William Shakespeare
Romeo y Julieta Tragedia
The Tragedy of Romeo and Juliet
Traducción
de
The Tragedy of Romeo and Juliet
Shakespeare, William. Romeo y Julieta. Tragedia. Novísima traducción literal y directa del inglés por J. Roviralta Borrell. Traducido por José Roviralta Borell. En: Teatro antiguo y moderno . Barcelona: Libreria de Antonio López, 1908, vol.44, pp. 1-154 .
Joan Oleza Simó
(Investigador principal)
José Roviralta Borell
(Traductor)
Ureña Tormo, Clara
(Editor)
Español · Verso · 6 versos
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Escalo
Príncipe de Verona.
Páris
joven noble, pariente del Príncipe.
Montesco
jefes de las dos familias enemistadas entre sí.
Capuleto
jefes de las dos familias enemistadas entre sí.
Un anciano
pariente de Capuleto.
Romeo
hijo de Montesco.
Mercucio
pariente del Príncipe y amigo de Romeo.
Benvolio
sobrino de Montesco y amigo de Romeo.
Tibaldo
sobrino de la señora de Capuleto
Fray Lorenzo
frailes franciscanos.
Fray Juan
frailes franciscanos
Baltasar
criado de Romeo.
Sansón
criados de Capuleto
Gregorio
criados de Capuleto.
Pedro
escudero de la Nodriza de Julieta
Abraham
criado de Montesco.
Un boticario
La Señora de Montesco
Julieta
hija de Capuleto.
La Señora de Capuleto
La Nodriza de Julieta
Un criado
(El clown ó gracioso).
Tres músicos
El paje de Páris
El paje de Mercucio
Un cabo de ronda.
Ciudadanos de Verona
Varios parientes y parientas de ambas familias
Máscaras
Guardias
Celadores
Acompañamiento
Acto
PRÓLOGO
EL CORO.
– En la hermosa Verona, lugar de nuestra escena, dos familias, iguales ambas en nobleza, impulsadas por antiguos rencores, se arrojan á nuevos disturbios en los que la sangre civil tiñe civiles manos. Del seno fatal de estas dos familias enemigas nacieron bajo fatídica estrella dos amantes, cuya azarosa y lamentable ruina sepulta con la muerte de ellos la enemistad paterna. Los trágicos incidentes de sus amores, marcados con el sello de la muerte, y el obstinado encono de los padres, que, fuera del triste fin de sus hijos, nada pudo extinguir, va á ser durante estas dos horas el asunto de nuestra representación. Si atentamente la escucháis con benévolo oído, nos esforzaremos en reparar con nuestro celo las faltas que en ella hubiere.
Acto I
ESCENA PRIMERA
(Una plaza de Verona.)
(Entran SANSÓN y GREGORIO de la casa de Capuleto, armados con espadas y broqueles.)
SANSÓN.
– A fe mía, Gregorio, que no dejaremos que nos echen una alabarda.
GREGORIO.
– Claro que no, porque entonces nos tomarían por acémilas.
SANSÓN.
– Quiero decir que si montamos en cólera, sacaremos á relucir la herramienta.
GREGORIO.
– Procura que en tu vida se te ponga tal cosa en la cabeza.
SANSÓN.
– Yo pego al punto cuando me mueven.
GREGORIO.
– Pero tú no te sientes pronto movido á pegar.
SANSÓN.
– Un perro de la casa de Montesco basta á moverme.
GREGORIO.
– Moverse es largarse de un sitio, y ser valiente es aguardar á pie firme; así que, si estás movido, echas á correr.
SANSÓN.
— Un perro de la casa esa me moverá á mantenerme en mi puesto. Yo le tomaré la acera á todo criado ó doncella de la casa de Montesco.
GREGORIO.
— Eso muestra que eres un débil ganapán, puesto que el más débil es quien se arrima á la pared.
SANSÓN.
— Cierto, y por eso las mujeres, como son vasijas más débiles, son empujadas siempre hacia la pared. Por consiguiente, yo echaré de la pared á los criados, y arrimare á ella las muchachas.
GREGORIO.
— La palestra es sólo entre nuestros amos, y entre nosotros sus criados.
SANSÓN.
— Lo mismo da; voy á mostrarme tirano. Cuando me haya batido con los hombres, seré cruel con las doncellas, y las exterminaré cortándoles…
GREGORIO.
— ¿El pescuezo?
SANSÓN.
— El pescuezo ó lo que sea menester. La cuestión es que no queden doncellas. Tómalo en el sentido que tú quieras.
GREGORIO.
— Quienes han de tomarlo en algún sentido son las que lo sientan.
SANSÓN.
— Pues me sentirán mientras me pueda yo tener firme; y es cosa sabida que soy un bonito pedazo de carne.
GREGORIO.
— Fortuna que no seas pez, porque de serlo, hubieras sido un pedazo de atún. Saca tu garrancha, que aquí vienen dos de la casa de los Montescos.
((Desenvainan las espadas).)
(Entran ABRAHAM y BALTASAR.)
SANSÓN.
— Ya está desnuda mi arma. Provócalos; yo te guardaré las espaldas.
GREGORIO.
— ¡Cómo! ¿Volviendo las tuyas y echando a correr?
SANSÓN.
— De mí no temas.
GREGORIO.
— No, pardiez: ¡yo tener miedo de ti!
SANSÓN.
— Hagamos por tener la ley de nuestra parte; que empiecen ellos.
GREGORIO.
— Frunciré el gesto al pasar, y que lo tomen como les dé la gana.
SANSÓN.
— No tal, sino como se atrevan. Yo me morderé el pulgar cuando pasé por su lado, y será una mengua para ellos si lo toleran.
ABRAHAM.
(A Sansón). —¿Es por nosotros que os mordéis el pulgar, caballero?
((Con ironía).)
SANSÓN.
— Ciertamente, yo me muerdo el pulgar, caballero.
ABRAHAM.
— (Levantando más la voz y recalcando las palabras). ¿Es por nosotros que os mordéis el pulgar, caballero?
SANSÓN.
¿Está de nuestra parte la ley si digo que sí?
GREGORIO.
— No.
SANSÓN.
— (A Abraham). No, señor; yo no me muerdo el pulgar por vosotros, pero lo cierto es que me muerdo pulgar, caballero.
GREGORIO.
— ¿Buscáis camorra, caballero?
ABRAHAM.
— ¿Camorra, decís? No tal señor.
SANSÓN.
—Si la buscáis, caballero, estoy á vuestra disposición. Sirvo á un amo que vale tanto como el vuestro.
ABRAHAM.
— Pero no vale más.
SANSÓN.
— Corriente, caballero.
(Entra BENVOLIO á distancia)
GREGORIO.
Di que vale más; aquí viene un pariente de mi amo.
SANSÓN.
(A Abraham) Pues sí, señor: vale más.
ABRAHAM.
— Mentís.
SANSÓN.
— Desenvainad, si sois hombres. Gregorio, no olvides tu ruidosa estocada.
BENVOLIO.
— (Avanzando). Separaos, majaderos. Envainad las espadas. No sabéis lo que estáis haciendo.
((Abate las espadas de ambos).)
(Entra TIBALDO.)
TIBALDO.
— (A Benvolio). ¡Hola! ¿Con el hierro desnudo entre esos cobardes canallas? Vuélvete, Benvolio, y mira por tu vida.
((Desenvainando la espada.))
BENVOLIO.
— Ciñome a mantener la paz; con qué, envaina tu acero, o bien empléalo para ayudarme a separar esa gente.
TIBALDO.
— ¡Habrase visto! …¡Espada en mano y hablar de paz! Odio esa palabra como odio al infierno, á todos los Montescos y á ti. ¡Defiéndete, cobarde!
((Pelean).)
(Entran varios individuos de uno y otro bando, que toman parte en la refriega; luego entran algunos ciudadanos armados con garrotes y picas.)
CIUDADANO 1º.
— ¡Vengan garrotes, picas y alabardas! ¡Pegad de firme! ¡Dad en tierra con ellos! ¡Abajo los Capuletos! Abajo los Montescos!
(Entran CAPULETO, vestido con una bata, y la SEÑORA DE CAPULETO.)
CAPULETO.
— ¿Qué algarabía es esa? ¡Hola! Traedme mi larga espada.
SRA. DE CAPULETO.
— ¡Una muleta, una muleta! ¿Para qué pedís una espada?
CAPULETO.
—Mi espada, digo. Aquí llega el viejo Montesco blandiendo su hoja para causarme despecho.
(Entran MONTESCO y la SEÑORA DE MONTESCO.)
MONTESCO.
— Tú, menguado Capuleto… (A la señora de Montesco y otros que le sujetan). No me detengáis, soltadme.
SRA. DE MONT.
— No permitiré que des un solo paso para ir al encuentro de un enemigo.
(Entra EL PRINCIPE con su acompañamiento.)
EL PRÍNCIPE.
— Súbditos revoltosos, enemigos de la paz, profanadores de ese acero tinto en sangre de vuestros conciudadanos… ¡Qué!...¿No me escucharán?¡Ea! Vosotros, hombres, fieras, que apaguéis el fuego de vuestra saña cruel con purpúreos manantiales que brotan de vuestras venas, bajo pena de tormento arrojad de esas manos sangrientas vuestras mal templadas armas, y oíd la sentencia de vuestro airado Príncipe. Por ti, anciano Capuleto, y por ti, Montesco, tres reyertas intestinas, originadas de una palabra formada de aire, han turbado por tres veces el sosiego de nuestras calles, y los ancianos de la ciudad de Verona hanse visto forzados a abandonar los graves ornamentos propios de su edad, para empuñar con sus viejas manos partesanas igualmente viejas y corroídas por la paz, a fin de despartir vuestro odio venenoso. Si en lo venidero promovéis nuevos disturbios en nuestras calles, vuestras vidas pagarán el quebranto de la paz. Por esta vez, retiraos todos, excepto vos Capuleto, que vendréis conmigo, y vos, Montesco, venid esta tarde á la antigua Villafranca, nuestro habitual punto de justicia, para informaros de lo que tenga yo á bien resolver sobre este caso. Lo repito, bajo pena de muerte, retírese todo el mundo.
((Vanse todos, menos Montesco, la señora de Montesco y Benvolio).)
MONTESCO.
- ¿Quién hizo estallar de nuevo esta antigua discordia? Habla, sobrino, ¿estabas tú presente cuando empezó?
BENVOLIO.
- Aquí estaban los criados de vuestro adversario y los vuestros peleando cuerpo á cuerpo antes de que yo llegara; eché mano á la espada con el fin de separarlos, y en aquel preciso instante, con el hacer dispuesto, acude el fogoso Tibaldo, quien, lanzando provocaciones á mis oídos, comenzó a blandir la espalda sobre su cabeza rasgando los vientos, los cuales, sin recibir el menos daño por sus golpes, silbaban haciendo escarnio de él. Mientras asó andábamos los dos á tajos y reveses, iba acudiendo cada vez más gente, que peleaba en favor de uno y otro bando, hasta que llegó el Príncipe, y despartió las dos partes.
SRA. DE MONT.
- ¡Ah! ¿Dónde está Romeo? ¿Le visteis hoy? ¡Mucho me huelgo de que no se encontrara en esa refriega!
BENVOLIO.
- Señora, esta mañana, una hora antes que el almo sol asomara por los áureos balcones del Oriente, cierta inquietud me impulsó á salir de casa; y allí, en el bosquecillo de sicomoros que se extiende al occidente de la ciudad, divisé á vuestro hijo paseándose en una hora tan temprana. Fuíme hacia él, pero advirtiendo Romeo mi presencia, se escabulló internándose en lo más umbrío de la arboleda. Yo, juzgando de sus afecciones por las mías, que entonces más que nunca me hacían buscar los parajes donde menos pudiera nadie encontrarme, pues, de puro agobiado, érame insoportable hasta mi propia compañía, seguí mi propia inclinación dejando de perseguir la suya y gustoso evité á quien gustoso huía de mí…
MONTESCO.
- Más de una mañana se le ha visto en tal sitio acrecentando con sus lágrimas el fresco rocio matinal y añadiendo á las nubes nuevas nubes con sus hondos suspiros; mas, no bien el sol que todo lo alegra y anima. Allá en los confines del Oriente comienza á descorrer las sombrías cortinas del lecho de la Aurora, mi apesarado hijo, huyendo de la luz, vuelve furtivamente al hogar, se aprisiona solo en su aposento, cierra las ventanas, y sin dejar que penetre la hermosa luz del día, se labra así una noche artificial. Esta melancolía tendrá un fin deplorable y funesto si un buen conejo no logra extirpar la causa.
BENVOLIO.
- ¿Conocéis tal causa, mi noble tío?
MONTESCO.
- Ni la conozco, ni puedo conseguir que él me la descubra.
BENVOLIO.
- ¿No le habéis apremiado por algún medio?
MONTESCO.
- No solamente yo, pero también muchos otros amigos. Mas él, confidente único de sus propias afecciones, es para sí mismo, no quiero decir cuán fiel, pero sí tan reservado é impenetrable, tan lejos está de dejarse sondear y de que se descubra su pecho, como el capullo de una flor roído por aleve gusano, antes que pueda desplegar al aire sus perfumados pétalos ó dedicar al sol su belleza. Si tan siquiera alcanzáramos á saber de qué dimanan sus cuitas, tanto empeño tendríamos en remediarlas como en conocerlas.
(Entra ROMEO, lentamente y con aire triste.)
BENVOLIO.
- Vedle, ahí viene. Tened á bien retiraros. O muy reservado se mostrará conmigo, ó yo sabré cual es el quebranto que le aflige.
MONTESCO.
- ¡Pluguiera á Dios fueses bastante afortunado en tu porfía para oir una confesión sincera! Venid, señora; retirémonos.
((Vanse Montesco y la Señora de Montesco.))
BENVOLIO.
- Felices días, primo. ¿Tan tempranito por aquí?
ROMEO.
-¡Qué! ¿Tan poco entrado es el día?
BENVOLIO.
- Acaban de dar las nueve.
ROMEO.
- ¡Ay de mí! ¡Cuan interminables parecen las horas tristes!... ¿No era mi padre aquel que se alejaba de aquí con tal prisa?
BENVOLIO.
- Sí, lo era. ¿Qué pesadumbre es esa que dilata las horas de Romeo?
ROMEO.
- El no poseer aquello cuya posesión las abrevia.
BENVOLIO.
- ¿Estás enamorado?
ROMEO.
- Enajenado…
BENVOLIO.
- ¿De amor?
ROMEO.
- De verme privado de los favores de aquella á quien adoro.
BENVOLIO.
- ¡Ah! Que el amor, tan dulce en la apariencia, haya de ser tan cruel y tirano en la prueba!
ROMEO.
- ¡Ah! ¡Que el amor, con llevar siempre vendados los ojos, halle sin ayuda de ellos camino abierto á su voluntad! … (Con marcada transición.) ¿Dónde comeremos hoy? … ¡Cielos! ¿Qué reyerta ha habido aquí? … Pero no, no me lo digas, pues todo lo he oído. Mucho da que hacer aquí el odio, pero aun más el amor. ¡Oh, sí! ¡Amor pendenciero, odio amoroso, un todo de nada creado, ligereza abrumadora, grave vanidad, informe caos de formas seductoras, pluma de lomo, resplandeciente humo, fuego helado, salud enfermiza, sueño siempre desvelador, que no es lo que es! Tal es el amor que yo siento, sin sentir en él amor alguno. ¿No te ríes, Benvolio?
BENVOLIO.
- No primo, antes lloro.
ROMEO.
- De qué, corazón compasivo?
BENVOLIO.
- Del agobio de tu tierno corazón.
ROMEO.
- Pues ahí verás: tal es el delito de la amistad. Mis propios pesares abruman mi pecho, y tú acabas de abrumarlo acreciendo mis dolores con los tuyos. Ese afecto que me has mostrado añade mayor pesadumbre al exceso de la mía. El amor es humo engendrado por el hálito de los suspiros; si nada lo turba, es chispeante fuego en los ojos de los enamorados; si lo contrarían, es un mar nutrido con lágrimas de amantes. ¿Qué más diré? Discretísima locura, hiel que sofoca, almíbar que mantiene. Adiós, primo mío.
BENVOLIO.
- Espera un momento. Quiero acompañarte. Si de tal guisa me dejas, mal te portas conmigo.
ROMEO.
- No digas eso. Yo me he perdido; no estoy aquí. Este que aquí ves no es Romeo; Romeo está en otra parte.
BENVOLIO.
- Dime con seriedad: ¿de quién estás enamorado?
ROMEO.
- ¡Pues qué! ¿Tendré yo que decírtelo gimiendo?
BENVOLIO.
- ¡Gimiendo! No tal, pero dime seriamente quién es esa persona.
ROMEO.
- Pídele á un enfermo que haga seriamente su testamento. ¡Ah! Qué palabra tan mal traída á cuento para un hombre que tan mal se halla! En serio y desgraciadamente, primo, adoro á una mujer.
BENVOLIO.
- Había dado en el hito al suponer yo que estabas enamorado.
ROMEO.
- ¡Excelente tirador! Y es muy expléndida la mujer á quien amo.
BENVOLIO.
- Un blanco muy expléndido, gentil primo, es muy fácil de acertar.
ROMEO.
- Pues mira, en eso no acertaste; no hay manera de que la saeta de Cupido haga blanco en ella. Tiene el espíritu de Diana, y bien protegida con la resistente armadura de su castidad, vive al abrigo del infantil y endeble arco del Amor; no se dejará ella asediar de propuestas amorosas, ni aguardará el ataque de asaltadores ojos, ni abrirá su seno al oro, que hasta á los santos seduce. ¡Oh! Es rica en belleza, y únicamente pobre en el sentido de que, cuando ella muera, con su hermosura tendrá fin su caudal.
BENVOLIO.
- Entonces habrá hecho voto de vivir en perpétua castidad.
ROMEO.
- Así es; y en tal parsimonia hace un gran derroche, pues marchitando su belleza con tales rigores, priva de ella á toda la posteridad. Es sobrado hermosa, sobrado discreta, sobrado discretamente hermosa para merecer la gloria siendo causa de mi desesperación: ha jurado renunciar al amor, y con tal voto, vivo yo muero, que sólo vivo para contártelo en este momento.
BENVOLIO.
- Sigue mi consejo: no pienses más en ella.
ROMEO.
- ¡Ah! Enséñame, pues, como pueda yo dejar de pensar.
BENVOLIO.
- Dando libertad á tus ojos. Fíjate en otras beldades.
ROMEO.
- Tal medio conduciría á que yo pensara aun más en su exquisita é incomparable belleza. Esos afortunados antifaces que besan el rostro de las damas bellas, nos recuerdan con su negro matiz la radiante hermosura que encubren. Aquel que ciega de golpe no puede olvidar el preciado tesoro de su vista perdida; muéstrame una dama de extremada belleza; ¿de qué servirá esa belleza sino de escrito en el cual pueda yo leer quien aventajó aquella aventajada belleza? Adiós; tú no sabes enseñarme á olvidar.
BENVOLIO.
- Yo te daré tal enseñanza, ó de lo contrario moriré deudor.
((Vanse))
ESCENA II
(Una calle.)
(Entran CAPULETO, PÁRIS y UN CRIADO.)
CAPULETO.
- Pero Montesco está obligado como yo, bajo igual pena; y no será difícil, según imagino, para unos hombres tan caducos como nosotros, el mantener la paz.
PÁRIS.
- Los dos gozáis de honrosa consideración, y es harto sensible que hayáis vivido tanto tiempo enemistados. Mas, hablando de otra cosa, decidme, señor: ¿qué respondéis á mi demanda?
CAPULETO.
- No haré sino repetir lo que dije antes. Mi hija no conoce el mundo todavía; no ha visto aún transcurrir catorce primaveras. Dejad que otros dos veranos se marchiten en su esplendidez antes de creerla nosotros en sazón para ser desposada.
PÁRIS.
- Otras más jóvenes que ella son ya madres dichosas.
CAPULETO.
