL
Aquí llega. Hincaos de rodillas y arrastraos: tiene un porte majestuoso. Bien. Acercaos más y saludadla así: Dios os guarde.
GALLARDO
— Señora...
SUTIL
— Y madrina vuestra. Sale SUTIL. — Veamos, reina Dol, ¿lo tienes todo empaquetado?
DOL
— Sí.
CARA
— ¿Y qué opinas de la señora Dócil?
DOL
— Una ingenua buena y boba.
(Entra SUTIL con el traje de español.)
SUTIL
Aquí está tu sombrero de Jerónimo, y la capa.
CARA
—Dámelos.
SUTIL
¿Y la gorguera?
CARA
— También. Ahora mismo vuelvo.
(Sale CARA.)
SUTIL
Ahora, Dol, como te he dicho, llevará adelante su propósito de casarse con la viuda.
DOL
— Eso va en contra de lo convenido.
SUTIL
— Bien: lo escarmentaremos, guapa. ¿Aligeraste ya a la moza de joyas y brazaletes?
DOL
No, pero lo haré.
SUTIL
— Esta noche, Dolly mía, cuando, con todas nuestras cosas, embarquemos rumbo a Ratcliff, torceremos la marcha hacia el Oeste, en dirección a Brainford,149 si me das permiso; para dejar plantado a este bribón taimado, el perentorio Cara.
DOL
— De acuerdo. Ya estoy harta.
SUTIL
Motivos no te faltan, cuando el bastardo tomará una esposa contra el acuerdo que los tres habíamos firmado.
DOL
Le dejaré la pájara sin una sola pluma.
SUTIL
— Sí, y díle que, a cualquier precio, ha de enviar algún regalo a este hombre de ciencia; excusándose por haber cubierto su arte de sospechas; bastará un anillo, o un collar de perlas; pues de lo contrario sufrirá sueños en extremo torturantes y la asaltarán raras apariciones. ¿Quieres?
DOL
— Sí.
SUTIL
— Mi delicado murciélago, mi ave de la noche; cómo nos reiremos allá en los Pigeons150 cuando lo tengamos todo, y abramos los baúles y digamos: esto es mío, y tuyo, tuyo, mío...
(Se besan. Entra CARA.)
CARA
¿Conque besuqueos?
SUTIL
— Sí, es la exaltación por la buena marcha de las transacciones.
CARA
Droguis ha traído al cura. Hazlo entrar, Sutil, y manda a Abel a casa a lavarse la cara.
SUTIL
De acuerdo. ¿Ha de afeitarse?
CARA
— Si lo consigues.
(Sale SUTIL.)
DOL
¡Sea lo que sea, Cara, te tomas mucho interés!
CARA
Gracias a esta treta, Dol gastará diez libras al mes. Entra SUTIL. ¿Se ha ido ya?
SUTIL
— El capellán, señor, os espera en la sala.
CARA
Iré a atenderlo.
(Sale CARA.)
DOL
— Ahora se casará con ella de inmediato.
SUTIL
Aún no puede. No está a punto. Dol, querida, quítale a la viuda hasta el pellejo. Es justicia, no traición, estafar a quien trama destruir un lazo tan inextricable como el que nos unía.
DOL
Déjalo por mi cuenta.
(Entra CARA.)
CARA
— ¡Ea, aventureros míos! ¿Habéis guardado todo? ¿Y los baúles? Acercadlos.
SUTIL
Aquí están.
CARA
— Veamos. ¿Dónde está el dinero?
SUTIL
— Aquí, en éste.
CARA
— Las diez libras de Mammon. Las ciento sesenta de antes. El dinero de los Hermanitos. El de Gallardo. El de Droguis. ¿Y qué bolsa es ésa?
SUTIL
— La joya de la sirvienta, quien la robó a su ama para averiguar...
CARA
¿Si algún día llegaría a aventajarla?
DOL
— Sí.
CARA
¿Y esa caja?
SUTIL
— Los anillos de la pescadera, creo. Y la calderilla de la cervecera. ¿Me equivoco, Dol?
DOL
No. Y el silbato que la mujer del marinero trajo para saber si su marido se había unido a Ward.151
CARA
Mañana lo remojaremos; junto con las jarras de plata y las tazas de taberna. ¿Dónde están las enaguas francesas, y los colgantes, y los ceñidores?
SUTIL
— En este baúl, con los rollos de lienzo.
CARA
— ¿Está allí el damasco? ¿Y el tabaco?
SUTIL
— Sí.
CARA
— Dame pues las llaves.
DOL
¡Para qué quieres las llaves!