- Y demasiado pronto ajadas están aquellas que tan precozmente han sido madres. La tierra ha tragado todas mis esperanzas, á excepción de ella; ella es la futura señora de mis tierras. Pero galanteadla, noble Páris, conquistad su corazón; mi voluntad es sólo una parte de su asentimiento; si ella accede su elección entraña mi asenso y voto favorable. Siguiendo una inveterada costumbre, doy esta noche una fiesta para la cual he invitado á varias personas de mi aprecio, y vos seréis muy bien venido si con vuestra presencia aumentáis el número de los concurrentes. En mi humilde mansión aprestaos á contemplar esta noche estrellas que pisan la tierra eclipsando la luz del cielo. El deleite que experimenta el lozano mancebo cuando el engalanado Abril pisa los talones del claudicante invierno, lo sentiréis vos en mi casa esta noche rodeado de frescos capullos femeniles. Escuchad á todas esas beldades, examinadlas todas, y dad la preferencia á aquella cuyo mérito sea mayor. Entre ellas, si os fijáis con detención, veréis á mi hija, que puede figurar en el número, mas no debe entrar en la cuenta. Ea, venid conmigo. (Al criado, dándole un escrito) Ve, muchacho; recorre toda la hermosa Verona; busca las personas cuyos nombres están aquí inscritos y diles que si en ello tienen placer, mi casa y bienvenida les están aguardando.
((Vanse Capuleto y Páris.))
EL CRIADO.
- ¡Busca las personas cuyos nombres están aquí inscritos! Escrito está que el zapatero se entienda con su vara de medir, el sastre con su horma, el pescador con sus pinceles y el pintor con sus redes. Pero á mí me mandan á buscar aquellas personas cuyos nombres están aquí escritos, y el caso es que nunca sabré yo qué nombres son esos que el escribiente ha escrito aquí. Tendré que acudir á una persona de saber… En buena ocasión llegan.
(Entran BENVOLIO y ROMEO.)
BENVOLIO.
- Desengáñate, querido. Un fuego extingue el ardor de otro; un dolor se mitiga con el sufrimiento de otro dolor; da vueltas hasta que te acometa el vértigo, y te aliviarás girando en dirección inversa; un pesar extremado se remedia con la aflicción que otro causara; deja que se inficione de nuevo tu ojo, y desaparecerá la violenta ponzoña del mal antiguo.
ROMEO.
- Para eso es excelente la joda de llantén.
BENVOLIO.
- ¿Para qué?
ROMEO.
- Para la espinilla rota.
BENVOLIO.
- Vaya, Romeo; tú estás loco.
ROMEO.
- Loco, no, pero sí más fuertemente atado que un loco, recluído en una prisión, privado de mi sustento, azotado y atormentado y… (Al criado, que se acerca á Romeo, gorro en mano y saludando.) Buenas tardes, buen hombre.
EL CRIADO.
- Buenas os las dé Dios. Permitidme, señor: ¿sabéis leer?
ROMEO.
- Sí, mi propio sino en mi desventura.
EL CRIADO.
- Eso quizá lo aprendisteis sin libro. Pero, permitidme: ¿sabéis leer todo cuanto véis?
ROMEO.
- Sí, dado caso que yo entienda los caracteres y la lengua.
EL CRIADO.
- Habláis como un libro. ¡Ea, divertirse!
((Yéndose.))
ROMEO.
- Esperad, hombre; sé leer. (Toma el papel y lee.) El señor Martino, su esposa é hijas; el conde de Anselmo y sus agraciadas hermanas; la señora viuda de Vitruvio; el señor Placencio y sus simpáticas sobrinas; Mercurio y su hermano Valentín; mi tío Capuleto, su esposa é hijas; mi encantadora sobrina Rosalina; Livia; el señor Valencio y su primo Tibaldo; Lucio y la vivaracha Elena. (Devuelve el papel al criado.) ¡Brillante reunión! ¿Y á dónde hay que ir?
EL CRIADO.
- Allá arriba.
ROMEO.
- ¿Adónde?
EL CRIADO.
- A cenar; á nuestra casa.
ROMEO.
- Pero, ¿á casa de quien?
EL CRIADO.
- Pues á la de mi amo.
ROMEO.
- Verdaderamente, eso es lo primero que debía yo haberte preguntado.
EL CRIADO.
- Ahora os lo diré sin que lo preguntéis: mi amo es el riquísimo Capuleto, y si no sois vos de la casa de los Montescos, os ruego vengáis á vaciar una copa de vino. Vaya, ¡divertirse!
((Vase.))
BENVOLIO.
- En esta misma tradicional fiesta de los Capuletos, juntamente con todas las admiradas beldades de Verona, cena la encantadora Rosalina, á quien tanto amas; ve allá, y con ojos desapasionados compara su rostro con algunos que voy á mostrarte, y haré que acabes por creer que tu cisne es un cuervo.
ROMEO.
- Cuando la devota religión de mis ojos sostenga semejante falsedad, truéquense mis lágrimas en llamas, y estos diáfanos herejes, tantas veces anegados sin poder morir jamás, sean quemados como impostores. ¡Una mujer más bella que mi amada! El sol que todo lo ve, nunca vió su igual desde que el mundo empezó á existir.
BENVOLIO.
- ¡Calla, calla! Tú la viste hermosa porque no habiendo otra á su lado, se equilibró ella sola en la balanza de tus ojos; pero contrapesa en esas balanzas cristalinas tu dueño adorado con alguna otra doncella que yo te mostraré resplandeciente en esa fiesta, y entonces apenas te parecerá bien la que ahora te parece superior.
ROMEO.
- Te acompañaré, no para que me muestres el espectáculo de semejantes beldades, sino para recrearme en el esplendor de la mía.
((Vanse.))
ESCENA III
(Sala en casa de Capuleto.)
(Entran la SEÑORA DE CAPULETO y la NODRIZA.)
SRA. DE CAP.
- Ama, ¿dónde está mi hija? Llámala y que venga.
NODRIZA.
- Pues por mi virginidad… cuando tenía yo doce años, que ya le he dicho que viniera. (Llamando.) ¡Eh, cordera! ¡Eh, pimpollo!... ¡Quiera Dios que no le haya pasado algo! Pero, ¿dónde estará esa chica?... ¡Eh, Julieta!
(Entra JULIETA.)
JULIETA.
- ¿Qué ocurre? ¿Quién me llama?
NODRIZA.
- Vuestra madre.
JULIETA.
- Heme aquí, señora. ¿Qué me mandáis?
SRA. DE CAP.
- Vas á saber de qué se trata. Ama, déjanos solas un momento; tenemos que hablar reservadamente… Pero no, ama, vuelve acá, lo he pensado mejor, tú oirás nuestro secreto. Bien sabes que mi hija tiene una edad razonable.
NODRIZA.
- A fe que os puedo decir su edad sin equivocarme de una hora.
SRA. DE CAP.
- No ha cumplido aún catorce años.
NODRIZA.
- Apostaré catorce de mis dientes. (aunque, con mucho pesar lo digo, tengo sólo cuatro) á que ella no tiene catorce años todavía. ¿Cuánto falta para el día primero de agosto?
SRA. DE CAP.
- Día más, día menos, un par de semanas.
NODRIZA.
- Pues venga á pares ó venga á nones, cabalmente en ese día del año, la víspera del próximo día primero de agosto por la noche, cumplirá ella catorce años. Julieta y Susana (Dios la tenga en su santa gloria) tenían la misma edad. ¡Como ha de ser! Susana está gozando de Dios; era demasiado buena para mí. Pues como iba diciendo, la víspera del día primero de agosto por la noche cumplirá ella catorce años. ¡Vaya si los cumplirá! Lo recuerdo muy bien. Del terremoto hace ahora once años, y de todos los días del año justamente aquel mismo día (nunca lo olvidaré) fué cuando la destetamos; porque entonces yo me había untado los pezones con ajenjo, y estaba sentada al sol junto á la pared del palomar. Mi amo y vos estabais á la sazón en Mántua… ¡Qué, si la memoria que yo tengo…! Pues, como decía, cuando la chiquilla cató el ajenjo que había en la teta y lo encontró amargo, ¡pobre angelito!, era de ver el mohín que hizo y cómo se enfurruñó con el pecho. En esto, el palomar empezó á tambalearse. No hubo necesidad, os lo juro, de que me dijeran que echase yo á correr. Y desde aquel tiempo han pasado once años, porque entonces ella ya podía tenerse en pie solita, ¡qué digo! Por mi santiguada, si ya podía correr y andar como un pato de una parte á otra, porque cabalmente el día antes se hizo ella un chichón en la frente, y entonces mi marido (de Dios goce su alma) – era un hombre muy chusco, - levantó del suelo á la chiquilla, y le dijo: ¡Vaya! ¿Te caes de bruces? Cuando tengas más juico te caerás de espaldas. ¿No es eso Julia? Y por mi salvación, la bribonzuela cesó de llorar en seco, y dijo: Sí . ¡A ver ahora como una burla se convertirá en veras! Os aseguro que aunque viviera yo mil años, nunca lo olvidaría: ¿No es eso Julia? dijo él, y la loquilla se reprimió y dijo: Si.
SRA. DE CAP.
- Basta de eso. Cállate, por favor.
NODRIZA.
- Ya, ya, señora. Pero no puedo menos de reirme al pensar que ella dejó de llorar y dijo: Sí ; y eso que, os lo aseguro, tenía en la frente un chichón tan grande como una criadilla de gallo tierno, un porrazo tremendo, y ella lloraba sin consuelo. ¡Vaya! dijo mi marido; ¿te caes de bruces? Ya te caerás de espaldas cuando seas mayor. ¿No es verdad, Julia? y la chiquilla se reprimió y dijo: Si.
JULIETA.
- Y hazme el favor de reprimirte tú también, ama, te digo.
NODRIZA.
- Sosiégate; ya he concluido. Dios te favorezca con su gracia. Tú fuiste la criatura más gachona que he criado jamás; y si llegara yo á vivir bastante para verte algún dia casada. Quedarían cumplidos mis deseos.
SRA. DE CAP.
- Por cierto, que de casarla es precisamente de lo que iba yo á hablar. Dime, Julieta, hija mía: ¿sientes inclinación a casarte?
JULIETA.
- Es un honor en que nunca había yo soñado.
NODRIZA.
- ¡Un honor! Si no fuera yo tu única nodriza, diría que habías mamado la sabiduría en los pechos á que te criaste.
SRA. DE CAP.
- Pues bien, hora es ya de pensar en el matrimonio. Aquí en Verona otras hay más jóvenes que tú, señoras que gozan de gran estimación, y ya son madres; yo misma, según mis cuentas, era ya tu madre mucho antes de esa edad en que tú eres doncella todavía. Así, pues, te lo diré en breves palabras: el arrogante Páris te solicita por esposa.
NODRIZA.
- ¡Qué hombre, señorita! Señora, es un hombre… vaya, ¡la mar! Digo, digo; si es una figura de cera.
SRA. DE CAP.
- El estio de Verona no tiene alguna flor que le iguale.
NODRIZA.
- ¡Vaya si es una flor! Una verdadera flor, á fe mía.
SRA. DE CAP.
- ¿Qué dices? ¿Amarás á ese hidalgo? Esta noche le verás en nuestra fiesta. Lee en el libro del rostro del joven Páris, y descubre allí el encanto escrito con la pluma de la gentileza; examina la armonía de todas sus facciones y como ellas se prestan realce mutuamente; y si algo obscuro hay en este hermoso libro, búscalo escrito en el margen de sus ojos. Este precioso libro de amor, este amante sin enlace, para completar su belleza sólo necesita una cubierta. El pez vive en el mar, y es un grande orgullo para la belleza exterior encubrir la belleza interior. El libro que, encerrando una aurea leyenda, está adornado con chapas de oro, participa de la gloria de ellas á los ojos de multitud de gente; así también tú, teniéndole á él, participarás de todo cuanto posee, sin recibir mengua alguna.
NODRIZA.
- ¿Mengua? ¡Quiá! ¡Aumento! Junto á los hombres, las mujeres abultan más.
SRA. DE CAP.
- Habla sin rodeos. ¿Verás con agrado el amor de Páris?
JULIETA.
- Veré de amarle, si es que el ver mueve el amar; pero los dardos de mis ojos no irán más allá de lo que consienta la fuerza que á su vuelo preste vuestra licencia.
(Entra un CRIADO.)
CRIADO.
- Señora, han llegado ya los convidados; la cena está servida; piden por vos; preguntan por la señorita; en la despensa están diciendo al ama, y todo está en el colmo del movimiento. Yo tengo que irme para servir, os ruego que vengáis sin tardar.
SRA. DE CAP.
- Te seguimos.
((Vase el criado.))
NODRIZA.
- Ve, niña; busca felices noches á los días felices.
((Vanse.))
ESCENA IV
(Una calle.)
(Entran ROMEO, en disfraz de peregrino, MERCUCIO, BENVOLIO con otras cinco ó seis máscaras y otras personas, algunas de ellas llevando hachones.)
ROMEO.
– Y bien, ¿recitamos en descargo nuestro este discurso, ó nos colamos dentro sin andarnos en apologías ni requilorios?
BENVOLIO.
– Esas engorrosas arengas pasaron ya de moda. No tendremos ningún Cupido con una venda en los ojos y en la mano un arco tártaro hecho de una lista de pintada madera, asustando á las damas como si fuera un espantajo; ni tampoco para entrar tendremos ningún prólogo sin libro, pronunciado con voz desmayada siguiendo al apuntador. Que nos midan como ellos quieran; por nuestra parte les mediremos algún paso de danza, y luego nos marcharemos.
ROMEO.
– A mí dadme una antorcha; no estoy yo por esos contoneos. Como estoy tan sombrío, quiero llevar la luz.
MERCUCIO.
– ¡Quita, quita, querido Romeo! Queremos que bailes.
ROMEO.
– No, creedme. Vosotros lleváis zapatos bailones de suela ligera; y yo tengo el alma de plomo, que me deja clavado en el suelo sin que pueda yo moverme.
MERCUCIO.
– Tú estás enamorado; pide á Cupido te preste sus alas, y remóntate con ellas á desusadas alturas.
ROMEO.
– Estoy demasiado cruelmente herido por su saeta para remontarme con sus leves alas, y, encadenado como estoy, no puedo saltar un punto por encima de la negra pesadumbre. Caigo agobiado bajo la abrumadora carga del amor.
MERCUCIO.
– Y, á caerle tú encima, aplastarías al Amor con tu peso: harto grande opresión para un sér tan tierno.
ROMEO.
– ¿Tierno el amor? Es demasiado rudo, demasiado brutal, demasiado violento, y pincha como el abrojo.
MERCUCIO.
– Si Amor es rudo contigo, sé tú rudo con él, y puesto que él te pica á ti, híncale tú el pincho, y cátale rendido. Dadme un estuche en que poner mi rostro. (Poniéndose el antifaz). ¡Una careta para otra careta! ¿Qué me importa á mí ahora que algún ojo curioso advierta mis deformidades? Aquí están estos mofletes de cartón que se ruborizarán por mí.
BENVOLIO.
– ¡Ea! ¡Llamad, y adelante; y no bien estemos dentro, que cada cual recurra á sus piernas.
ROMEO.
—Una antorcha para mí. Los casquivanos de corazón alegre hagan en buen hora cosquillas con los pies á los insensibles juncos; por mi parte, aténgome al refrán del abuelo; yo tendré la luz, y miraré. El juego nunca se presintió mejor, y yo he concluído de jugar. Mis negros duelos no se concilian con los regocijos de esta noche.
MERCUCIO.
– ¡Bah! De noche todos los gatos son pardos, como dijo el otro, y si eres tú de un color parecido, te sacaremos de ese lodazal (con perdón sea dicho) de tu amor, en que te hallas hundido hasta las orejas. Ea, ven; que estamos alumbrando al sol.
ROMEO.
– No, eso no es cierto.
MERCUCIO.
– Quiero decir, caro amigo, que con esas dilaciones, gastamos en vano nuestras luces, como sí fueran lámparas encendidas en pleno día. Toma mis palabras en su verdadero sentido, puesto que nuestra intención se halla cinco veces en él antes que una sola vez en nuestras cinco potencias.
ROMEO.
– Y nosotros tenemos buena intención al concurrir á esta mascarada, pero es una falta de sentido ir á ella.
MERCUCIO.
– ¿Y puede saberse por qué?
ROMEO.
– Esta noche he tenido un sueño.
MERCUCIO.
– También yo.
ROMEO.
– Veamos, ¿qué soñaste?
MERCUCIO.
– Que los soñadores suelen mentir.
ROMEO.
– Sí, pero mientras están dormidos en la cama, sueñan cosas verídicas.
MERCUCIO.
– ¡Ah! Ya veo, pues, que te ha hecho una visita la reina Mab. Ella es la partera de las ilusiones, y en una figura no mayor que la piedra ágata que brilla en el dedo índice de un regidor, preséntase arrastrada por un tronco de átomos diminutos por las narices de los hombres mientras están dormidos. Los rayos de las ruedas de su coche son fabricados de largas patas de araña; la cubierta, de alas de saltamontes; los tirantes, de finísima telaraña; los arneses, de húmedos rayos de la luna; su látigo es un hueso de grillo; la traílla de hebra sutil; su auriga es un pequeño cinife de librea gris, que no es ni la mitad tan grande como el redondo gusanillo que con la punta de un alfiler se saca del perezoso dedo de una doncella; su carroza es una cáscara de avellana labrada por la ardilla, maestra carpintera, ó por el viejo gorgojo, que de tiempo inmemorial son los artífices de carruajes de las hadas. Y con ese fastuoso tren galopa noche tras noche por los sesos de los enamorados, que luego sueñan con amores; sobre las rodillas de los cortesanos; que al punto sueñan con reverencias; por los dedos de los abogados que inmediatamente sueñan con honorarios; por los labios de las damas, que acto contínuo sueñan con besos, por esos labios que á menudo la airada reina Mab infecta de pupas, por haber ellas viviado su aliento con aromáticos dulces. Ora galopa por la nariz de un palaciego, y entonces sueña él que anda husmeando una promoción; ora viene ella, y con el rabo de un lechón del diezmo hace cosquillas en la nariz de un canónigo mientras duerme, y le hace soñar con una nueva prebenda; ora se pasea en su carroza por el cuello de un soldado, y entonces sueña él con degüellos de enemigos, brechas, emboscadas, hojas toledanas, brindis y tragos sin fin; y á lo mejor del caso toca ella junto á su oído un redoble de tambor, con lo cual despierta él sobresaltado, y con semejante susto en el cuerpo reniega una oración ó dos, y se queda otra vez dormido. Esta propia Mab es la que durante la noche trenza las crines de los caballos y conglutina las enmarañadas greñas en feos y asquerosos nudos de cabello, que una vez desenredados, presagian grandes calamidades. Esta es la bruja que cuando las doncellas están tendidas boca arriba en la cama, las aprieta y las enseña primero á resistir haciendo de ellas mujeres de mucho aguante; esta es la que...
ROMEO.
– Basta, basta, Mercucio; no dices más que vaciedades.
MERCUCIO.
– Es verdad, hablo en sueños, que son los hijos de un cerebro ocioso, engendrados tan sólo por la vana fantasía, insubstancial como el aire y más variable que el viento, que ahora acaricia el seno helado del Norte, y una vez irritado, da bufidos desde allí volviendo la faz al mediodía destilador de rocío.
BENVOLIO.
– Ese viento de que estás hablando nos arrastra lejos de nosotros mismos; la cena habrá terminado ya, y llegaremos demasiado tarde.
ROMEO.
– Yo creo que demasiado temprano, porque mi corazón presiente que algún fatal suceso, todavía suspendido en los astros, va á comenzar amargamente su temible curso con los bulliciosos regocijos de esta noche, y pondrá término á esta odiosa vida encerrada en mi pecho, con el golpe aleve de prematura muerte. Pero que Aquel que gobierna el timón de mi existencia guie mi nave. Adelante, alegres camaradas.
BENVOLIO.
– Bate, tambor.
((Vanse).)
ESCENA V
(Salón en casa de CAPULETO.)
(Unos MÚSICOS que están esperando. Entran dos CRIADOS con servilletas.)
CRIADO 1.º
– ¿Dónde está Peroles, que no me ayuda á quitar la mesa? ¿El cambiar un plato? ¿El fregar un plato?
CRIADO 2.º
– Cuando el cuidado de una casa está en manos de uno ó dos solamente, y aun estás sin lavar, es un asco.