SUTIL
— No importa, Dol; pues hasta que él llegue no los abriremos.
CARA
Por cierto que no los abriréis. Como tampoco os los llevaréis. ¿Entiendes, Dol?
DOL
— ¿No?
CARA
No, mi camisón rampante. El caso es que mi amo lo sabe todo, me perdona y los mantendrá a resguardo. Ya ves, Doctor, que tu horóscopo resultó ser atinado: Fui yo quien lo mandó llamar. Por consiguiente, estimados compañeros, a lo hecho pecho: pues aquí termina el compromiso tripartito entre Dol, Sutil y Cara. Todo lo que puedo hacer es ayudaros a saltar los muros del corral; o prestarte, Dol, alguna sábana para envolver tu traje de terciopelo. Pronto llegará la policía. Pensad en alguna vía rápida de alcanzar el puerto, si no queréis que os lleven a otra parte. Alguien golpea. — ¡Oid, el trueno!
SUTIL
¡Bastardo repulsivo!
ALGUACIL
(dentro) — Abrid la puerta.
CARA
Palabra, Dol, que lo siento por ti. Pero escucha: por mucho que me cueste, te colocaré en alguna parte: escribiré una carta para la señora Amo...152
DOL
— ¡Así te cuelguen!
CARA
...o madame Caesarean.
DOL
— La viruela te pudra, traidor. Si sólo tuviera tiempo de patearte...
CARA
— Sutil, hazme saber tu paradero. De vez en cuando te mandaré algún cliente como homenaje a nuestra vieja sociedad. ¿Qué proyectos tienes?
SUTIL
— Me ahorcaré, villano, a ver si me convierto en un demonio peor que tú y puedo atormentarte en el jergón y la bodega.
(Salen.)

Escena quinta

(Entra DON AGUDO vestido de español. Dentro, se oyen gritos de OFICIALES, MAMMON, CEÑUDO, MOCHETE, ANANÍAS y TRIBULACIÓN.)
DON AGUDO
¿Qué deseáis, señores?
MAMMON
— Abrid la puerta, embaucadores, tramposos, hechiceros.
ALGUACIL
— O la echamos abajo.
DON AGUDO
¿Qué orden traéis?
ALGUACIL
— La necesaria, como veréis si no abrís.
DON AGUDO
— ¿Hay algún policía con vosotros?
ALGUACIL
Dos o tres, a falta de uno.
DON AGUDO
— Un poco de paciencia. Os abriré en seguida.
(Entra CARA.)
CARA
— ¿Lo habéis hecho, señor? ¿Tenemos matrimonio? ¿Consumado?
DON AGUDO
— Sí, cerebro mío.
CARA
Fuera entonces la capa y la gorguera. Sed vos mismo.
(DON AGUDO se quita el disfraz.)
CEÑUDO
Abajo con la puerta.
MOCHETE
— Diantre, rompedla de una vez.
DON AGUDO
— Calma, caballeros. Calma. ¿Qué significa esta violencia?
(Abre. Los demás entran de estampida.)
MAMMON
¿Dónde está ese carbonero?
CEÑUDO
— ¿Y mi Capitán?
MAMMON
Atajo de búhos.
CEÑUDO
— Que picotean los bolsillos de la gente.
MAMMON
Madame Supositorio.
MOCHETE
— ¿Y mi hermanita, la fulana?
ANANÍAS
Langostas del abismo fétido.
TRIBULACIÓN
— Profanos como Bel y su dragón.153
ANANÍAS
Peores que los saltamontes y las víboras de Egipto.
DON AGUDO
Escuchadme, caballeros. ¿Siendo policías no podéis detener esta violencia?
ALGUACIL
— ¡A callar!
DON AGUDO
Señores, ¿qué sucede? ¿A quién buscáis?
MAMMON
Al engañabobos químico.
CEÑUDO
— Y al Capitán de los malandras.
MOCHETE
A la monja, mi hermana.
MAMMON
— A madame Rabina.
ANANÍAS
— Orugas y escorpiones.
DON AGUDO
— Por favor, no todos a la vez.
ALGUACIL
Caballeros, en nombre de la autoridad, hablad de uno en uno.
ANANÍAS
— Vasijas de soberbia, lujuria, carne de ejecución.
DON AGUDO
— Santo azote, callad al menos un momento.
TRIBULACIÓN
— Silencio, diácono Ananías.