CRIADO 1.º
– ¡Afuera las banquetas plegadizas, quita el aparador, ojo á la vajilla de plata! Oye, mi buen amigo: resérvame un trozo de mazapán, y puesto que me aprecias, haz que el portero deje entrar á Susana Asperón y á Leonor. (Llamando). ¡Antonio! ¡Peroles!
(Entran otros DOS CRIADOS.)
CRIADO 3.º
– Ya voy, chico.
CRIADO 1.º
– En el salón grande os necesitan, os llaman, preguntan por vosotros y os andan buscando.
CRIADO 3.º
– No podemos estar á la vez aquí y allí.
CRIADO 2.º
– Vivo, vivo, muchachos; menearse un poco, y el último que quede arramble con todo.
((Se retiran hacia el foro).)
(Entran CAPULETO, JULIETA, TIBALDO y otras personas de la casa, disponiéndose á recibir á los convidados y máscaras, que entran por la parte opuesta.)
CAPULETO.
– ¡Bien venidos, señores! Las damas que no tengan callos en los pies se dignarán dar unas vueltecitas con vosotros. ¡Ajajá, señoras mías! ¿Quién será de vosotras que se niegue ahora á bailar? La que se haga la melindrosa, de juro, es que tiene callos. Que tal, ¿lo acerté? (A otros invitados que van llegando.) Bien venidos seáis, caballeros. En mis buenos tiempos también me ponía yo antifaz, y sabía contar en voz baja al oído de una hermosa dama algún cuentecillo muy agradable; pero ¡se acabó, se acabó, se acabó!... (A Romeo y sus compañeros.) Sed bien venidos, señores. Ea, músicos, á tocar. ¡Plaza, plaza! Despejar un poco, y á bailar con pie ligero, niñas. (Los músicos tocan y empieza el baile.) Más luz, muchachos. Retirad las mesas, apagad la lumbre, que hace demasiado calor en este salón. ¡Ah, compadre! Nos viene de perlas esta inesperada fiesta. Vaya, sentaos, sentaos, querido primo Capuleto. Para vos y para mí ha pasado ya el tiempo de bailar. ¿Cuánto tiempo hará de la última vez que estuvimos en un baile de máscaras?
CAPULETO 2.º
– ¡Virgen Santa! Treinta años.
CAPULETO 1.º
– ¡Qué estáis ahí diciendo, hombre! No tanto, no tanto. De las bodas de Lucencio, venga la Pascua tan aprisa como quiera, hace veinte y cinco años, y entonces nos disfrazamos.
CAPULETO 2.º
– Hace más tiempo, más tiempo. Si su hijo tiene más edad, señor mío; su hijo cuenta ya treinta años.
CAPULETO 1.º
¡Qué me decís á mí! Hace dos años que su hijo no había salido aún de tutela.
ROMEO.
– (A un criado, señalando á Julieta.) ¿Qué dama es aquella que enriquece la mano de aquel caballero?
CRIADO.
– No sé decíroslo, señor.
ROMEO.
– ¡Oh! De ella debe aprender á brillar la luz de las antorchas. Con su hermosura, parece que cuelga en la mejilla de la noche como una valiosa joya en la oreja de una etíope. ¡Belleza harto exquisita para gozar de ella; harto preciosa para la tierra! Cual nívea paloma en medio de una bandada de cuervos, se muestra esa dama entre sus compañeras. Luego que termine el baile, observaré donde vaya ella á colocarse, y con el contacto de la suya haré venturosa mi ruda mano. ¿Por dicha amó hasta ahora mi corazón? Jurad que no, ojos míos, pues hasta la noche presente jamás ví la verdadera hermosura.
TIBALDO.
Por su voz ese hombre debe de ser un Montesco. ¿Cómo se atreve el menguado á venir aquí, cubierto el rostro con grotesco antifaz, para hacer befa y ludibrio de nuestra solemne fiesta? A ser ello así, juro por mi linaje y el honor de mi familia que no tendría por pecado tenderle muerto á mis pies.
CAPULETO 1.º
– ¡Hola! ¿Qué acontece, sobrino? ¿Por qué así te alteras?
TIBALDO.
– Tío, ese hombre es un Montesco, un adversario nuestro, un villano que por despecho ha venido aquí esta noche para escarnecer nuestro brillante festín.
CAPULETO.
– ¿No es el joven Romeo?
TIBALDO.
– El mismo, ese villano Romeo.
CAPULETO.
– Sosiégate, caro sobrino, déjale en paz, pues se porta cual noble caballero, y á decir verdad, Verona está enorgullecida de él por ser un joven virtuoso y de intachable conducta. No quisiera yo, á trueque de todas las riquezas de la ciudad, inferirle aquí en mi casa el menor ultraje. Así pues, cálmate, y no te ocupes más de él. Esta es mi voluntad, y si tú la respetas, muestra un aire afable y depón ese ceño, ese talante fiero que tan mal cuadra en una fiesta.
TIBALDO.
– Es el que mejor cuadra cuando entre los concurrentes hay un canalla como ése. No le sufriré.
CAPULETO.
– Le sufrirás. ¡Vaya unas ínfulas gasta el nene! Le sufrirás, te digo. ¡Vaya! ¿Quién manda aquí, tú ó yo? ¡Vaya! ¿Que no le sufrirás? ¡Dios me perdone! ¿Vas á pomover un motín entre mis huéspedes? Tú quieres tener mucho gallo y echarlo todo á rodar. ¡Vamos! Que para esas cosas eres aún muy niño.
TIBALDO.
– Pero tío, eso es una vergüenza...
CAPULETO 1.º
– ¡Anda, anda! Vete á paseo. Eres un chiquillo impertinente. ¿Conque es una vergüenza, eh? Cuidado no te cueste la cosa, y bien sé lo que me digo. ¡Pues no faltaba más que vinieras á llevarme la contra! Pardiez, ¡en buena ocasión!... (A los que bailan.) ¡Bravamente, hijos míos!... (A Tibaldo.) Eres un fachendoso. Vamos, haya paz, ó de lo contrario... (A uno de los criados.) ¡Más luz, más luz! (A Tibaldo) ¡Eso es un escándalo! Pero yo te bajaré los bríos. ¡Ea, animarse, hijos míos!
TIBALDO.
– La paciencia forzada chocando con una voluntaria cólera hacen estremecer mi cuerpo cada vez que se encuentran. Voy á retirarme, pero esa intrusión que ahora parece tan dulce, se trocará en amarguísima hiel.
((Vase.))
ROMEO.
– (Tomando la mano de Julieta.) Si con mi diestra por demás indigna profano yo ese santo sagrario, sea esta la dulce expiación: mis labios, cual dos ruborizados peregrinos, están prestos á suavizar con un tierno beso este rudo contacto.
JULIETA.
– Buen peregrino, injusto en demasía sois con vuestra mano, que en esto sólo muestra respetuosa devoción; pues los santos tienen manos á quienes tocan las manos de los peregrinos, y enlazar palma con palma es el ósculo de los piadosos palmeros.
ROMEO.
– ¿No tienen acaso labios los santos y también los piadosos palmeros?
JULIETA.
– Si tal, peregrino: labios que han emplear en la oración.
ROMEO.
– ¡Oh! Siendo así, santa adorada, permite que hagan los labios lo que hacen las manos; ellos te ruegan, accede tú, no sea que la fe se mude en desesperación.
JULIETA.
– Los santos no se mueven, aun cuando accedan á las súplicas.
ROMEO.
– Entonces no te muevas mientras recojo el fruto de mis preces. Así, mediante vuestros labios, los míos quedan limpios de pecado.
((La besa.))
JULIETA.
– De esta suerte pasó á mis labios el pecado que ellos han contraído...
ROMEO.
– ¿Pecado contraído de mis labios? ¡Oh culpa deliciosamente transferida! Devolvedme, pues, el pecado mío.
JULIETA.
– Vos besáis en toda regla.
NODRIZA.
– Señorita, vuestra madre desea deciros dos palabras.
((Julieta se retira.))
ROMEO.
– (A la Nodriza.) ¿Quién es su madre?
NODRIZA.
– Pardiez, mancebo; su madre es la señora de la casa, y es una buena señora, prudente y virtuosa. Yo crié á su hija, esa con quien estábais hablando, y os aseguro que aquel que logre pescarla, tendrá no poco din.
ROMEO.
– ¿Es Capuleto ella? ¡Oh, cuán cara me sale la cuenta! Debo la vida á mi enemigo.
BENVOLIO.
– (A Romeo.) ¡Afuera! Vámonos; la fiesta ha llegado al colmo de su esplendor.
ROMEO.
– Así lo temo, y tanto mayor es mi intranquilidad.
CAPULETO.
– Eh, señores; no os dispongáis á salir. Nos espera un modesto é insignificante refrigerio. (Romeo y sus amigos se excusan con ademanes.) ¿Conque insistís? Entonces os doy las gracias á todos. Gracias, respetables caballeros; adiós... ¡Más antorchas aquí!... Adelante, pues; vámonos á acostar. (A Capuleto 2.º.) Ah, querido! A fe mía, va haciéndose tarde. Voyme á descansar.
((Vanse todos, menos Julieta y la Nodriza.))
JULIETA.
– Ama, ven acá. ¿Quién es aquel caballero?
NODRIZA.
– Es el hijo y heredero del viejo Tiberio.
JULIETA.
– ¿Quién es aquel que ahora sale de la puerta?
NODRIZA.
– Pardiez, pienso que es el joven Petruchio.
JULIETA.
– Y aquel que le sigue, que no quería bailar, ¿quién es?
NODRIZA.
– Yo no sé.
JULIETA.
– Ve, pregunta su nombre. (Vase la nodriza.) Si está casado, mi tumba ha de ser probablemente mi lecho nupcial.
NODRIZA.
– (Volviendo.) Se llama Romeo, y es Montesco. Es el hijo único de vuestro mayor enemigo.
JULIETA.
– ¡Mi único amor nacido de mi único odio! ¡Harto pronto le vi sin conocerle, y harto tarde le conocí! ¡Portentoso fruto del amor es para mí, que tenga yo que amar á un enemigo execrado!
NODRIZA.
– ¿Qué decís, qué decís?
JULIETA.
– Unos versos que acabo de aprender de uno con quien bailaba.
UNA VOZ DENTRO.
– ¡Julieta!
NODRIZA.
– Al momento, al momento. Venid, salgamos; todos los huéspedes se han ido ya.
((Vanse.))
Acto II
PRÓLOGO
(Entra el CORO.)
EL CORO.
– El antiguo deseo yace ahora en su lecho de muerte, y una joven pasión aspira á ser su heredera. Aquella beldad por quien el amante suspiraba y quería morir, comparada con la tierna Julieta, ha dejado de ser bella. Ahora Romeo es amado, y ama él á su vez. Igualmente hechizados están los dos amantes por el encanto de sus miradas; pero él ha de expresar sus querellas á la supuesta enemiga suya, y ella ha de robar de temibles anzuelos el delicioso cebo del amor. Considerado como adversario, no puede él acercarse á su amada para expresarle aquellos votos que suelen hacer los amantes, y ella, igualmente enamorada, cuenta aún con menos medios para verse en alguna parte con su recién amado. Mas la pasión les presta fuerza, y el tiempo medios para encontrarse, suavizando con extremada dulzura el extremado rigor de la suerte.
((Vase.))
ESCENA PRIMERA
(Una callejuela contigua al jardín de Capuleto.)
(Entra ROMEO.)
ROMEO.
– ¿Cómo ir más lejos cuando mi corazón está aquí? Vuelve atrás, tierra inerte, y encuentra tu centro.
((Escala el muro y salta al jardín.))
(Entran BENVOLIO y MERCUCIO.)
BENVOLIO.
– ¡Romeo! ¡Caro primo Romeo!
MERCUCIO.
– Es un chico muy sesudo, y por mi vida, juraría que nos ha dado esquinazo para irse á acostar.
BENVOLIO.
– Andaba apresuradamente por aquí y ha saltado la tapia de este jardín. Llámale, amigo Mercucio.
MERCUCIO.
– Más haré yo: le conjuraré también. ¡Romeo! ¡caprichos! ¡insano! ¡pasión! ¡amante! Aparece en forma de suspiro; recita un verso siquiera, y me doy por satifecho. Exclama únicamente: ¡Ay de mí! Aparea tan sólo anhelo y mi cielo ; echa un piropo á mi comadre Venus; inventa un apodo para su ciego hijo y heredero, el tierno Abraham Cupido, aquel que hizo un disparo tan certero cuando el rey Cofétua se enamoró de la joven mendiga... Pero no oye, ni se agita, ni se mueve. El pobrecillo estará bien muerto, y no habrá más remedio que conjurarlo. ¡Por los brillantes ojos de Rosalina, por su alta frente y sus labios de coral, por su hechicero pie, esbelta pierna, tremulento muslo y por los territorios allí adyacentes, yo te conjuro para que te nos aparezcas en tu propia figura!
BENVOLIO.
– Si te oye le vas á disgustar.
MERCUCIO.
– No, esto no puede disgustarle; lo que le causaría un disgusto sería hacer surgir en el círculo de su ninfa un fantasma de extraña naturaleza, y dejarle erguido allí hasta que ella le hubiese abatido á fuerza de exorcismos. Esto sí que le causaría despecho; pero mi evocación es razonable y honesta, y en nombre de su dama tan sólo le conjuro para hacerle surgir á él.
BENVOLIO.
– Vamos, se habrá escondido entre estos árboles para estar en consorcio con la vaporosa noche. Su amor es ciego, y en ninguna parte se halla mejor que en la obscuridad.
MERCUCIO.
– Si amor es ciego, no puede dar en el blanco. Ahora se estará Romeo sentado al pie de un níspero deseando que su dama sea esa especie de fruta que las muchachas designan con un nombre muy expresivo cuando bromean á solas. ¡Ah, Romeo! ¡Si ella fuese, oh, si ella fuese un etcétera abierto, y tú una pera poperina !... Romeo, buenas noches. Yo me voy á mi cama de ruedas; este lecho de campaña es demasiado frío para que pueda yo dormir. Ea, ¿vámonos?
BENVOLIO.
– Vámonos, pues. Porque es trabajo perdido buscar en este sitio á quien no quiere que le hallen.
((Vanse.))
ESCENA II
(El jardín de Capuleto.)
(Entra ROMEO.)
ROMEO.
– Ríese de las llagas quien nunca recibió herida alguna. Aparece JULIETA en un balcón. Pero ¡silencio! ¿Qué resplandor se abre paso á través de aquella ventana? Es el oriente, y Julieta el sol. Aparece, sol hermoso, y mata la envidiosa luna, que ya languidece y se pone pálida de sentimiento porque tú, doncella suya, la aventajas mucho en belleza. No la sirvas, puesto que es envidiosa; su vestal exterior es enfermizo y verdoso, como el color del vestido que llevan los bufones; deséchalo. Es mi dueño; ¡oh, es mi amor! ¡Ah! ¡si ella supiera que lo es!... Habla, pero nada deja oir; mas ¿qué importa? Hablan sus ojos; voy á responderles. Pero soy harto presuntuoso; no es á mí á quien habla: dos de las más hermosas estrellas del firmamento, teniendo algún quehacer, ruegan á sus ojos que resplandezcan en sus esferas hasta su regreso. ¿Y si estuviesen los ojos de ella en el cielo, y las estrellas en su rostro? No; la brillantez de su semblante avergonzaría aquellos astros, como la luz del día avergüenza la de una lámpara. Sus ojos, desde la celeste bóveda, despedirían á través de la región etérea unos rayos de luz tan esplendorosos, que los avecillas empezarían á gorjear pensando que no era de noche... ¡Ved cómo apoya la mejilla en su mano! ¡Ah! ¡Si fuera yo guante de tal mano para poder tocar esa mejilla!
JULIETA.
¡Ay de mí!
ROMEO.
Ella habla... ¡Oh, habla de nuevo, ángel resplandeciente! Pues eres tan esplendorosa esta noche, estando encima de mi cabeza, como un alado mensajero celeste ante los ojos puestos en blanco y maravillado de los mortales que se inclinan hacia atrás para contemplarle cuando él, montado sobre las perezosas nubes, navega en el seno del aire.
JULIETA.
¡Ah, Romeo, Romeo! ¿Por qué eres tú Romeo? Niega á tu padre y desecha tu nombre; ó si esto no quieres, júrame tan sólo que me amas, y al punto dejaré yo de ser Capuleto.
ROMEO.
¿Seguiré escuchando, ó responderé á sus palabras?
JULIETA.
Sólo tu nombre es mi enemigo. Tú eres tú mismo, seas ó no seas Montesco. ¿Qué es Montesco? No es mano, ni pie, brazo, rostro ni otra parte alguna de hombre. ¡Oh! ¡Sea otro tu nombre! ¿Qué hay en un nombre? Aquello que llamamos rosa ¿no exhalaría con cualquiera otra denominación el mismo grato perfume? Así también Romeo, aun cuando no se apellidara Romeo, conservaría sin tal título las raras perfecciones que atesora. Romeo, abdica tu nombre, y á trueque de ese nombre que no forma parte de ti, tómame á mi entera.
ROMEO.
– Te cojo por la palabra. Llámame tan sólo «amor mío», y seré de nuevo bautizado. Desde este instante, nunca más seré Romeo.
JULIETA.
– ¿Quién eres tú, que así envuelto en la noche, de tal modo sorprendes mi secreto?
ROMEO.
– Con un nombre no sé cómo expresarte quién soy. Mi nombre, santa adorada, me es odioso porque es para tí un enemigo. A tenerla escrita, rasgara yo tal palabra.
JULIETA.
– Mis oídos no han bebido aún cien palabras proferidas por esa lengua, y á pesar de ello conozco el acento. ¿No eres tú Romeo y Montesco?
ROMEO.
– Ni uno ni otro, hermosa niña; si te desplace cualquiera de los dos.
JULIETA.
– Pero dime: ¿cómo viniste aquí, y para qué? Las tapias del jardín son altas y difíciles de escalar, y el sitio es de muerte, considerando quien eres tú, si alguno de mis deudos te sorprende aquí.
ROMEO.
– Con ligeras alas de amor salvé estos muros, pues no hay cerca de piedra que pueda atajar el amor, y aquello que el amor puede hacer, aquello que el amor osa intentar; así que, tus deudos no son estorbo para mí.
JULIETA.
– Te quitarán la vida si te descubren.
ROMEO.
– ¡Ah! Más peligro hay en tus ojos que en veinte espadas de ellos. Mírame sólo con amor, y estoy fuerte contra su enemistad.
JULIETA.
– Por todo el mundo no quisiera yo que te vieran en este sitio.
ROMEO.
– Tengo el manto de la noche para ocultarme á sus miradas; y si no me amas, déjales que me hallen aquí. Vale más terminar mi vida siendo víctima de su odio, que diferir la muerte, falto de tu amor.
JULIETA.
– ¿Quién fué tu guía para descubrir este sitio?
ROMEO.
– Amor. El fué quien me incitó primero á inquirir; prestóme él consejo, y yo le presté mis ojos. No soy piloto, y á pesar de ello, aunque estuvieras tan lejos como la dilatada ribera que baña el más remoto mar, no vacilaría yo en arriesgarme por semejante mercancía.
JULIETA.
– Bien sabes que cubre mi rostro el velo de la noche; de otra suerte, virginal rubor teñiría mis mejillas por lo que me oíste expresar esta noche. Gustosa quisiera yo guardar las formas; gustosa, sí, muy gustosa negar cuanto dije. Mas, dejémonos de ceremonias. ¿Me amas de veras? Bien sé que me dirás que sí, y yo te creeré sobre tu palabra; además, si lo juras, puedes resultar falso, y de los perjurios de los amantes diz que Júpiter se ríe. ¡Oh! Dulce Romeo, si de veras me quieres, decláralo sinceramente; ó si tú imaginas tal vez que yo me dejo seducir sobrado pronto, me pondré ceñuda, seré esquiva, y así tendrás empeño en galantearme; de otra suerte, por nada del mundo haría yo tal. A la verdad, gentil Montesco la pasión me hace ser harto indiscreta y por tal motivo acaso tacharás de liviana mi conducta. Mas créeme, noble doncel, yo daré pruebas de ser más sincera que aquellas que tienen más destreza en disimular. Sí; hubiera yo sido más reservada, debo confesarlo, á no haber tú oído por azar, y antes que yo lo advirtiera, los apasionados desahogos de mi verdadero amor. Perdóname, pues, y no achaques á liviano amor esta flaqueza mía, que así ha descubierto la obscura noche.