DON AGUDO
Soy el dueño de esta casa, y abierta está a vosotros. Si se escondieran aquí las personas que buscáis, usad la autoridad y registradla en nombre de Dios. Acabo de llegar a la ciudad, y el alboroto que encontré frente a mi puerta (a decir verdad) me ha dejado algo perplejo; hasta que el criado (temiendo mi mayor disgusto), confesó haber cerrado un pacto insolente por demás, por el cual prestó la casa (fiándose de mi aversión notoria a todo aire urbano, mientras la mortandad persista) a un Doctor y un Capitán; de quienes al momento ignora paradero o domicilio.
MAMMON
— ¿Se han largado?
DON AGUDO
Podéis entrar y comprobarlo, señor, por vuestra cuenta. Pasan al interior de la casa. MOCHETE y CEÑUDO permanecen. Las paredes vacías, en peor estado que antes, y ahumadas; unos cuantos frascos rotos, cristales, un hornillo. El techo cubierto de versos de alcoba y, en las paredes, dibujos de una señora con un consolador. Fuera de eso, tan sólo una dama he encontrado; estaba aquí y se reclama viuda...
MOCHETE
Sí, mi hermana. La mataré a palos. ¿Dónde está?
DON AGUDO
Tenía que casarse con un Conde español, mas él, al encontrarla, la desdeñó de forma tan grosera, que yo, viudo también, me decidí a desposarla.
CEÑUDO
¡Cómo! ¿Entonces la he perdido?
DON AGUDO
—¿Vos eráis el Don , señor? A fe que se queja de vos amargamente, y dice que jurasteis haberos tomado la molestia de teñiros la barba, oscureceros la cara y pedir prestados calzas y gorguera, todo por su amor; para luego no hacer nada. ¡Que falta de vista y defecto de brío, señor, los vuestros! Un buen arcabucero, experimentado, sabe apisonar la pólvora, abrir fuego y hacer blanco en un mero parpadeo!
(Vuelve a entrar MAMMON.)
MAMMON
— ¡La bandada entera se ha escapado!
DON AGUDO
¿De qué clase de pájaros se trata?
MAMMON
— Una suerte de chovas o cornejas rapaces que se alzaron con mi bolsa de ciento sesenta libras, y otras diez, además de mis materias primas, en cinco semanas; otros trastos están en la bodega; y me alegro de haberlos encontrado pues aún podré llevármelos.
DON AGUDO
— ¿Eso pensáis, señor?
MAMMON
— Pues claro.
DON AGUDO
Será mediante una orden de la ley; no de otro modo.
MAMMON
¿Ni siquiera siendo míos?
DON AGUDO
— Caballero, sólo por un certificado llegaré a saber que no son de otra persona. Si podéis traerme uno, o cualquier escrito público, donde un juez demuestre que fuisteis estafado, no retendré esos objetos ni un instante.
MAMMON
Antes los pierdo.
DON AGUDO
— No lo haréis, señor. Empeño mi palabra. Bajo esa garantía, los tendréis. ¿Cuál era su destino? ¿Transmutarse en oro?
MAMMON
— No. No puedo asegurarlo. Tal vez sí. Y entonces, ¿qué?
DON AGUDO
¡Sensible pérdida sufrió vuestra esperanza!
MAMMON
No sufro yo, sino el bien común.
CARA
— Desde luego: habría remozado toda la ciudad; y cavado en torno a ella un foso de plata que hubiese albergado un río de natillas, para que cada domingo, en Moorfields, se alimentaran gratis chiquillos, mancebos y doncellas.
MAMMON
Ahora me pasaré dos meses trepado a un carro de nabos, predicando el fin del mundo, ¿Qué, Ceñudo? ¿En la luna?
CEÑUDO
— ¿Tenía yo necesidad de engatusarme con ese vicio estúpido de la honestidad? Vámonos. A ver si damos con esos bellacos. Si alguna vez los encontramos, Cara corre por mi cuenta.
CARA
En caso de tener noticia de ellos, os lo haré saber. Pues en verdad, eran para mí desconocidos, y me parecieron tan honrados como yo, señor.
(Se retiran MAMMON y CEÑUDO. Vuelven a entrar ANANÍAS y TRIBULACIÓN.)
TRIBULACIÓN
Está bien. Los Santos no han perdido todo. Ve a traer unas carretas...
DON AGUDO
—¿Con qué propósito, incorruptibles amigos?
ANANÍAS
Para arrancar de la madriguera de los lobos la parte de los justos.
DON AGUDO
— ¿Y qué parte es ésa?
ANANÍAS
Los bienes, algunos de ellos de los Huérfanos, que los Hermanos compraron con sus dineros.
DON AGUDO
— ¿Cuáles? ¿Los de la bodega, que reclama sir Mammon?