ROMEO.
– Dueño mío, por esa luna bendita que platea las copas de todos estos árboles, te juro...
JULIETA.
– ¡Ah! No jures por la luna, por la inconstante luna que cada mes cambia al girar en su órbita; no sea que tu amor resulte igualmente variable.
ROMEO.
– ¿Por qué juraré, pues?
JULIETA.
– No jures en manera alguna; ó si te empeñas, jura por tu agraciada persona, que es el dios de mi idolatría, y te creeré.
ROMEO.
– Si el ardiente amor de mi pecho...
JULIETA.
– Bien, no jures. Aunque cifro mi dicha en ti, no me dan gusto los esponsales de esta noche; son asaz bruscos, asaz temerarios, asaz repentinos; harto semejantes al rayo, que se extingue antes que uno tenga tiempo de nombrarlo. ¡Adiós, mi bien! Este capullo de amor, madurado por el ardiente hálito del estío, quizá esté convertido en galana flor cuando nos veamos otra vez. ¡Adiós! ¡Buenas noches! Tan dulce descanso y sosiego llegue á tu corazón como al que está dentro de mi pecho.
ROMEO.
– ¿Y asi me dejas tan poco satisfecho?
JULIETA.
– ¿Qué satisfacción puedes lograr esta noche?
ROMEO.
– Cambiar con el mío el fiel juramento de tu amor.
JULIETA.
– Te he dado ya mi palabra antes que tú me la pidieras, y á pesar de ello, quisiera tener que dártela aún.
ROMEO.
– ¿Pretenderías acaso retirarla? ¿A qué fin, amor mío?
JULIETA.
– Sólo para ser franca, y dártela una vez más; y con todo, no anhelo sino aquello que ya poseo. Mi generosidad es tan ilimitada como el océano, y como éste es profundo mi amor. Cuanto más te doy, tanto más tengo, pues lo uno y lo otro son infinitos. (La Nodriza llama dentro.) Oigo rumor allá dentro. Amor mío, adiós. – Al momento, buena ama. – Dulce Montesco, sé fiel. Espera un instante no más; vuelvo en seguida.
((Vase.))
ROMEO.
– ¡Oh, bendita, bendita noche! Mucho temo que siendo ahora de noche, todo esto no sea más que un sueño demasiado dulce y halagador para ser real.
(Reaparece JULIETA en el balcón.)
JULIETA.
– Dos palabras, querido Romeo, y adiós de veras. Si son honestas tus miras amorosas, y tu designio es el matrimonio, hazme saber mañana, por conducto de una persona que yo procuraré enviarte, dónde y á que hora quieres tú efectuar la ceremonia, y poniendo mi suerte á tus pies, te seguiré como á mi dueño y señor hasta el fin del mundo.
NODRIZA.
– (Dentro.) ¡Señorita!
JULIETA.
– Voy al punto. (A Romeo.) Mas si no son puras tus intenciones, conjúrote...
NODRIZA.
– (Dentro.) ¡Señorita!
JULIETA.
– En seguida voy. (A Romeo.) Conjúrote pongas fin á tus galanteos, y me dejes abandonada á mi dolor. Mañana enviaré.
ROMEO.
– Así logre mi alma la felicidad...
JULIETA.
– ¡Mil veces buenas noches!
((Vase.))
ROMEO.
– ¡Pésimas mil veces faltando la luz tuya! El amor corre hacia el amor como los escolares se alejan de sus libros; mas el amor se aleja del amor como los niños se dirigen á la escuela con ojos apesarados.
((Se retira lentamente.))
(Reaparece JULIETA en el balcón.)
JULIETA.
– ¡Pst! Romeo, ¡pst!... ¡Ah! ¡Quién tuviera la voz del halconero para atraer de nuevo aquí este dócil terzuelo! La esclavitud está enronquecida y no puede hablar en alta voz; de otra suerte, haría yo estremecer la caverna donde habita Eco, y pondría su lengua aérea más ronca que la mía a fuerza de repetir el nombre de mi Romeo... ¡Romeo!
ROMEO.
– (Acercándose.) Es mi adorada la que me llama por mi nombre. ¡Cuán dulce y argetina suena en medio de la noche la voz de los amantes, cual música suavísima al atento oído!
JULIETA.
– ¡Romeo!
ROMEO.
– ¡Mi dulce bien!
JULIETA.
– ¿A qué hora quieres que yo envíe á ti mañana?
ROMEO.
– A las nueve.
JULIETA.
– No faltaré. Un siglo hay hasta entonces... No recuerdo para qué te llamé.
ROMEO.
– Deja que yo permanezca aquí hasta que lo recuerdes.
JULIETA.
– Lo olvidaría para tenerte siempre ahí, recordando lo mucho que me place tu compañía.
ROMEO.
– Y yo seguiré esperando siempre para que tú sigas en tu olvido, sin acordarme de otro hogar que éste.
JULIETA.
– Casi amanece ya. Quisiera que te hubieses ausentado ya, pero no más lejos que el pajarillo de una niña juguetona, que lo suelta de la mano dejando que salte un poco, cual infeliz preso aherrojado con sus grillos, y luego con un hilo de seda lo trae de nuevo hacia sí: ¡tan amorosamente celosa está de su libertad!
ROMEO.
– Quisiera yo ser tu pajarillo.
JULIETA.
– También lo quisiera yo, amor mío; pero te mataría á fuerza de caricias. ¡Adiós, adiós! La despedida es un pesar tan dulce, que me estaría yo repitiendo: ¡buenas noches! Hasta que fuese llegando el día.
((Vase.))
ROMEO.
– ¡Asiéntese en tus ojos el sueño, y en tu pecho el sosiego! ¡Quién me diera á mí ser sueño y sosiego para reposar tan dulcemente!... Desde aquí voyme á la celda de mi padre espiritual para implorar su ayuda y relatarle mi feliz suerte.
((Vase.))
ESCENA III
(Celda de Fray Lorenzo.)
(Entra FRAY LORENZO con una cesta.)
FRAY LORENZO.
– El alba de ojos grieses sonríe á la ceñuda noche jaspeando con rayas de luz las nubes del Oriente, y la moteada obscuridad, tambaleándose como un beodo, huye de la senda del día ante las ígneas ruedas del carro de Titán. Ahora, antes que el sol avance su ojo ardiente para alegrar el día y secar el húmedo rocío de la noche, debo llenar nuestra cesta de mimbres con hierbas nocivas y flores de precioso jugo. La tierra, que es madre de la naturaleza, es también su tumba; lo que es su hoya sepulcral, es su matriz; y de su seno nacidas, y chupando el sustento en su pecho maternal, encontramos criaturas de diversa especie, muchas de ellas excelentes por sus numerosas propiedades. No hay una sola que no tenga alguna, y sin embargo, todas son distintas. ¡Oh! Mucha es la poderosa virtud que reside en las hierbas, plantas, piedras, y sus verdaderas cualidades; pues no vive en la tierra cosa alguna tan despreciable que no proporcione á la tierra algún especial beneficio, ni hay cosa alguna tan buena que, desviada de su debido uso, reniegue de su orígen verdadero al caer en el abuso. La virtud misma, siendo mal aplicada, se convierte en vicio, y el vivio se ennoblece en algunos casos por la acción. Dentro del tierno cáliz de esta débil flor residen el veneno y una medicinal virtud; pues, oliéndola, juntamente con el olfato, recrea y anima cada una de las partes del cuerpo; gustándola, mata los sentido á la par que el corazón. En el hombre, lo mismo que en las plantas, se acampan siempre dos reinas bien opuestas: la bondad y la malignidad. Cuando predomina lo peor, muy pronto es devorada aquella planta por la gangrena de la muerte.
(Entra ROMEO.)
ROMEO.
– Buenos días, padre.
FRAY LORENZO.
– Benedicite! ¿Qué matinal voz me saluda tan dulcemente? Hijito mío arguye una cabeza alterada despedirse tan pronto del lecho. El cuidado vela de contínuo en los ojos del anciano; y allí donde se alberga el cuidado, jamás yacerá el sueño; empero allí donde la juventud indemne, con la cabeza libre de zozobras, se tiende para proporcionar descanso á los miembros, allí reina el dorado sueño. Así que, tu madrugar es para mí seguro indicio de que te ha despertado alguna inquietud; ó bien, de no ser así (y en este caso doy en lo justo), nuestro Romeo no se ha acostado esta noche.
ROMEO.
– Eso último es lo cierto; pero más dulce reposo ha sido el mío.
FRAY LORENZO.
– ¡Perdone Dios el pecado! ¿Estuviste con Rosalina?
ROMEO.
– ¿Con Rosalina, padre? No tal; he olvidado ese nombre y la amargura de ese nombre?
FRAY LORENZO.
– Muy bien hiciste, hijo mío. Pero, ¿dónde has estado entonces?
ROMEO.
– Voy á decírtelo antes que me lo preguntes de nuevo. He estado en un festín con mi contrario, y allí, de improviso, me hirió una persona á quien yo herí á mi vez. El remedio de ambos depende de tu auxilio y santa medicina. No abrigo rencor alguno, padre mío; porque, bien lo ves, mi intercesión favorece igualmente á mi enemigo.
FRAY LORENZO.
– Sé explícito, hijo mío, y llano en lo que intentes decir. Una confesión equívoca sólo encuentra un absolución equívoca.
ROMEO.
– Pues lisa y llanamente, sabe que el férvido amor de mi corazón está puesto en la hermosa hija del acaudalado Capuleto; y así como mi amor es para ella, el suyo es para mí, y sólo falta, para que sea completa nuestra unión, que nos unas tú en santo matrimonio. Cuándo, dónde y cómo nos vimos, nos enamoramos y cambiamos nuestros juramentos, te lo relataré andando nuestro camino. Pero lo que sí te ruego es que consientas en desposarnos hoy mismo.
FRAY LORENZO.
– ¡San Francisco bendito! ¡Qué mudanza es ésa! ¿Tan pronto has olvidado á Rosalina, á quien tan apasionadamente amabas? Entonces el amor de los jóvenes no está de fijo en el corazón, sino en los ojos. Jesu Maria! ¡Qué raudal de amargo llanto ha inundado tus pálidas mejillas por causa de Rosalina! ¡Cuánta agua salobre vertida inútilmente para sazonar un amor, que ni gusto de ella tiene. Aun no ha disipado el sol en el cielo las nubes de tus suspiros; todavía resuenan en mis viejos oídos tus antiguos lamentos; mira, aquí en tu mejilla está el rastro de una antigua lágrima que aun no se ha borrado. Si algún día tú fuiste tú mismo y esas cuitas eran las tuyas, tú y esas cuitas era todo para Rosalina; ¿y estás cambiado? Pronuncia, pues, esta sentencia: bien pueden caer las mujeres, cuando en los hombres no hay fortaleza.
ROMEO.
– Varias veces me reconveniste por amar á Rosalina.
FRAY LORENZO.
– Por idolatrarla, no por amarla, hijo mío.
ROMEO.
– Y me aconsejaste sepultar mi amor.
FRAY LORENZO.
– Mas no en una tumba en donde enterraras un amor para hacer surgir otro de ella.
ROMEO.
– Por favor, no me reprendas. Esta á quien amo ahora paga fineza con fineza, amor con amor. No obraba así la otra.
FRAY LORENZO.
– ¡Ah! Bien lo sabía ella: tu amor recitaba de memoria sin saber deletrear. Pero vamos, veleidoso mancebo, vente conmigo. Por cierta razón quiero yo asistirte, pues acaso resulte provechosa esta alianza, trocando en puro afecto el rencor de vuestras familias.
ROMEO.
– ¡Oh, partamos! Impórtame proceder con toda urgencia.
FRAY LORENZO.
– Despacio y con tiento: los que corren mucho dan tropezones.
((Vanse.))
ESCENA IV
(Una calle.)
(Entran BENVOLIO y MERCUCIO.)
MERCUCIO.
– ¿Dónde diablos se habrá metido ese Romeo? ¿No fué á su casa anoche?
BENVOLIO.
– A casa de su padre, no. He hablado con su doméstico.
MERCUCIO.
– ¡Ah! Esa macilenta mujerzuela de corazón empedernido, esa Rosalina le martiriza de un modo tal, que á buen seguro acabará él por volverse loco.
BENVOLIO.
– ¿Sabes que Tibaldo, el pariente del viejo Capuleto, le ha mandado un billete á casa de su padre?
MERCUCIO.
– Un cartel de desafío, por vida mía.
BENVOLIO.
– Romeo contestará á él.
MERCUCIO.
– Cualquiera que sepa escribir puede contestar á un billete.
BENVOLIO.
– No; á su autor es á quien contestará Romeo de la manera atrevida que él sabe, cuando se le atreve alguno.
MERCUCIO.
– ¡Ay, pobre Romeo! Cátale ya muerto. Herido por los negros ojos de una descolorida mozuela; atravesado de parte á parte el oído con canciones amorosas; lacerado el mismo centro de su corazón por la certera flecha del ciego arquerito, ¿es hombre él para habérselas con Tibaldo?
BENVOLIO.
– Y bien, ¿qué es al fin Tibaldo?
MERCUCIO.
– Algo más que príncipe de los gatos, puedo asegurártelo. ¡Oh! Es el más valeroso capitán de etiquetas y ceremonias. Se bate como cantarías tú una pieza con nota: guarda tiempos, distancia y medida; te da por descanso la pausa de una mínima: una, dos, y la tercera ¡zas! en medio del pecho. Es un verdadero matarife de botones de seda; un espadachín, un espadachín de primera; un caballero de primissimo rango, de la primera y segunda causa. ¡Ah! ¡El inmortal passado! ¡el punto reverso! ¡El hai!.. .
BENVOLIO.
– ¿El qué?
MERCUCIO.
– ¡Mal tabardillo les dé á esos farolones ridículos, ceceosos y pintureros; esos nuevos afinadores de palabras!... ¡Jesús! ¡Es una excelente espada! ¡es un hombre de copete! ¡una soberbia hetera!... Vaya, abuelo, ¿no es fuerte cosa que hayamos de vernos molestados por esos moscones exóticos, esos innovadores de modas, esos pardonnez-moi ,tan apegados á las nuevas formas, que no pueden estar cómodamente sentados en un banco viejo? ¡Oh! ¡sus bons , sus bons ! ¡Sus huesos habrían de pagarlo!
(Entra Romeo.)
BENVOLIO.
– Acá llega Romeo, acá llega Romeo.
MERCUCIO.
– Que apenas se llama Romeo y ha venido á quedarse como arenque salado. ¡Ay, carne, carne! ¡Cómo te has vuelto pescado! Ahora no está sino por los versos que fluían de la lira de Petrarca. Laura, al lado de su dama, no era más que una fregona; pero eso sí: tenía ella un amante más hábil para cantarla en sus rimas; Dido, una zarrapastrosa; Cleopatra, una gitana; Helena y Hero, mujerzuelas y rameras; Tisbe, una chica de ojos garzos, ó cosa así, pero que no le llega, ni con mucho. Signior Romeo, bon jour! Ahí va un saludo francés en honor á tus gregüescos á la francesa. Nos la pegaste muy lindamente anoche.
ROMEO.
– Buenos días, amigos. No sé de qué me hablas.
MERCUCIO.
– Que hiciste como las monedas falsas... ¿Todavía no caes?... Que te escurriste sin que nos diéramos cuenta de ello.
ROMEO.
– Perdona, buen Mercucio. Tenía un quehacer de importancia, y en un caso tal bien puede uno violar la cortesía.
MERCUCIO.
– Lo cual equivale á decir que un caso como el tuyo fuerza á un hombre á doblarse por las corvas.
ROMEO.
– Me refiero á la cortesía.
MERCUCIO.
– Lo encontraste muy oporunamente.
ROMEO.
– Es una explicación en extremo cortés.
MERCUCIO.
– Eh, yo soy la nata y flor de la cortesía.
ROMEO.
– Flor que pica...
MERCUCIO.
– Como las flores caladas de tus escarpines.
ROMEO.
– No; estas no pican. Las picó el que las hizo.
MERCUCIO.
– Muy bien dicho. A ver si me sigues ahora esta broma hasta que hayas estropeado tus escarpines; para que cuando su única suela esté echada á perder, la broma quede, de puro gastada, sola y sin par.
ROMEO.
– ¡Oh chanza de una sola suela, sola y sin par por la singularidad!
MERCUCIO.
– Llégate acá entre nosotros, amigo Benvolio. Mis potencias desfallecen.
ROMEO.
– Látigo y espuelas, látigo y espuelas; y sino, llamo otro competidor.
MERCUCIO.
– La verdad; si tus sentidos emprenden la caza del ganso bravo, doyme por vencido; pues tienes tú más de ganso bravo en una sola de tus potencias que yo en todas las cinco juntas, seguro estoy de ello. ¿Te diste por aludido al hablar yo de gansos?
ROMEO.
– No, porque quien hace siempre aquí el papel de ganso eres tú.
MERCUCIO.
– Voy á pegarte un mordisco en la oreja por esa chanza.
ROMEO.
– No, buen ganso; no muerdas.
MERCUCIO.
– Tu agudeza es una verdadera manzana agridulce. Es una salsa muy picante.
ROMEO.
– ¿No es acaso la más adecuada para el ganso dulce?
MERCUCIO.
– ¡Ah! Ved ahí una agudeza de cabritilla, que se estira desde una pulgada estrecha hasta una vara ancha.
ROMEO.
– Yo la estiro por esa palabra ancha , que, aplicada al ganso, prueba que eres en todos conceptos un ganso desmesurado.
MERCUCIO.
– ¡Ajajá! ¿No vale más eso que estar ahí gimiendo de amores? Ahora sí que eres sociable; ahora eres Romeo; ahora eres tú lo que eres, tanto por educación como por naturaleza; puesto que ese amor estúpido se parece á una insigne idiota que corre de Ceca en Meca, sacando un palmo de lengua, para esconder su chisme en un agujero.
BENVOLIO.
– ¡Alto ahí, alto ahí!
MERCUCIO.
– Tú quieres que yo me detenga en mi cuento á contrapelo.
BENVOLIO.
– Tú hubieras más bien alargado tu cuento.
MERCUCIO.
– No, te engañas. Yo lo hubiera acortado, pues había llegado al mismo fondo de la cosa, y la verdad, no pensaba ocuparme más en el asunto.
ROMEO.
– Donosa aventura tenemos.
(Entran la NODRIZA Y PEDRO.)
MERCUCIO.
– ¡Una vela, una vela!
BENVOLIO.
– Dos, dos: un sayo y una saya.
NODRIZA.
– ¡Pedro!
PEDRO.
– Allá voy.
NODRIZA.
– Mi abanico, Pedro.
MERCUCIO.
– Pedro amigo, dáselo para que se tape el rostro con él, que es más bello que su cara.
NODRIZA.
– Buenos días os dé Dios, caballeros.
MERCUCIO.
– Buenas tardes os dé Dios, hermosa dama.
NODRIZA.
– ¡Cómo! ¿Es ya más de medio día?
MERCUCIO.
– No es menos, os lo garantizo, porque la deshonesta manecilla del reloj señala en este momento las doce en punto.
NODRIZA.
– ¡Arre allá! ¡Jesús, qué hombre!
ROMEO.
– Un hombre, señora mía, que Dios ha hecho para desfigurarse á si mismo.
NODRIZA.
– A fe mía, está muy bien dicho: ¿para desfigurarse á sí mismo, dice?... Señores, ¿sabría decirme alguno de vosotros en dónde puedo encontrar al joven Romeo?
ROMEO.
– Yo sé decíroslo. Pero el joven Romeo, una vez le hayáis encontrado, será más viejo que cuando le andabáis buscando. Yo soy el más joven de tal nombre, á falta de otro peor.
NODRIZA.
– Decís bien.
MERCUCIO.
– ¡Oiga! ¿Es bien lo peor? Perfectamente discurrido, á fe mía. ¡Sublime! ¡Sublime!
NODRIZA.
– (A Romeo.) Si sois Romeo, señor, desearía haceros una pequeña confianza.
BENVOLIO.
– Le invitará á una cena.
MERCUCIO.
– ¡Una alcahueta, una alcahueta, una alcahueta!... ¡Ea, sus!
ROMEO.
– ¿Caza tenemos? ¿Y qué encontraste?
MERCUCIO.
– Ninguna liebre, amigo; como no sea una liebre en empanada de cuaresma, de esas que se pasan y enrancian antes de acabarse.
((Canta.))
Una vieja liebre rancia,
1
Y una vieja liebre rancia,
2
Es manjar exquisito en cuaresma:
3
Pero una liebre que está rancia
4
Es sobrada comida para veinte,
5
Cuando se enrancia antes de acabarse.
6
Romeo, ¿quieres ir á casa de tu padre? Allá comeremos.
ROMEO.
– Os seguiré luego.
MERCUCIO.
– Adiós, vieja señora; adiós, señora , señora, señora.
((Cantando.))
((Vanse Mercucio y Benvolio.))
NODRIZA.
– Vaya bendito de Dios. Decidme, señor: ¿qué deslenguado mercachifle era ése que tan surtido estaba de sus truhanerías?
ROMEO.
– Un caballero, ama, que gusta de escucharse á sí mismo, y habla más en un minuto que no atenderá en un mes.
NODRIZA.
– Pues como se atreva á hablar mal de mí, yo le dejaré apabullado; así fuera más mocetón de lo que es y que veinte tunos de su ralea. Y si yo no puedo, ya sabré encontrar quienes lo hagan. ¡Pillastre sin vergüenza! ¿Se habrá figurado que yo soy alguna de sus mancebas ó alguno de sus compinches? (A Pedro). ¿Y tú, has de quedarte ahí como un estafermo, dejando que cualquier bribón me trate á su placer?
PEDRO.
– Yo no he visto que ningún hombre os tratase á su placer; pues, á haberlo visto, al punto hubiera yo desenvainado mi arma, os lo aseguro; que á desenvainar más pronto nadie me gana, con tal de que vea yo ocasión para una buena querella y esté la ley de mi parte.
NODRIZA.
– Tan irritada estoy ahora, y pongo á Dios por testigo, que no hay parte de mi cuerpo que no me tiemble. ¡Bellaco sin vergüenza!... Permitidme, señor, una palabra. Pues, como os decía, mi señorita me ha mandado que os buscara, y tocante á lo que ella me ha mandado deciros, eso me lo guardaré para mí; pero dejadme antes que os diga que si habéis de embobarla con dedaditas de miel, como dice, sería portarse peor que un arriero, como dicen; porque la señorita es muy niña todavía, y así es que si habéis de jugarle una trastada, no hay duda que eso sería una cosa muy fea que no dèbe hacerse á ninguna señorita decente, y una conducta muy indigna.
ROMEO.
– Ama, encomiéndome á tu señora y dueña. Protesto ante ti...
NODRIZA.
– ¡Ah! ¡Qué buen corazón! A fe que voy á decírselo todo. ¡Señor, señor, y poquito contenta que se va á poner!
ROMEO.
– Pero ¿qué le dirás, ama, si no me atiendes?
NODRIZA.
– ¿Qué le diré, señor? Que vos protestáis: lo cual, á mi entender, es portarse como caballero.
ROMEO.
– Dile que invente algún pretexto para ir á confesar esta tarde, y allí en su celda, fray Lorenzo la confesará y desposará. Toma por tu trabajo.
((Entregándole unos dineros).)
NODRIZA.
– De ningún modo, señor; ni una sola parpalla.
ROMEO.
– Vamos, yo te lo mando.
NODRIZA.
– ¿Esta tarde; decís? Está bien: allí estará.
ROMEO.
– Y tú, buena ama, quédate detrás de la tapia del convento. Dentro de una hora mi criado se avistará contigo y te traerá unas cuerdas dispuestas á guisa de escala, que durante la silenciosa noche han de conducirme al pináculo de mi ventura. Adiós. Sé fiel, y yo sabré recompensar tus desvelos. Adiós. Mis recuerdos á tu señora.
NODRIZA.
– ¡Que desde el cielo Dios os bendiga! Escuchad, señor.
ROMEO.
– ¿Qué quieres, buena ama?
NODRIZA.
– ¿Es callado vuestro sirviente? ¿No habéis nunca oído decir que secreto entre dos malo es de guardar?
ROMEO.
– Mi criado es fiel como el acero; yo te lo garantizo.
NODRIZA.
– Bien, señor. Mi señorita es la criatura más dulce de la tierra... ¡Señor, Señor! Cuando ella era una chiquilla churrullera... ¡Ah! En la ciudad hay un noble caballero, un tal Páris, que de buen grado quisiera entrar al abordaje; pero ella, que es un alma de Dios, con tanto gusto vería un sapo, sí, señor, un verdadero sapo, como le vería á él. Algunas veces la hago yo rabiar diciéndole que Páris es más un buen mozo; pero, podéis bien creerme, cuando esto le digo, se pone ella más blanca que el pañal más blanco de todo el mundo. Decidme: ¿no empiezan con una misma letra romero y Romeo?
ROMEO.
– Sí, ama. ¿Á qué viene eso? Los dos empiezan con R.
NODRIZA.
– ¡Ah, qué guasón! Ese es el nombre del perro; la R es para el... No; ya sé yo que empieza con otra letra. Y de esto, de vos y del romero ha sacado ella unos pensamientos tan bonitos, que os daría gusto oírlos.
ROMEO.
– Encomiéndame á tu señora.
NODRIZA.
– ¡Oh, sí, mil veces! (Vase Romeo.) ¡Pedro!
PEDRO.
– Ya voy.
NODRIZA.
– Pedro, toma mi abanico, y marcha delante con paso ligero.
((Vanse.))
ESCENA V.
(Jardín de Capuleto.)
(Entra JULIETA.)
JULIETA.
– Las nueve daba el reloj cuando envié á la nodriza; ofrecióme ella volver en media hora. Acaso no haya podido dar con él. No, no es eso. ¡Ah! Es que ella cojea. Los mensajeros de amor debieran ser pensamientos, que corren diez veces más veloces que los rayos del sol cuando ahuyentan las sombras que se ciernen sobre las brumosas colinas. Por esto tiran del carro del Amor palomas de ligeras alas, y por esto tiene alas Cupido raudo como el viento. Ya está el sol en la suprema altura de la jornada de este día. De nueve á doce han transcurrido tres horas interminables, y á pesar de todo ella no ha venido aún. ¡Ah! Si tuviese afecciones y la ardiente sangre juvenil, hubiérase ella movido con la presteza de una pelota; mis palabras la hubieran lanzado á mi dulce bien, y las de él la hubieran lanzado á mí. Pero ¡los viejos!... Muchos de ellos parece que estén muertos: torpes en sus movimientos, tardíos, pesados y pálidos como el plomo... ¡Oh, Dios! Aquí llega.
(Entran la NODRIZA y PEDRO.)
JULIETA.
– ¡Ay, amita mía! ¿Qué nuevas traes? ¿Le encontraste? Despide á tu escudero.
NODRIZA.
– Pedro, quédate á la puerta.
((Vase Pedro.))
JULIETA.
– Y bien, buena y dulce ama... ¡Ah, Dios mío! ¿Por qué tienes ese aire tan mohíno? Aunque sean tristes las nuevas, anúncialas alegremente; si son faustas, tú afeas la melodía de las gratas noticias haciéndomela oir con tan hosco semblante.
NODRIZA.
– Estoy rendida. Dejadme respirar un poco. ¡Ay! ¡Cómo me duelen los huesos! ¡Vaya una carrera la que he dado!
JULIETA.
– Holgárame yo de que tuvieras tú mis huesos y tuviera yo tus nuevas. Vamos; habla, por favor; ama de mi vida, habla.
NODRIZA.
– ¡Jesús! ¡Cuánta prisa! ¿No podéis aguardar un instante? ¿No véis que estoy sin aliento?
JULIETA.
– ¡Cómo! ¿Estás sin aliento, y tienes aliento para decirme que te hallas sin él? Más larga es la excusa que alegas para ese retardo, que el relato que excusas hacer. ¿Son buenas ó malas las noticias? Responde á esto; dime si son lo uno ó bien lo otro, y luego esperaré con paciencia los detalles. Dame ese contento: ¿son buenas ó son malas?
NODRIZA.
– ¡Vaya, vaya, que habéis hecho una elección muy desacertada! No sois entendida en escoger marido. ¡Romeo! No, no es él. Verdad es que su cara es mejor que la de otro hombre cualquiera; pero, en cambio, su pierna aventaja á la de todos. Y en cuanto á su mano y su pie y su talle, aunque no vale la pena hablar de ello, están sobre toda comparación. No es la nata y flor de la galantería; pero, podéis bien creerme, es tierno lo mismo que un corderito. Anda, anda, picarona; sirve á Dios. ¡Qué! Se ha comida ya en casa?
JULIETA.
– No, no; pero todo eso ya lo sabía yo. ¿Qué dice él de nuestro casamiento? ¿Qué dice sobre esto?
NODRIZA.
– ¡Ay, Dios mío! ¡Cómo me duele la cabeza! No sé cómo la tengo: Siento en ella unos latidos como si fuera á estallar en mil pedazos. Y por añadidura, los riñones... ¡Ay, mis riñones, mis riñones! ¡Mal haya vuestro corazón por enviarme de una parte á otra, para que yo reviente con tanto correr de aquí para allá!
JULIETA.
– Siento de veras tu desazón. Pero dime, amita mía, amita de mi alma, ¿qué dice mi amor?
NODRIZA.
– Vuestro amor dice, como honrado caballero, y cortés y amable y gallardo, y os lo garantizo, como virtuoso... ¿Dónde está vuestra madre?
JULIETA.
– ¿Dónde está mi madre? Pues ahí dentro estará. ¿Dónde había de estar? ¡Qué extraña manera de responder! Vuestro amor, dice, como honrado caballero, ¿dónde está vuestra madre?
NODRIZA.
– ¡Válgame la Santa Virgen! ¿Tan acalorada estáis? ¡Pardiez, idos á paseo! ¡Digo, digo! ¿Esa es la bizma para mis huesos doloridos? De ahora en adelante, llevaos vos misma los recados.
JULIETA.
– ¡Vaya un modo de alterarte! Vamos, vamos, ¿qué dice Romeo?
NODRIZA.
– ¿Tenéis ya permiso para ir hoy á confesar?
JULIETA.
– Sí.
NODRIZA.
– Pues entonces, corred en seguida á la celda de fray Lorenzo; en ella está esperando un marido para hacer de vos una esposa. Ahora se os sube la pícara sangre á las mejillas, que se os pondrán al punto como la escarlata al oir ciertas noticias. Corred vos á la iglesia; yo debo tomar otro camino para ir á buscar una escala, subiendo por la cual vuestro amante ha de alcanzar un nido de pájaro tan pronto como anochezca. Yo me estoy aperreando y sufriendo fatigas para vuestro gusto, pero pronto seréis vos quien llevará la carga en cuanto llegue la noche. Vaya, yo me voy á comer, y vos corred á la celda...
JULIETA.
– ¡Corramos á la suprema dicha! Buena ama, adiós.
((Vanse en dirección opuesta.))
ESCENA VI
(Celda de Fray Lorenzo.)
(Entran FRAY LORENZO y ROMEO)
FRAY LORENZO.
– Sonrían los cielos á este sagrado acto, para que los venideros tiempos no nos lo reprochen amargamente.
ROMEO.
– ¡Así sea, así sea! Pero vengan las amarguras que vinieren, no pueden ellas contrapesar el gozo que me causa un solo instante de estar en presencia de mi amada. Enlaza tú no más nuestras manos con santas palabras, y que después la muerte, devoradora del amor, haga lo que quiera. Bástame sólo el que yo pueda llamarla mía á Julieta.
FRAY LORENZO.
– Esos violentos deleites tienen un fin igualmente violento, y en su triunfo mueren, semejantes al fuego y la pólvora, que al besarse se consumen. La más dulce miel se hace empalagosa por su mismo excesivo dulzor, y al gustarla embota el paladar. Por lo tanto, ama con mesura: así se conduce el amor duradero. Tan tarde llega quien va harto aprisa como el que va harto despacio. Aquí viene la dama. ¡Oh! Nunca gastará un pie tan leve estas losas perdurables. Un enamorado podía cabalgar, sin caerse, en los tenuísimos filamentos que flotan en el aire juguetón del verano: tan ligera es la ilusión.
(Entra JULIETA.)
JULIETA.
– Buenas tardes, mi padre espiritual.
FRAY LORENZO.
– Romeo te dará las gracias, hija mía, por él y por mí.
JULIETA.
– Y otro tanto le deseo á el, pues de lo contrario, sus gracias fueran demasiadas.
ROMEO.
– ¡Ah, Julieta! Si la medida de tu dicha está colmada cual la mía, y si tienes más arte para pregonarla, perfuma con tu aliento este aire que nos rodea, y haz que la melodiosa música de tu voz exprese la soñada felicidad que experimentamos tú y yo con motivo de este grato encuentro.
JULIETA.
– El pensamiento, más rico en materia que en palabras, se evanece de su esencia, no de su adorno. Simples mendigos son aquellos que pueden contar sus caudales; mas mi sincero amor hase acrecentado hasta un extremo tal, que no alzcanzo á sumar ni la mitad de mi riqueza.
FRAY LORENZO.
– Venid, venid conmigo; breve será nuestra obra. Pues, con vuestro beneplácito, no os permitiré estar solo hasta que la santa Iglesia os haya incorporado á los dos en uno.
((Vanse.))
Acto III
ESCENA PRIMERA
(Una plaza pública.)
(Entran MERCUCIO, BENVOLIO, un paje y criados.)
BENVOLIO.
– Por favor, querido Mercucio, retirémonos. El día es muy caluroso, los Capuletos andan de aquí para allá, y si llegamos á toparnos con ellos, no podremos evitar una bronca; pues ahora, en esos días de bochorno bulle la frenética sangre.
MERCUCIO.
– Tú eres como uno de esos que, al poner los pies en una taberna, echan con estrépito la tizona sobre la mesa diciendo: ¡Quiera Dios que no tenga yo necesidad de ti! Y no bien produce su efecto el segundo vaso, tiran de ella contra el mozo cuando realmente menos necesidad había de tal cosa.
BENVOLIO.
– ¿Conque yo soy como esos?
MERCUCIO.
– ¡Pues digo! Tú eres un simplón tan impetuoso en tu furor como el que más en Italia, y tan presto provocado á cólera, como presto á montar en cólera para sentirte provocado.
BENVOLIO.
– ¿Y á qué viene eso?
MERCUCIO.
– Nada, que si hubiese dos como tú, muy pronto nos quedaríamos sin ninguno, pues se matarían el uno al otro. ¡Tú! Vaya, hombre, tú armarías camorra con uno que tuviese en la barba un pelo más ó un pelo menos que tú; reñirías con otro que partiera avellanas, sin más razón que el tener tú los ojos de color de avellana. ¿Qué ojos, sino unos ojos como esos, verían en ello el motivo para tal quimera? Tan atestada de causas de disputa se halla tu cabeza, como de substancia un huevo; lo cual no quita que á fuerza de querellas y porrazos se te haya quedado tan huera como un huevo huero. Un día tuviste una pelotera con un hombre que tosía en la calle, por la sencilla razón de que despertó á tu perro que estaba durmiendo al sol. ¿No la emprendiste una vez con un sastre por llevar su jubón nuevo antes de Pascua, y con otro porque llevaba atados con una cinta vieja sus zapatos nuevos? ¡y á pesar de todo pretendes ahora enseñarme á huir de bronquinas!
BENVOLIO.
– Si fuera yo tan camorrista como tú, cualquiera podría comprar la propiedad de mi vida simplemente por una hora y cuarto.
MERCUCIO.
– ¡Simplemente por una hora y cuarto! ¡Ah, simplón!
BENVOLIO.
– Por mi cabeza, aquí vienen los Capuletos.
MERCUCIO.
– Por mis talones, que me tiene eso muy sin cuidado.
TIBALDO.
– (A los suyos.) Seguidme de cerca, pues quiero hablarles. (A Mercurcio y Benvolio.) Señores, buenas tardes: una palabra con uno de vosotros.
MERCUCIO.
– ¿No más que una palabra con uno de nosotros? Apareadla con algo, para que resulten una palabra y un golpe á la vez.
TIBALDO.
– Harto dispuesto me hallaréis, caballero, si me dáis ocasión para ello.
MERCUCIO.
– ¿Y si no sabríais tomar la ocasión sin esperar á que os la dieran?
TIBALDO.
– Mercucio, tú estás de concierto con Romeo...
MERCUCIO.
– ¡De concierto! ¡Pues qué! ¿nos tomas acaso por músicos? Si nos tomas por músicos, no esperes oir otra cosa que disonancias. He aquí mi arco de violín (indicando la espalda); este es lo que os hará bailar. ¡Voto á tal! ¡De concierto!...
BENVOLIO.
– Estamos disputando aquí en un paraje público y de mucha concurrencia. Retirémosnos á algún sitio apartado y discutamos tranquilamente sobre vuestros agravios, ó de lo contrario, separémonos. Aquí toda la gente tiene los ojos fijos en nosotros.
MERCUCIO.
– Para mirar se hicieron los ojos; deja, pues, que nos miren. Yo no me muevo de aquí por dar gusto á nadie, ea.
(Entra ROMEO.)
TIBALDO.
– (A Mercucio.) Bien está; idos en paz, caballero. Aquí llega mi mozo.
MERCUCIO.
– Que me ahorquen, caballero, si lleva él vuestra librea. Pero, voto á sanes, no tenéis más que salir al campo, y él os seguirá al punto. En este sentido sí que vuestra señoría bien puede llamare su mozo.
TIBALDO.
– Romeo, el odio que te profeso no puede sugerirme otra expresión mejor que esta: eres un canalla.
ROMEO.
– Tibaldo, las razones que yo tengo para quererte bien excusan en gran parte el encono inherente á tal saludo. No soy un canalla. Conque, adiós. Veo que no me conoces.
((Volviéndose para marcharse.))
TIBALDO.
– Mozuelo, eso no puede excusar los agravios que me inferiste. Así que, vuélvete, y desnuda el acero.
ROMEO.
– Protesto que jamás te ofendí; antes bien te aprecio mucho más de lo que nunca podrás imaginar, hasta que sepas la razón de mi afecto. Y así, buen Capuleto (nombre que yo estimo tanto como el mío), date por satisfecho.
MERCUCIO.
– ¡Vaya una sumisión más paciente, deshonrosa y rastrera! Alla estoccata se acaba con eso de una vez. (Desenvaina la espada.) Tibaldo, cazador de ratones, ¿tienes ganas de bailar?
TIBALDO.
– ¿Qué es lo que quieres de mí?
MERCUCIO.
– Buen rey de los gatos, no quiero sino una de vuestras nueve vidas, de la que pienso hacer lo que me plazca, y según la manera de portaros luego conmigo, sacudiré de lo lindo las ocho restantes. ¿Queréis de una vez agarrar por las orejas vuestra tizona y arrancarla de su zamarro? Andad listo, no sea que antes de sacar vos la vuestra, zumbe la mía á vuestros oídos.
TIBALDO.
– Estoy á vuestra disposición.
((Desenvainando la espada.))
ROMEO.
– Amigo Mercucio, envaina tu espada.
MERCUCIO.
– (A Tibaldo.) Ea, caballero, veamos vuestro passado.
((Riñen.))
ROMEO.
– Desnuda tu acero, Benvolio; desarmémoslos. ¡Qué escándalo! ¡Señores, guardaos de cometer tal desafuero! Tibaldo, Mercucio, el Príncipe ha prohibido de un modo expreso armar pendencias en las calles de Verona. ¡Teneos, Tibaldo, buen Mercucio!
((Interponiéndose entre los dos adversarios para separarlos.))
((Tibaldo hiere á Mercucio por debajo del brazo de Romeo, y luego huye con sus acompañantes.))
MERCUCIO.