ANANÍAS
— Ah, hombre profano, yo desafío a perverso sir Mammon, y así lo hacen todos los Hermanos. ¿En nombre de qué moral, pregunto, esgrimís semejante ídolo ante nosotros, detentadores del sello?154 ¿Acaso no estaban numerados los chelines que se vuelven libras? ¿Acaso esas libras no se contaron, sobre una mesa fija, el segundo día de la semana cuarta del octavo mes del sexto centésimo décimo aniversario del martirio de los Santos?
DON AGUDO
— Mi vehemente y probo trapacero, y por añadidura Diácono, no puedo discutir con vos. Pero, si no salís de aquí ahora mismo, os replicaré con un garrote.
ANANÍAS
— Señor.
TRIBULACIÓN
Ananías, sed paciente.
ANANÍAS
— Soy fuerte y, erguido, resistiré a la horda que amenaza a Gad en el exilio.
DON AGUDO
— Pues yo te enviaré a tu caverna de Amsterdam.
ANANÍAS
— Desde allí elevaré plegarias contra tu guarida. ¡Que los perros ensucien las paredes y avispas y abejorros aniden en las vigas de este crisol de falsedad, cueva de trapisondas!
(Salen ANANÍAS y TRIBULACIÓN. Entra DROGUIS con el CURA, DON AGUDO, amaga apalearlos.)
DON AGUDO
¿Otro más?
DROGUIS
— No, señor. Yo no soy ningún Hermano.
DON AGUDO
Y tú, Harry Nicholas,155 largo. ¿No contestas?
(Sale DROGUIS.)
CARA
No; ése era Abel Droguis. (Al CURA) Buen señor, id a darle explicaciones; decidle que todo está perdido, que ha tardado mucho tiempo en lavarse la cara. Tendrá noticias del Doctor en Westchester,156 y del Capitán en Yarmouth,157 o en cualquier otro puerto de la ciudad, donde se espera que cambien los vientos. Sale el CURA. Si ahora os enfrentáis al niño rabioso, amo...
(Entra MOCHETE gritando a su hermana.)
MOCHETE
Ven, zorrita; linda luna de miel te prometieron, ¿no? ¿No te había dicho yo que sólo te entregaría a un cachorro, para que aprendieras a mostrar las garras? ¡Rayos, qué monigote eres! Ah, te arrancaría el pelo. ¡Casarte con piojo!
DON AGUDO
— Mentís, mancebo; con toda la boca. Y tengo prioridad.
MOCHETE
— ¿Ahora?
DON AGUDO
Venid. ¿Queréis pelear? Os derrotaré, muchacho. ¿Por qué no echáis mano a la herramienta?
MOCHETE
— ¡Cristo! ¡El vejestorio más valiente que he visto en mi vida!
DON AGUDO
¿Qué pasa? ¿Cambiáis de melodía? Adelante, aquí está mi paloma: echadle el guante, si os atrevéis.
MOCHETE
¡Caray, se hace querer! Yo no podría elegir uno mejor. Y hasta me haría ahorcar por él. Hermana, me retracto: este marido te ennoblece.
DON AGUDO
— Oh, señor, ¿de veras?
MOCHETE
Sí, y podéis fumar también, anciano, y beber. Considerando el matrimonio, agregaré a la dote de ella quinientas libras más.
DON AGUDO
— Llena una pipa, Jeremías.
CARA
Sí, señor. Voy a buscarla.
DON AGUDO
— Fumaremos. Y me dejaré guiar por ti en todo, Jeremías.
MOCHETE
Caramba, ¡no hace ascos! ¡Es un hombre de pelo en pecho! Vamos, os lo ruego, echemos unos tragos.
DON AGUDO
Id vos y bebed con vuestra hermana, hermano. Salen MOCHETE y DÓCIL DAMA. El amo que de su sirviente recibiera tal felicidad en forma de mujer, y con riqueza semejante, sería por demás ingrato si no se mostrara indulgente con la inteligencia del criado, y no le diese ayuda, aun con cierta mengua para su buen nombre. Por tanto, caballeros y público gentil, si en algo he transgredido la gravedad de un viejo o los estrictos cánones, pensad lo que una hembra joven y un cerebro sano pueden conseguir: estirar la cuerda de los años, mas también romperla. Habla tú, bribón.
CARA
— Lo haré, señores, en esta última escena mi papel ha decaído, si bien por equilibrio.158 Y aunque librado esté de Dol, Sutil, Ceñudo, sir Mammon, Gallardo, Droguis o Ananías, con los cuales trafiqué, me pongo en vuestras manos, como en las de un juez; y, si me indultáis, dispuesta queda esta bolsa que me han dado a convidaros a menudo, y agasajar más invitados.
FIN