– Estoy herido. ¡Mala peste á vuestras familias!... Estoy despachado ya. ¿Y él se ha escapado con el pellejo sano?
BENVOLIO.
– ¡Cómo! ¿Estás herido?
MERCUCIO.
– ¡Psé! Un rasguño, un rasguño; mas, voto á cribas, ya es bastante. ¿Dónde está mi paje? Anda, granuja, á buscarme un cirujano.
((Vase el paje.))
ROMEO.
– ¡Valor, amigo! La herida no será cosa de importancia.
MERCUCIO.
– No; no es tan profunda como un pozo ni tan ancha como un portal de iglesia; pero es lo suficiente, y ya producirá su efecto. Preguntad mañana por mí, y me encontraréis hecho un hombre de peso. Por lo que toca á este mundo, estoy escabechado ya, os lo aseguro. ¡Mala peste á vuestras familias!... ¡Por vida de…! ¡Un perrro, un ratón, una rata, un gato, matar así á un hombre de un arañazo! ¡Un fanfarrón, un canalla que se bate según las reglas de la aritmética! (A Romeo.) ¿Por qué diablos te metiste? Ese bribón me hirió por debajo de tu brazo.
ROMEO.
–Lo hice con el mejor intento.
MERCUCIO.
–Ayúdame a entrar en alguna casa, Benvolio, ó me dará un soponcio. ¡Mala peste á vuestras familias!... Han hecho de mí pasto de gusanos... ¡Ya la pillé... y buena!... ¡Vuestras familias!...
((Vase Mercucio sostenido por Benvolio. ))
ROMEO.
– En defensa mía, este hidalgo, pariente cercano del Príncipe y mi verdadero amigo, ha recibido su mortal herida. Mi reputación está manchada por el ultraje de Tibaldo... ¡Tibaldo, que hace una hora es mi primo!... ¡Ah, dulce Julieta, cómo me han afeminado tus hechizos y han ablandado en mi alma el acero del valor!
(Entra de nuevo BENVOLIO.)
BENVOLIO.
– ¡Oh, Romeo, Romeo, el bravo Mercucio ha muerto! Ese noble espíritu que en hora harto temprana ha desdeñado vivir en la tierra, hase elevado á las nubes.
ROMEO.
– La negra fatalidad de este día está suspendida sobre nuevos días. Este sólo da principio á la desdicha; otros han de darle fin.
BENVOLIO.
– Aquí viene de nuevo el furioso Tibaldo.
ROMEO.
– ¡Vivo y triunfante! ¡Y Mercucio muerto! Vete á los cielos, respetuosa blandura, y sea esta vez mi guia la furia de ardientes ojos. Entra de nuevo TIBALDO. Ahora, Tibaldo, recobra el canalla que poco ha me dirigiste. Puesto que el alma de Mercucio se cierne muy próxima sobre nuestras cabezas, aguardando que la tuya vaya á hacerle compañía; fuerza es que ó tú, ó yo, entrambos vayamos con él.
TIBALDO.
– Tú, mozalbete ruin, que le acompañas aquí, tú irás con él.
ROMEO.
– (Sacando la espada.) Esto lo decidirá.
((Riñen. Tibaldo cae muerto.))
BENVOLIO.
– ¡Vete, Romeo; huye! Los ciudadanos están excitadísimos, y Tibaldo ha muerto. No te estés así lleno de estupor. Si te prenden, el Príncipe te condenará á muerte. ¡Vete, vete, huye de aquí!
ROMEO.
– ¡Ah! ¡Soy juguete de la fortuna!
BENVOLIO.
– ¿Qué haces ahí parado?
((Vase Romeo.))
(Entran varios CIUDADANOS, etc.)
CIUDADANO I.º
– ¿Por dónde ha huído el que ha matado á Mercucio? Y Tibaldo, ese asesino, ¿por dónde ha escapado?
BENVOLIO.
– Vedle aquí tendido á ese Tibaldo.
CIUDADANO I.º
– Ea caballero, seguidme. En nombre del Príncipe os mando que obedezcáis.
(Entran EL PRINCIPE con su séquito, MONTESCO, CAPULETO, SUS RESPECTIVAS ESPOSAS y otros.)
El PRÍNCIPE.
– ¿Dónde están los viles iniciadores de esta refriega?
BENVOLIO.
– Noble Príncipe, yo puedo relatar todo el desastrado curso de esta fatal reyerta. Ahí yace, muerto por el joven Romeo, el que mató á tu deudo, el bravo Mercucio.
SRA. DE CAP.
– ¡Tibaldo, mi sobrino! ¡Oh, hijo de mi hermano! ¡Oh, Príncipe! ¡sobrino mío! ¡esposo! ¡Funeste espectáculo! ¡Ay de mí! ¡Hase vertido la sangre de mi amado pariente! ¡Príncipe, pues eres justo, por la sangre nuestra derrámese la sangre de Montesco! ¡Ah, sobrino, sobrino mío!
EL PRÍNCIPE.
– Benvolio, ¿quién inició esta sangrienta riña?
BENVOLIO.
– Tibaldo, aquí muerto, á quien dió muerte la mano de Romeo. Con lenguaje cortés, Romeo le rogó que reflexionara cuán trivial era la porfía, y le expuso á la par vuestro profundo enojo; todo ello expresado con afable acento, mirada tranquila y humildemente dobladas las rodillas, no fué parte á mitigar la desenfrenada cólera de Tibaldo, quien, por el contrario, sordo á la paz, arremete con penetrante acero contra el pecho del valeroso Mercucio; éste, no menos airado, opone el arma mortífera á la suya, y con marcial desdén, desvía con una mano la helada muerte, mientras con la otra la devuelve á Tibaldo, cuya destreza la repele. Romeo dice á voces: ¡Teneos, amigos! ¡Amigos, separaos! Y más rápido que su lengua, con ágil brazo abate sus fatales armas y se precipita entre los dos; empero, por debajo de su brazo, una traidora estocada hiere mortalmente al intrépido Mercucio. En seguida Tibaldo emprende la fuga, mas de allí á poco vuelve dirigiéndose hacia Romeo, quien empezaba tan sólo á acariciar ideas de venganza, y á ella se arrojan como el rayo, pues antes que yo tuviera tiempo de desnudar mi acero para separarlos, caía sin vida el animoso Tibaldo, y al verle caer, volvió Romeo las espaldas y dió á huir. Esta es la verdad; de lo contrario, Benvolio muera.
SRA DE CAP.
– Es allegado de Montesco, y el afecto le hace ser falaz; no dice la verdad. Una veintena de ellos peleaban en esta atroz refriega, y todo esos veinte juntos no han podido matar sino á un hombre solo. Justicia imploro, que tú, Príncipe, has de otorgar. Romeo ha dado muerte á Tibaldo; Romeo no ha de vivir.
EL PRÍNCIPE.
– Romeo ha matado á Tibaldo, y Tibaldo á Mercucio: ¿quién ha de pagar, pues, el precio de su estimada sangre?
MONTESCO.
– No será Romeo, Príncipe, pues era amigo de Mercucio. Su delito no ha hecho sino terminar aquello á que la ley debía poner fin: la vida de Tibaldo.
EL PRÍNCIPE.
– Y por tal ofensa, le desterramos al punto de aquí. El curso que siguen vuestros rencores también me afecta á mí; á causa de vuestras rudas quimeras está corriendo mi sangre; empero os impondré tan fuerte multa, que todos lloraréis la pérdida mía. Sordo seré á intercesiones y disculpas; ni lágrimas ni súplicas podrán reparar tales desmanes; así que, no apeléis á unas ni á otras. Que no se ausente presuroso Romeo, pues, de lo contario, cuando se le encuentre, aquella hora será la última de su vida. Llevaos de aquí este cadáver, y respetad nuestra voluntad. La clemencia asesina cuando perdona á los que matan.
((Vanse.))
ESCENA II
(Jardín de Capuleto.)
(Entra JULIETA.)
JULIETA.
– Galopad con presteza, bridones de flamígeros pies hacia el lecho de Febo. Un áuriga tal como Faetón os fustigaría lanzándoos al ocaso, y traería al instante la tenebrosa noche. Extiende tu velo tupido, noche consumadora del amor. Ciérrense los errantes ojos, y vuele Romeo á mis brazos, sin que nadie le descubra ni de él se ocupe. Para celebrar su ritos amorosos bástales á los amantes la luz de sus propios atractivos; y si el amor es ciego, aviénese mejor con la noche. Ven, noche complaciente, matrona de negra y severa vestidura, y enséñame á perder una ganancial partida jugada por un par de virginidades sin tacha. Cubre con tu negro manto, á guisa de capillo, mi bravía sangre virginal que se agita en mis mejillas, hasta que el tímido amor, ya más osado, estime como pura honestidad la consumación del verdadero amor. Ven noche; ven, Romeo; ven, tú, que eres día en la noche, pues que, sobre las alas de la noche, aparecerás más blanco que la nieve recién posada sobre un cuervo. Ven, noche apacible; ven, amorosa noche de atezado rostro; dame mi Romeo; y cuando expire, cógelo y divídelo en pequeñas estrellitas, y hará él tan bella la faz de los cielos que el mundo entero se prendará de la noche y dejará de dar culto al sol deslumbrador. ¡Ah! Yo he comprado una mansión de amor, mas aun no he tomado posesión de ella, y aunque vendida, todavía no he sido yo gozada. Tan enojoso, tan interminable es este día, como lo es la noche que precede á una fiesta para el impaciente niño que tiene un vestido nuevo y no puede estrenarlo. ¡Oh! Aquí llega la nodriza, que me trae nuevas, y toda lengua que pronuncie tan sólo el nombre de Romeo, habla con elocuencia celestial. Entra la NODRIZA con una escala de cuerdas. Y bien, ama, ¿qué nuevas hay? ¿Qué es lo que traes? ¿Son las cuerdas que ROMEO te encargó fueras á buscar?
NODRIZA.
– Sí, sí; las cuerdas.
((Tirándolas al suelo.))
JULIETA.
– ¡Cielos! ¿Qué ocurre? ¿por qué te tuerces las manos?
NODRIZA.
– ¡Oh, qué desdicha! ¡Ha muerto, ha muerto, ha muerto! ¡Estamos perdidas, señorita, estamos perdidas! ¡Malaventurado día! ¡Ya no existe, le han matado, está muerto!
JULIETA.
– ¿Pueden ser tan crueles los cielos?
NODRIZA.
– Romeo, sí; pero no los cielos. ¡Ah! ¡Romeo, Romeo! ¡Quién lo hubiera pensado jamás! ¡Romeo!
JULIETA.
– ¿Qué demonio eres tú, que así me atormentas? Semejante tortura debiera sólo expresarse con rugidos en el averno espantoso ¿Se ha dado muerte Romeo? Dí sencillamente sí , y esta sola sílaba sí será más venenosa que el mortífero ojo del basilisco. Dejo yo de existir si existe tal sí , ó si están cerrados aquellos ojos que te hacen responder sí . Si le han matado, dime sí , y si no, no :esos breves sonidos decidan de mi ventura ó de mi duelo.
NODRIZA.
– He visto la herida, la he visto con mis propios ojos... ¡Dios nos libre! Aquí en su pecho varonil. Un lastimoso cadáver, un lastimoso cadáver ensangrentado, pálido, pálido como la cera; todo él manchado de sangre; todo él cubierto de sangre cuajada. Yo me desmayé al verlo.
JULIETA.
– ¡Oh! ¡Quiébrate, corazón mío! ¡pobre quebrado, quebrántate de una vez! ¡Aprisionaos, ojos míos, jamás penséis en la libertad! Tierra vil, abandónate á la tierra; cese aquí el movimiento, y que, con vuestro peso cargado, un mismo féretro os estreche á ti y Romeo.
NODRIZA.
– ¡Oh, Tibaldo, Tibaldo, el mejor amigo que yo tenía! ¡Oh, galante Tibaldo! ¡leal caballero! ¡Que haya de vivir yo para verte muerto!
JULIETA.
– ¿Qué borrasca es ésa que sopla en tan contrarias direcciones? ¿Romeo ha sido asesinado, y Tibaldo está muerto? ¿Mi amado primo, y mi esposo aun más amado? Entonces anuncia, pavorosa trompeta, con tu sonido el juicio final; porque ¿quién puede vivir si no existen ya estos dos?
NODRIZA.
– Tibaldo ha muerto, y Romeo está desterrado. Romeo, que le mató á él, está desterrado.
JULIETA.
– ¡Oh, Dios! ¿La mano de Romeo ha vertido la sangre de Tibaldo?
NODRIZA.
– Así es, así es. ¡Ay, qué día de fatalidad! Así es.
JULIETA.
– ¡Oh, corazón de víbora, encubierto con un semblante florido! ¡Hubo jamás dragón que habitara un antro tan seductor? ¡Hermoso tirano! ¡demonio angelical! ¡cuervo con plumas de paloma! ¡cordero con entrañas de lobo! ¡detestable substancia de la más divinal apariencia! ¡Exactamente lo contrario de aquello que tú exactamente pareces, santo condenado, honorable villano!... ¡Oh, naturaleza! ¿Qué sér tenías tú destinado para el infierno, cuando alojaste á un espíritu maligno en el mortal paraíso de tan agraciado cuerpo? ¿Vióse jamás tan ricamente encuadernado un libro que contenga tan vil materia? ¡Ah! ¡qué la impostura resida en tan suntuoso alcázar!
NODRIZA.
– No hay confianza , ni fe, ni honradez en los hombres. Todos ellos son unos perjuros, todos falsos, todos inícuos, todos hipócritas. ¡Ay! ¿Dónde está mi escudero? Dadme un sorbito de aguardiente. Estos disgustos, estos dolores, estas penas me envejecen. ¡Caiga la vergüenza sobre Romeo!
JULIETA.
– Así se te llagara la lengua por semejante deseo! Romeo no ha nacido para la vergüenza; sobre su frente la vergüenza se avergonzaría de posarse, porque es un trono en donde el honor puede ser coronado rey único de toda la tierra. ¡Oh! ¡Cuán necia fui yo en acriminarle!
NODRIZA.
– Hablaréis bien de aquel que mató á vuestro primo?
JULIETA.
– ¿He de hablar mal de aquel que es mi esposo? ¡Ay, pobre esposo mío! ¿Qué lengua acaricia tu nombre, cuando yo, que sólo hace tres horas soy tu esposa, lo he ultrajado? Mas ¿por qué, pérfido, diste muerte á mi primo? Sin duda, este pérfido primo hubiera matado á mi esposo. ¡Atrás, lágrimas insensatas, volved á vuestro nativo manantial! Esas gotas, tributo que al dolor pertenece, vosotras erradamente las consagráis al regocijo. Vive mi esposo, á quien Tibaldo quería matar, y ha muerto Tibaldo, que pretendía dar muerte á mi esposo: todo ello es un consuelo. ¿A qué, pues, llorar? ¡Ah! Cierta palabra escuché peor que la muerte de Tibaldo, y esta palabra me ha asesinado. Bien quisiera yo olvidarla, pero ¡ay! ella oprime la memoria mía, como los negandos crímenes oprimen la conciencia de los delincuentes. Tibaldo ha muerto, y Romeo está... desterrado . Este desterrado , esta sola palabra desterrado ha matado diez mil Tibaldos. Bastante infortunio era la muerte de Tibaldo, si el mal hubiese aquí terminado. Si la acerba desventura se complace en ir acompañada y debe forzosamente juntarse con otros quebrantos, ¿por qué, al decirme el ama: Tibaldo ha muerto , no añadió: tu padre, ó tu madre , y hasta diré ó entrambos , lo cual me hubiera causado una aflicción ordinaria? Mas, como epílogo de la muerte de Tibaldo añadir: Romeo está desterrado , decir eso es lo mismo que padre, madre, Tibaldo, Romeo, Julieta, todos asesinados, todos muertos. ¡Romeo está desterrado! No hay fin, término, medida ni límite en la muerte que entrañan estas palabras; no hay acentos capaces de expresar toda la intensidad de tal dolor. ¿Dónde están mi padre y mi madre, ama?
NODRIZA.
– Llorando y gimiendo junto al cadáver de Tibaldo. ¿Queréis ir adonde está? Yo os acompañaré allí.
JULIETA.
– Laven ellos con lágrimas las heridas de Tibaldo, y cuando se hayan secado estas lágrimas, el destierro de Romeo hará verter las mías. Recoge esas sogas. ¡Pobre escala! Tú y yo hemos sido burladas, pues Romeo está proscrito. Romeo te fabricó para servir de camino á mi lecho; mas yo, virgen como soy, muero en virginal viudez. Venid, cuerdas; ven, ama. Voy á mi tálamo nupcial, y que la muerte, ya que no Romeo, coja mi virgínea flor!
NODRIZA.
– Corred á vuestro aposento. Yo iré en busca de Romeo para que os consuele. Yo sé bien dónde está. Atended: vuestro Romeo vendrá aquí esta noche. Voy á verle; está oculto en la celda de fray Lorenzo.
JULIETA.
– ¡Ah! Ve á encontrarle! Entrega esta sortija (sacándosela del dedo) á mi fiel caballero, y ruégale que venga á darme su postrer adiós.
((Vanse.))
ESCENA III
(Celda de fray Lorenzo.)
(Entra FRAY LORENZO.)
FRAY LORENZO.
– (Abriendo una puerta excusada.) Sal, Romeo; ven acá, hombre temeroso. La aflicción se ha enamorado de tus partes, y tú estás desposado con la desventura.
(Entra ROMEO.)
ROMEO.
– Padre mío, ¿qué nuevas hay? ¿Cuál es la sentencia del Príncipe? ¿Qué duelo desconocido aún para mí, ansia trabar conocimiento conmigo?
FRAY LORENZO.
– Harto familiarizado está mi caro hijo con tan cruel compañía. Te traigo nuevas de la sentencia del príncipe.
ROMEO.
– ¿Qué menos que sentencia de muerte es el fallo del Príncipe?
FRAY LORENZO.
– Más benigna sentencia ha salido de sus labios: no es la muerte del cuerpo, sino el destierro del cuerpo.
ROMEO.
– ¡Ah! ¡Destierro! Sé compasivo: di muerte , porque, en su aspecto, el destierro es más aterrador, mucho más que la muerte. No profieras esa palabra destierro .
FRAY LORENZO.
– Desde ahora estás desterrado de Verona. Ten calma, pues el mundo es vasto y espacioso.
ROMEO.
– Fuera de los muros de Verona no hay mundo, sino purgatorio, tortura y el mismo infierno. Estar desterrado de aquí es hallarme desterrado del mundo, y el destierro del mundo es la muerte; así que, el destierro es muerte bajo un falso nombre. Al titular la muerte destierro, tú cortas mi cabeza con una segur de oro, sonriendo al darme el golpe que me asesina.
FRAY LORENZO.
– ¡Oh, pecado mortal! ¡Oh fiera ingratitud! Tu delito nuestras leyes lo califican de muerte, mas el bondadoso Príncipe, interesándose por ti, ha torcido la ley, y ha trocado en destierro esa negra palabra muerte. Esta es verdadera merced, y tú no lo reconoces.
ROMEO.
– Suplicio es, que no merced. El cielo está aquí, donde vive Julieta; y cualquier gato y perro y ratoncillo y cualquiera criatura despreciable viven aquí en el cielo, y pueden contemplarla; pero Romeo no puede. Mayor valimiento, más honrosa situación, más cortesanía que en Romeo, hay en las moscas que viven en la podredumbre; pueden ellas posarse en el blanco prodigio de la mano de mi idolatrada Julieta y robar una felicidad inmortal de sus labios, que la pura y virginal modestia mantiene constantemente ruborosos, cual si creyeran ellos ser pecado sus recíprocos besos. Pero Romeo no puede hacer eso: está proscrito. Las moscas pueden hacerlo, mientras que yo debo huir de tal cosa; ellas son libres, pero yo estoy desterrado. ¿Y aun dices que el destierro no es la muerte? ¿No tenías, para matarme, alguna venenosa mixtura, alguna afilada cuchilla, un rápido instrumento de muerte cualquiera, si bien menos infame que esa palabra desterrado ? ¡Desterrado! ¡Oh, padre mío! Esa palabra la profieren los condenados en el infierno, acompañándola con aullidos. ¿Cómo, pues, tienes tú corazón, siendo un sacerdote, un santo confesor que tiene el don de perdonar los pecados y es mi amigo declarado, para anonadarme con esa palabra desterrado ?
FRAY LORENZO.
– Escúchame un momento, loco apasionado.
ROMEO.
– ¡Ah! De destierro vas á hablarme otra vez.
FRAY LORENZO.
– Voy á ofrecerte una armadura que te defienda de tal palabra: la filosofía, dulce bálsamo de la adversidad. Ella te proporcionará consuelo aun hallándote proscrito.
ROMEO.
– ¿Todavía proscrito ? ¡Váyase noramala tu filosofía! A no ser que la filosofía sea capaz de crear una Julieta, mudar de sitio una ciudad, ó revocar la sentencia de un Príncipe, para nada sirve, nada vale. No me hables más de eso.
FRAY LORENZO.
– ¡Ah! Bien veo que los locos no tienen oídos.
ROMEO.
– ¿Cómo han de tenerlos, cuando los cuerdos no tienen ojos?
FRAY LORENZO.
– Permíteme que arguya contigo sobre tu situación.
ROMEO.
– Tú no puedes hablar de aquello que no sientes. Si tú fueras joven cual yo, si fuera Julieta tu amor, si desde una hora estuvieras casado y hubieras dado muerte á Tibaldo, si cual yo amaras con delirio, y cual yo te vieras extrañado, entonces podrías tú hablar, entonces podrías mesarte los cabellos y arrojarte al suelo como hago yo ahora, tomando la medida de una fosa no abierta todavía.
((Llaman dentro.))
FRAY LORENZO.
– ¡Levántate. Llaman. Buen Romeo, escóndete.
ROMEO.
– No haré tal; á menos que el hálito de mis dolorosos suspiros, á guisa de niebla, me envuelva sustrayéndome á escudriñadoras miradas.
((Llaman cada vez más fuerte))
FRAY LORENZO.
– ¿No oyes como están llamando? ¿Quién va? Levántate, Romeo; que te van á prender. Aguardad un instante. Alza del suelo. (Llaman.) Corre á mi estudio. Al momento. ¡Poder de Dios! ¡Qué locura es esa! ¡Voy, voy! (Llaman.) ¿Quién llama tan recio? ¿De dónde venís? ¿Qué queréis?
NODRIZA.
– (Dentro.) Dejad que yo entre, y sabréis el recado que traigo, Vengo de parte de la señorita Julieta.
FRAY LORENZO.
– (Abriendo.) Entonces bien venida seáis.
(Entra la NODRIZA.)
NODRIZA.
– ¡Oh, santo fraile! ¡Oh! Decidme, santo fraile: ¿dónde está el marido de mi señora? ¿En dónde está Romeo?
FRAY LORENZO.
– Ahí en el suelo, embriagado con su propio llanto.
NODRIZA.
– ¡Oh! Se halla en igual caso que mi señora; exactamente en el caso de ella.
FRAY LORENZO.
– ¡Ah! ¡Dolorosa simpatía, lastimero trance!
NODRIZA.
– Así mismo está ella: llorando y gimiendo, gimiendo y llorando como una Magdalena. (A ROMEO.) Levantaos, levantaos; alzad, si sois hombre. Por amor de Julieta, por su amor, levantaos y poneos en pie. ¿Por qué habéis de caer en una desesperación tan profunda?
ROMEO.
– ¡Ama!
NODRIZA.
– ¡Ah! ¡Señor, señor! ¡Qué le hemos de hacer! La muerte es el fin de todo.
ROMEO.
– ¿Hablas de Julieta? ¿Cómo está? ¿No piensa ella que soy un consumado asesino, yo que acabo de manchar la infancia de nuestra dicha con una sangre que tan poco difiere de la suya? ¿En dónde está? ¿Cómo se encuentra? ¿Y qué dice mi secreta esposa de nuestro invalidado amor?
NODRIZA.
– ¡Ay! No dice una palabra, señor. No hace sino llorar y más llorar, y ahora se deja caer en su lecho, luego se levanta sobresaltada, y llama á Tibaldo, y después clama á Romeo, y al fin vuelve á caer sin aliento.
ROMEO.
– Diríase que ese nombre, disparado por arma mortífera la mató, como la mano maldita que lleva tal nombre dió muerte á su primo. ¡Oh! Dime, padre mío, dime: ¿en qué vil parte de este cuerpo mísero se aloja mi nombre? Dímelo, para que pueda yo devastar la odiosa mansión.
((Desenvainando su daga.))
FRAY LORENZO.
– (Arrebatándole el arma.) Detén tu diestra desesperada. ¿Eres hombre? Tu figura pregona que lo eres; tus lágrimas, empero, son de mujer; tus actos frenéticos revelan el irreflexivo furor de la fiera. Desfigurada mujer en una aparente figura de hombre, ó mal semejado bruto en una aparente semejanza de hombre y mujer. Pasmado me dejas. Por mi santa Orden, creía que era de más temple tu carácter. Después de matar á Tibaldo, ¿quieres ahora matarte á ti mismo y matar igualmente á tu esposa que vive en ti, desencadenando sobre ti mismo un odio execrable? ¿Por qué ultrajas tu nacimiento, el cielo y la tierra, pues nacimiento, cielo y tierra, los tres en ti se aunan, y quisieras tú perderlos á la vez? ¡Qué abominación! Tú envileces tu figura, tu amor, tu razón; tú que, como el avaro, abundas en todas estas partes y no utilizas ninguna de ellas para aquel verdadero uso que seguramente daría realce á tu figura, á tu amor y á tu razón. Tu noble figura no es más que una imagen de cera desprovista de ardimiento varonil; tus juramentos de tierno amor no son sino vano perjurio, que matan aquel amor que tú juraste guardar en tu pecho; tu razón, ese ornamento de tu figura y de tu amor, desviada en el gobierno de entrambos, como la pólvora en el frasco de inexperto bisoño, se inflama por tu propia torpeza, dejándote mutilado tu propio medio de defensa. ¡Ea, anímate, hijo mío! Tu Julieta, por cuyo caro amor poco ha tú morías, vive: en esto eres afortunado. Tibaldo pretendía matarte, mas tú le diste muerte á él; en esto también eres afortunado. La ley, que amenazaba muerte, declárase amiga tuya, y la conmuta en destierro; en esto eres igualmente afortunado. Una carga de bendiciones pesa suavemente sobre tus espaldas; la fortuna te acaricia luciendo sus mejores galas; pero tú, cual descompuesta y arisca mujerzuela, pones mal gesto á tu fortuna y á tu amor. ¡Cuidado, cuidado! Porque quien tal hace muerte miserablemente. Anda, vete á casa de tu amada, según estaba decidido, subo á su estancia y prodígale consuelos. Mas ten cuidado de no detenerte allí hasta estar montada la guardia, pues entonces no podrías trasladarte á Mántua, en donde has de residir hasta que encontremos coyuntura para hacer público vuestro himeneo, reconciliar á vuestras familias; impenetrar el perdón del Príncipe y llamarte para que te restituyas aquí con mil y mil veces más alborozo que gemidos exhales al partir. Ve delante, ama. Ofrece mis respetos á tu señora, y ruégale que dé prisa á toda la casa para recogerse, á lo cual todos estarán dispuestos por razón de su intenso pesar.
(Romeo va en seguida.)
NODRIZA.
– ¡Dios mío! De buena gana me hubiera pasado yo aquí toda la noche oyendo tan buenos consejos. ¡Ah! ¡Lo que es el saber! (A Romeo.) Caballero, anunciaré á mi señora que vos vendréis.
ROMEO.
– Hazlo así, y dile á mi amada que se apreste á reñirme.
NODRIZA.
– He aquí, señor, una sortija que ella me encargó os entregara. Daos prisa, no perdáis tiempo, pues se hace muy tarde.
((Vase.))
ROMEO.
– ¡Cómo reanima esto mi espíritu!
FRAY LORENZO.
– Vete; buenas noches. De esto depende toda tu suerte: ó te pones en camino antes de estar montada la guardia, ó bien sales de aquí disfrazado al rayar el alba; permaneces en Mantua; yo iré en busca de tu criado, y él te notificará de cuando en cuando todo suceso que aquí ocurra favorable para ti. Dame tu mano; es tarde ya. Adiós, felices noches.
ROMEO.
– Si una dicha superior á toda dicha no me llamara á otro sitio, fuera un pesar separarme tan presto de ti. Adiós.
((Vanse.))
ESCENA IV
(Sala en casa de Capuleto.)
(Entran CAPULETO, la SEÑORA DE CAPULETO y PARIS.)
CAPULETO.
– Tan deplorables sucesos han acontecido, señor mío, que no hemos tenido tiempo de persuadir á nuestra hija. Considerad que ella quería entrañablemente á su primo Tibaldo, y yo no menos que ella. Pero ¿qué remedio? Todos hemos nacido para morir. Es ya muy tarde; Julieta no bajará esta noche, y os aseguro que, á no ser por vuestra compañía, hace una hora que ya estaría yo acostado.
PÁRIS.
– Estas horas de amargura no dan tiempo á los galanteos. Señora, buenas noches. Ofrecer mis recuerdos á vuestra hija.
SRA. DE CAP.
– Con mucho gusto, y mañana temprano sabré yo su modo de pensar. Esta noche está ella encerrada con su pesadumbre.
CAPULETO.
– Señor Páris, me atrevo á responderos del amor de mi hija. Imagino que ella se dejará gobernar por mí en todos conceptos; mejor diré, no dudo de ello. Esposa mía, id á verla antes de recogeros. Instruídla al punto del amor de mi hijo. Páris, y hacedle saber, advertidlo bien, que el miércoles próximo... pero ¡calla! ¿Qué día es hoy?
PÁRIS.
– Lunes, señor.
CAPULETO.
– ¿Lunes? ¡Ah! Sí, el miércoles es demasiado pronto; será el jueves. Decidle que el jueves habrá ella de enlazarse con este noble conde. ¿Estaréis vos dispuesto? ¿No os place tal precipitación? No haremos gran ruido, … un amigo ó dos, pues ya comprenderéis que siendo tan reciente la muerte de Tibaldo, podrían pensar que hacíamos poco aprecio del que era nuestro pariente, si nos entregáramos á bulliciosos regocijos. Así pues, convidaremos á media docena de amigos, y asunto concluído. Mas ¿qué decís vos á que esto sea el jueves?
PÁRIS.
– Señor, que me holgaría de que el jueves fuera mañana.
CAPULETO.
– ¡Magnífico! Podéis retiraros. Sea, pues, el jueves. Id, esposa mía, á ver á Julieta antes de acostaros, y preparadla para el día de la boda. Adiós, caballero. ¡Hola! que traigan luz á mi aposento. ¡Por mi vida! Es ya tan tarde, tan tarde, que de aquí á poco podremos decir que es temprano. ¡Buenas noches!
((Vanse.))
ESCENA V
(Aposento de Julieta, con un balcón que da al jardín.)
(ROMEO y JULIETA.)
JULIETA.
– ¿Quieres irte ya? No está aún cercano el día. Era el ruiseñor, y no la alondra quien hirió tu temeroso oído. Todas las noches trina en aquel granado. Créeme, amor mío, era el ruiseñor.
ROMEO.
– Era la alondra, el heraldo de la mañana, no el ruiseñor. Mira, bien mío, que envidiosas franjas de luz ribetean las rasgadas nubes allá en el Oriente. Las candelas de la noche hanse consumido ya, y el día placentero asoma de puntillas en la brumosa cima de las montañas. Es menester que yo me ausente y viva, ó me quede y muera.
JULIETA.
– Aquella lejana claridad no es la luz del día, bien lo sé. Es algún meteoro luminoso que exhala el sol para que te sirva de porta-antorcha y te alumbre esta noche en tu camino de Mantua. Quédate, pues; aun no tienes precisión de marcharte.
ROMEO.
– Que me prendan, que me hagan morir; contento estoy si tú lo quieres. Diré que aquel tinte gris no es el semblante de la aurora, sino el pálido reflejo del rostro de Cintia, y que no son tampoco de la alondra esas notas que hieren la bóveda celeste tan alto por encima de nuestras cabezas. Mayor afán tengo yo de quedarme que voluntad de partir. ¡Ven, muerte, bien venida seas! Julieta así lo quiere. Pero, ¿qué te pasa, vida mía? Platiquemos, aun no ha llegado el día.
JULIETA.
– ¡Oh, sí, sí! ¡Huye al punto, vete, vete de aquí! Es la alondra que canta de un modo tan desentonado lanzando estridentes disonancias é ingratos chirridos. Diz que la alondra, al emitir sus notas, hace una dulce separación; pero no es así, pues ella nos separa á nosotros. Dicen que la alondra y el repugnante sapo cambian los ojos. ¡Ay! ¡Ojalá hubiesen ellos trocado ahora también la voz! puesto que esa voz nos llena de temor y te arranca de mis brazos ahuyentándote de aquí con su claro manantial. ¡Oh, parte ahora mismo! Clarea cada vez más.
ROMEO.
– ¡Clarea cada vez más! Cada vez más se ennegrecen nuestros duelos!
NODRIZA.
– (En voz baja.) ¡Señorita!
JULIETA.
– ¿Qué hay, ama?
NODRIZA.
– Vuestra señora madre se dirige á vuestro aposento. Ha despuntado el día. Andad con mucha cautela, y ojo alerta.
((Vase.))
JULIETA.
– Entonces, balcón, deja entrar la luz del día y salir mi vida.
ROMEO.
– ¡Adiós, adiós! Un beso, y voy á bajar.
((Desciende por el balcón.))
JULIETA.
– ¿Así me dejas, amor y dueño mío, esposo, amigo? Necesito saber de tí cada día de cada hora, pues en un minuto hay muchos días. ¡Oh, según esta cuenta habré yo envejecido antes que torne á ver á mi Romeo!
ROMEO.
– ¡Adiós! No malograré ocasión alguna para enviarte mis recuerdos, amor mío.
JULIETA.
– ¡Ah! ¿Piensas tú que volveremos á vernos algún día?
ROMEO.
– No lo dudo, y todos estos sinsabores nos servirán de tema para dulces coloquios en nuestros días venideros.
JULIETA.
– ¡Ah, Dios mío! ¡Abriga mi alma tan negros presentimientos!... Se me figura verte, ahora que estás abajo, semejante á un cadáver en el fondo de la tumba. O tengo turbada la vista, ó tú estás pálido.
ROMEO.
– Y créeme, amor mío; á mis ojos también lo estás. Los áridos tormentos beben nuestra sangre. ¡Adiós, adiós!
((Vase.))
JULIETA.
– ¡Oh fortuna, fortuna! Todos te llaman veleidosa. Si eres tal, ¿qué tienes tú que ver con quien goza de renombre por su fidelidad? Sé tornadiza, fortuna, porque entonces, según espero, no le retendrás mucho tiempo, antes lo restituirás pronto á mi lado.
SRA. DE CAP.
– (Dentro.) Eh, hija mía, ¿estás ya levantada?
JULIETA.
– ¿Quién me llama? ¿Es mi señora madre? ¿Será que no se ha recogido aún en hora tan avanzada, ó que ya se ha levantado tan de mañana? ¿Qué insólita causa la conduce aquí?
(Entra la SEÑORA DE CAPULETO.)
SRA. DE CAP.
– Y bien, ¿qué es eso, Julieta?
JULIETA.
– No me siento bien, señora.
SRA. DE CAP.
– ¿Llorando siempre la muerte de tu primo? ¡Qué! ¿Pretendes acaso arrancarle de la tumba á fuerza de lágrimas? Y aun cuando eso lograras, no podrías tú volverle la vida. Así pues, cesa de llorar. Un sentimiento moderado muestra un amor grande, mientras que un exceso de sentimiento es siempre indicio de falta de sensatez.
JULIETA.
– Así y todo, dejadme que llore una pérdida tan sensible.
SRA. DE CAP.
– De esta suerte tú sentirás la pérdida, mas no sentirás junto á ti al amigo por quien lloras.
JULIETA.
– Sintiendo tan vivamente la pérdida, no puedo menos de llorar sin tregua al amigo.
SRA. DE CAP.
– Bien lo veo, hija mía: tú lloras no tanto por su muerte, como porque vive aún el infame que le asesinó.
JULIETA.
– ¿Qué infame, señora?
SRA. DE CAP.
– Ese infame de Romeo.
JULIETA.
– Entre un infame y él, ¡cuántas y cuántas millas de distancia! ¡Dios le perdone como de todo corazón le perdono yo! Y eso que ningún hombre aflige tanto mi corazón como él.
SRA. DE CAP.
– Sí, ello es porque vive aún el pérfido asesino.
JULIETA.
– Ciertamente, señora; porque vive lejos del alcance de estas mis manos. Quisiera que nadie sino yo vengara la muerte de mi primo.
SRA. DE CAP.
– Tomaremos venganza de ella, no temas. Así pues, cese tu llanto. Enviaré cierta persona á Mantua, donde vive ese desterrado vagabundo, á quien propinará una singular bebida que le mandará presto á hacer compañía á Tibaldo; y entonces, como espero, tú estarás satisfecha.
JULIETA.
– A la verdad, de Romeo jamás quedaré satisfecha hasta que yo le vea... muerto... está mi pobre corazón de tal manera torturado por la muerte de un deudo. Señora, si encontráis vos tan siquiera un hombre para llevar el tósigo, yo misma lo prepararé, de suerte que, no bien lo haya tomado, presto duerma Romeo en paz. ¡Ay! ¡Cuánto detesta mi corazón el oirle nombrar y no poder encaminarme adonde él está, para hacer sentir el amor que yo profesaba á mi primo Tibaldo, en el cuerpo de aquel que le quitó la vida!
SRA. DE CAP.
– Descubre tú los medios, y yo encontraré tal hombre. Mas ahora vengo á comunicarte alegres nuevas, hija mía.
JULIETA.
– Bien viene la alegría en una ocasión que tan necesitada está de ella. ¿Qué nuevas son esas, señora? Decidlo, por favor.
SRA DE CAP.
– Vaya, vaya, que tienes un padre que se interesa mucho por ti, hija mía; un padre que por sacarte de tu desolación, ha ideado un imprevisto día de regocijo, que ni tú esperabas ni yo me prometía.
JULIETA.
– En hora feliz, madre mía. ¿Qué día es ése?
SRA. DE CAP.
– Sábete, hija mía, que el próximo jueves, muy de mañana, el galante, joven y noble hidalgo, el conde Páris, tendrá la dicha de hacer de ti una feliz esposa en la iglesia de San Pedro.
JULIETA.
– Pues, por la iglesia de San Pedro y aun por San Pedro mismo, él no hará de mí una feliz esposa. Me admira su prisa, y que yo me haya de desposar antes que venga á hacerme la corte el que ha de ser mi esposo. Os ruego, señora, digáis á mi padre y señor que no intento casarme todavía; y que, de hacerlo, os juro que será con Romeo, á quien vos sabéis que odio, antes que con Páris. ¡Vaya unas nuevas, á fe mía.
((Rompe á llorar.))
SRA. DE CAP.
– Aquí llega vuestro padre. Contádselo vos misma, y veréis como lo va á tomar al oiros.
(Entran CAPULETO y la NODRIZA.)
CAPULETO.
– Cuando se pone el sol, el aire destila rocío; mas por el ocaso del hijo de mi hermano, llueve á chorros. ¿Qué es eso? ¿Un caño, muchacha? ¡Qué! ¿Has de estar siempre bañada en llanto y llorando eternamente á mares? En tu pequeño cuerpo tú remedas una barca, el océano y el huracán; pues contínuamente tus ojos, que bien puedo yo llamar océano, tienen flujo y reflujo de lágrimas; tu cuerpo es la barca que navega en ese piélago salobre; tus suspiros con tus lágrimas, y éstas con éllos, si no sobreviene una súbita calma, harán zozobrar tu cuerpo combatido por la tempestad. Y bien, esposa, ¿habéisle notificado nuestra determinación?
SRA. DE CAP.
– Si, señor; mas ella rehusa; os da las gracias. ¡Así se casara esa necia con su tumba!
CAPULETO.
– ¡Tate! Explicaos, explicaos, esposa. ¡Cómo! ¿No quiere? ¿no nos lo agradece? ¿no se siente enorgullecida? ¿no tiene á dicha, por muy indigna que de ello sea, el que nosotros le hayamos procurado para novio de un tan noble hidalgo?
JULIETA.
– Orgullosa, no; pero sí agradecida, notadlo bien. Jamás puedo estar orgullosa de lo que yo detesto; pero sí estoy agradecida hasta por lo que odio cuando se hace con amoroso designio.
CAPULETO.
– ¡Cómo se entiende, cómo se entiende, zurcidora de retóricas! ¿Qué significa eso? Estoy orgullosa y os lo agradezco, y no os lo agradezco , y sin embargo, no estoy orgullosa... Lo que habéis de hacer vos, deslenguada señorita, es dejados de esas jerigoznas de agradecimientos y orgullos, y aprestar vuestras finitas piernas para el próximo jueves, á fin de ir con Páris á la iglesia de San Pedro, ó de lo contrario, te llevaré arrastrando hasta allí sobre un zarzo. ¡Quítate de mi presencia, encarroñada clorótica! ¡Fuera de aquí, ramera, cara de acelga!
SRA. DE CAP.
– ¡Callad, callad! ¿Estáis loco?
JULIETA.
– Mi buen padre, os lo pido de hinojos. Oídme con benevolencia; una palabra no más.
CAPULETO.
– ¡Vete con mil demonios, rapazuela perdida, criatura ruin y desobediente! Escucha bien lo que te digo: ó te vas á la iglesia el jueves, ó nunca más me mires á la cara. (Julieta hace ademán de querer hablar.) Ni una palabra, no repliques, no respondas. Siento una comezón en los dedos... ¡Ah, esposa mía! Apenas nos creíamos felices por no habernos Dios concedido más que esta hija; pero ahora veo que con esta hija única hay de sobra, y que con ella nos ha caído encima una maldición. ¡Apártate de mi vista, mujerzuela.
NODRIZA.
– ¡Que Dios desde el cielo la bendiga! Hacéis muy mal, señor, en regañarla así.
CAPULETO.
– ¿Y por qué, señora marisabidilla? Cerrad el pico, madre prudencia. Idos á cotorrear con vuestras comadres.
NODRIZA.
No digo ninguna cosa mala.
CAPULETO.
– ¡Eh, vaya con Dios!
NODRIZA.
– (Refunfuñando.) ¿No puede una hablar?
CAPULETO.
– Callaos, necia gruñona; id á verter vuestra prosopopeya en el tazón de una comadre, que aquí no hace falta ninguna.
SRA. DE CAP.
– Estáis muy acalorado.
CAPULETO.
– ¡Por la Hostia sacrosanta! Eso me vuelve loco. De día, de noche, á todas horas, en toda ocasión, á cada momento, trabajando, divirtiéndome, solo, en compañía, siempre fué mi anhelo verla desposada; y ahora que le habíamos deparado un caballero de noble alcurnia, de pingüe patrimonio, joven y educado con el mayor esmero, henchido (como dicen) de honrosas cualidades, un hombre; en fin, tan cumplido como pudiera uno desear; venirnos una miserable y estúpida quejicosa, una muñeca llorona, que, al sonreirle la fortuna, diga por toda respuesta: yo no quiero casarme; yo no puedo amar; soy demasiado niña; os ruego me perdonéis . Pero si no queréis casaros, bueno será mi perdón: ido á pacer donde os plazca, que en mi casa no pondréis más los pies. Miradlo bien, pensadlo bien; yo no acostumbro chancearme. El jueves se acerca; poneos la mano sobre el corazón, y reflexionad. Si sois mi hija, os daré á mi amigo; si no lo sois, ahorcaos, mendigad, consumíos de hambre y miseria, morid como un perro en medio de la calle; pues, por mi alma lo juro, nunca os reconoceré, ni jamás os aprovechará lo mío. Tenedlo por seguro, meditadlo bien; yo no quebrantaré mi palabra.
((Vase.))
JULIETA.
– ¿No hay clemencia en los cielos, que mire hasta el fondo de mi dolor? ¡Oh, dulce madre mía, no me rechacéis! Diferid esta boda un mes, una semana, y donde no, aparejad mi lecho nupcial en aquel sombrío panteón do yace Tibaldo.
SRA. DE CAP.
– Nada me digas, porque no hablaré ni una palabra. Obra como gustes, pues todo ha concluído entre las dos.
((Vase.))
JULIETA.
– ¡Dios mío! – ¡Ay, ama! ¿Cómo se remediará esto? Mi esposo está en la tierra, mi fe en el cielo: ¿cómo volverá de nuevo esta fe á la tierra, á no ser que mi esposo, abandonado en este mundo, me la envíe desde el cielo? Consuélame, aconséjame. ¡Ah, que haya de emplear el cielo artificios contra un sér tan débil como yo! Pero ¿qué dices tú? ¿No tienes ni una sola palabra de alegría? Dame algún consuelo, ama.
NODRIZA.
– A fe mía, helo aquí. Romeo está desterrado, y apostaría yo el mundo entero contra nada, á que nunca más él se atreve á volver aquí para reclamaros; y, de hacerlo, ha de ser forzosamente de tapadillo. Estando, pues, las cosas como están ahora, creo yo que lo mejor será que os caséis con el conde. ¡Oh! Es un galante caballero. A su lado, Romeo es un estropajo. El águila, señorita, no tiene unos ojos tan verdes, tan vivos, tan bellos como los de Páris. Mal haya mi propio corazón si no creo que seréis dichosa en este segundo matrimonio, puesto que aventaja al primero; y cuando no, vuestro primer marido ha muerto, ó tanto monta como si lo estuviera, teniéndole vivo y no poder serviros de él.
JULIETA.
– ¿Hablas tú de corazón?
NODRIZA.
– Y con toda mi alma también; y si no es así, malditos sean los dos.
JULIETA.
– ¡Amén!
NODRIZA.
– ¿Qué?
JULIETA.
– Nada, que me has consolado admirablemente. Vete, y di á mi madre y señora que, por razón del enojo que causé á mi padre, he ido á la celda de fray Lorenzo para confesarme y recibir la absolución.
NODRIZA.
– ¡Mucho que sí! ¡Y hacéis muy bien.
((Vase.))
JULIETA.
– (Mirando á la Nodriza que se aleja.) ¡Vieja condenada! ¡Demonio maldito! ¿Cuál es mayor pecado: tentarme de tal guisa á ser perjura, ó vituperar á mi esposo con esa misma lengua con que mil y mil veces le había ensalzado sobre toda comparación? Vete, consejera; de hoy más, tú y mi corazón estaréis divididos. Voyme á ver qué remedio me da mi confesor. Si fracasan todos los restantes medios, por mi parte quédanme alientos para morir.
((Vase.))
Acto IV
ESCENA PRIMERA
(Celda de Fray Lorenzo.)
(Entran FRAY LORENZO y PÁRIS.)
FRAY LORENZO.
– ¿El jueves, señor? El plazo es muy breve.
PÁRIS.
– Así lo quiere mi padre Capuleto; y no soy tardo ni perezoso para que vaya yo á moderar su prisa.
FRAY LORENZO.
– Según decís, no conocéis vos todavía la inclinación de la dama. Irregular es la manera de proceder y no la apruebo.
PÁRIS.
– Julieta llora sin tasa por la muerte de Tibaldo, y así es que poco le hablé de amor, pues Venus no sonrie en una mansión de lágrimas. Pues bien, su padre juzga peligroso que ella dé así rienda suelta á su dolor, y con prudente acuerdo acelera nuestro himeneo á fin de atajar tal inundación de llanto. Ese pesar que absorbe en demasía su ánimo en la soledad, tal vez se aparte de ella mediante la compañía. Ahora sabéis la razón de tal premura.
FRAY LORENZO.
¡Ojalá no supiera yo porque ello debe retardarse.
(Entra JULIETA.)
PÁRIS.
– Feliz encuentro, señora y esposa mía.
JULIETA.
– Eso podrá ser, caballero, cuando sea yo esposa.
PÁRIS.
– Ese podrá ser ha de ser, amor mío, el próximo jueves.
JULIETA.
– Lo que ha de ser será.
FRAY LORENZO.
– Cierto es el texto.
PÁRIS.
– ¿Venís á confesaros con este buen padre?
JULIETA.
– Responder á eso sería confesarme con vos.
PÁRIS.
– No le neguéis que me amáis.
JULIETA.
– Os confesaré que yo le amo.
PÁRIS.
– Como le confesaréis, seguro que estoy de ello, que vos me amáis.
JULIETA.
– Si eso hago, más valor tendrá semejante confesión siendo hecha á espaldas de vos, que si lo fuera á vuestra faz.
PÁRIS.
– ¡Pobrecilla! ¡Cómo han maltratado las lágrimas tu rostro!
JULIETA.
– Mezquina victoria han logrado las lágrimas con eso, pues bastante marchito estaba antes de sentir sus rigores.
PÁRIS.
– Mayor daño le haces con tales palabras que con tu llanto.
JULIETA.
– No es calumnia, caballero, lo que es verdad; y lo que digo yo, lo digo á mi cara.
PÁRIS.
– Tu cara es mía, y tú la calumniaste.
JULIETA.
– Podría ser, pues no me pertenece. (A Fray Lorenzo) ¿Estáis desocupado al presente, buen padre, ó volveré á la misa de la tarde?
FRAY LORENZO.
– Tengo ahora tiempo disponible, acongojada hija mía. (A Páris.) Caballero, os suplicamos nos dejéis solos un momento.
PÁRIS.
– ¡Líbreme Dios de turbar la devoción! Julieta, el jueves, temprano, iré á despertaros. Hasta entonces, adiós; y recibid este santo beso.
((Vase.))
JULIETA.
– ¡Oh! Cierra la puerta, y luego de hacerlo, ven á llorar conmigo. No hay esperanza, ni remedio, ni auxilio para mí.
FRAY LORENZO.
– ¡Ah, Julieta! Conozco ya tu pesadumbre, que me saca de tino. He sabido que el jueves próximo, sin que baste nada á diferirlo, debes enlazarte con ese conde.
JULIETA.
– No me digas que esto sabes, padre mío, si no me dices cómo puedo yo evitarlo. Si en tu sabiduría no logras darme un remedio, aprueba al menos mi determinación, y con esta daga remediaré al punto mi mal. Dios unió mi corazón al de Romeo, tú enlazaste nuestras manos, y antes que mi diestra, que tú sellaste para Romeo, sea el sello de otro contrato: antes que con pérfida deslealtad mi fiel corazón se dirija a otro, este acero acabará con entrambos. Así que, dame al instante un consejo nacido de tu dilatada experiencia, ó de lo contrario, entre mí y el rigor de mi suerte esta daga sedienta de sangre decidirá la cuestión arbitrando lo que la autoridad de tus canas y de tu saber no pudo llevar á honroso término... No seas tan tardo en hablar; tárdame el morir si lo que vas á expresar no habla de remedio.
FRAY LORENZO.
– Atiende, hija mía. Vislumbro cierta esperanza que exige una resolución tan desesperada, como desesperado es el mal que intentamos prevenir. Si, antes que dar la mano al conde Páris, tiene suficiente fuerza de voluntad para quitarte la vida, es probable que te resuelvas á arriesgarte á un simulacro de muerte para rechazar semejante deshonor, tú que, para huir de él, te arrojas á la muerte misma. Si á ello te atreves, yo te daré el remedio.
JULIETA.
– Ordéname, antes que casarme con Páris, que me arroje yo de lo alto de las almenas de un torreón; que me pasee por los caminos infestados de bandoleros; dime que vaya á echarme entre ponzoñosas serpientes; encadéname junto con rugientes osos; enciérrame de noche en un osario todo cubierto de crujientes huesos de difuntos, de ennegrecidas canillas y armarillentas calaveras descarnadas; mándame que vaya á meterme en una huesa recién cavada, y que me amortaje juntamente con un cadáver; cosas que, al oírlas, me horripilaban, y yo lo haré, sí, lo haré sin temor ni vacilación alguna, á trueque de vivir como esposa sin mancilla de mi dulce amor.
FRAY LORENZO.
– (Cogiendo enternecido las manos de Julieta. Pausa.) Atiende, pues. Vete á tu casa; muéstrate jovial, y consiente en casarte con Páris. Mañana es miércoles; mañana por la noche procura recogerte sola, no permitas que tu nodriza se quede contigo en tu estancia. Luego que te hayas acostado, toma este pomito y bebe hasta la última gota este destilado licor. Al punto correrá por tus venas todas un humor frío y letárgico, que se apoderará de tus espíritus vitales. Así es que ningún pulso conservará su movimiento natural, antes dejará de latir; ni calor ni aliento testificarán que tú vives; las rosas de tus labios y mejillas se marchitarán hasta quedar cual pálida ceniza; las ventanas de tus ojos se cerrarán como cuando las cierra la muerte á la luz de la vida. Cada uno de tus miembros, privado de flexible gobierno, quedará yerto, rígido y frío como el de un cadáver; y en tal simulada apariencia de contraída muerte permanecerás por espacio de cuarenta y dos horas, y luego despertarás como de un plácido sueño. Ahora bien, cuando por la mañana vaya el novio á hacerte levantar del lecho, te encontrará muerta. Entonces, según la usanza de nuestro país, ataviada con tus mejores galas y descubierta en el féretro, serás conducida á la antigua cripta en donde reposa toda la familia de los Capuletos. En el interín, antes que tú despiertes, Romeo se informará por cartas mías de nuestro plan, y vendrá; él y yo esperaremos antentos tu despertar, y aquella noche misma Romeo te llevará á Mantua. Esto te librará de esa inminente deshonra, si algún efímero capricho o algún temor mujeril no abate tu ánimo en el momento de obrar.
JULIETA.
– ¡Dame, dame! ¡Ah! o me hables de temor.
FRAY LORENZO.
– (Dándole el pomito.) Toma, pues, y retírate. Sé firme y afortunada en tu resolución. Yo despacharé sin tardanza un fraile á Mantua, con cartas mías para tu esposo.
JULIETA.
– ¡Amor, préstame fortaleza, y la fortaleza me proporcionará remedio! Adiós, amado padre.
((Vase.))
ESCENA II
(Sala en casa de Capuleto.)
(Entran CAPULETO, la SEÑORA DE CAPULETO, la NODRIZA y dos CRIADOS.)
CAPULETO.
– (Entregando un papel al Criado I.º) Invita á todos cuantos están inscritos aquí. (Vase el Criado I.º) (Al Criado 2º) Y tú, buena pieza, ve á ajustarme veinte hábiles cocineros.
CRIADO 2.º
– No habrá ninguno malo, señor, pues yo experimentaré si se chupan los dedos.
CAPULETO.
– ¿Cómo puedes tú experimentarlos así?
CRIADO 2.º
– Pardiez, señor; mal cocinero es aquel que no se chupa los dedos; y así, aquel que no se chupe los dedos no me lo llevo conmigo.
CAPULETO.
– Está bien; vete. (Vase el Criado 2.º) La fiesta nos va á coger muy desprevenidos esta vez. – Y bien, ¿fué mi hija á ver á fray Lorenzo?
NODRIZA.
– Sí, por cierto.
CAPULETO.
– Perfectamente. Acaso él obre en ella algún bien. ¡Pero qué díscola y voluntariosa es la muy bribona!
NODRIZA.
– Vedla ahí que viene de confesar. ¡Qué cara más risueña!
(Entra JULIETA.)
CAPULETO.
– Vamos á ver, testaruda, ¿adónde fuiste á corretear?
JULIETA.
– Allí donde aprendí á arrepentirme del pecado de desobediente oposición á vos y á vuestros mandatos, y según me lo ha prescrito el santo fray Lorenzo, vengo á postrarme á vuestras plantas implorando perdón. ¡Perdonadme, os lo ruego! En lo sucesivo me dejaré siempre gobernar por vos.
CAPULETO.
– Enviad á buscar al conde; id á informarle de esto. Mañana por la mañana quiero tener anudado este nudo.
JULIETA.
– Encontré al joven conde en la celda de fray Lorenzo, y le ofrecí el afecto que buenamente podía yo ofrecerle sin rebasar los límites de la honestidad.
CAPULETO.
– ¡Ajajá! Me alegro de veras; esto marcha á las mil maravillas. Levántate; la cosa va en toda regla. Quiero ver al conde. Sí, pardiez; id, digo, y traedle acá. Juro á Dios que toda esta ciudad queda muy obligada á este venerable y santo religioso.
JULIETA.
– Ama, ¿quieres venir conmigo á mi gabinete para ayudarme á escoger aquellas indispensables galas que tú creas convenientes para ataviarme yo mañana?
SRA. DE CAP.
– No, no es hasta el jueves; hay tiempo suficiente.
CAPULETO.
– Id, ama, id con ella; mañana iremos á la iglesia.
((Vanse Julieta y la Nodriza.))
SRA. DE CAP.
– Nos veremos apurados para terminar nuestros preparativos. Ya es casi de noche.
CAPULETO.
– ¡Calla, calla! No me daré paz ni reposo, y todo marchará bien; yo te lo garantizo, esposa mía. Vete al cuarto de Julieta, ayúdala á engalanarse. Yo no me acostaré esta noche; dejadme solo y á mi gusto; por esta vez quiero hacer de ama de casa. ¡Hola! ¡eh!... Todos se fueron: No importa, iré yo mismo á ver al conde Páris, a fin de prevenirle para el día de mañana. Mi corazón se ha regocijado de un modo prodigioso desde que esa díscola rapazuela se ha amansado así.
((Vanse.))
ESCENA III
(Aposento de Julieta.)
(Entran JULIETA y la NODRIZA.)
JULIETA.
– Sí, esos atavíos son los mejores; mas te ruego, buena ama, que me dejes sola esta noche, pues necesito orar mucho para mover a los cielos a sonreirme en mi situación, que, bien lo sabes tú, es azarosa y llena de pecado.
(Entra la SEÑORA DE CAPULETO.)
SRA. DE CAP.
– ¡Qué! ¿Estáis muy atareadas? ¿necesitáis de mi ayuda?
JULIETA.
– No, señora; hemos escogido todo lo menester que exige mañana nuestra condición. Y así, tened á bien dejarme ahora sola, y permitid que esta noche el ama la pase con vos, pues seguro estoy de que vuestras manos no estarán un punto ociosas en esa tan apremiante tarea.
SRA. DE CAP.
– Buenas noches. Vete á recoger y descansa, que bien lo necesitas.
((Vansela Sra. de Capuleto y la Nodriza.))
JULIETA.
Sabe el cielo cuando volveremos á vernos.
((Bebe y cae sobre el lecho detrás de las cortinas.))
ESCENA IV
(Sala en casa de Capuleto.)
(Entran la SEÑORA DE CAPULETO y la NODRIZA.)
SRA. DE CAP.
– Oye, nodriza; toma estas llaves, y tráeme más especias.
NODRIZA.
– En la repostería piden dátiles y membrillos.
(Entra CAPULETO.)
CAPULETO.
– ¡Ea, menearse, menearse! El gallo ha cantado ya por segunda vez, y ha sonado la campana de la queda; son las tres. Cuida de los pasteles, buena Angélica, y no repares en gastos.
NODRIZA.
– Vaya, señor cominero, idos á la cama. A buen seguro mañana os váis á sentir mal por haber trasnochado.
CAPULETO.
– ¡Quiá! Ni pizca. ¡Qué disparate! Otras veces, con menos motivo, he pasado en vela toda la noche, y nunca me sentí mal.
SRA. DE CAP.
– Sí, sí. ¡Buen cazador de aves nocturnas habéis sido en vuestro tiempo! Pero ya os vigilaré yo para que no veléis ahora así.
((Vanse la Señora de Capuleto y la Nodriza.))
CAPULETO.
– ¡Celos! ¡Celos!
(Entran tres ó cuatro CRIADOS con asadores, haces de leña y canastas.)
CAPULETO.
– Eh, muchacho, ¿qué traes ahí?
CRIADO I.º
– Cosas para el cocinero, señor; pero no sé qué cosas son.
CAPULETO.
– Pues, vivo, vivo, no te detengas. – (Al Criado 2.º) Tú, galopín, anda á buscar fogotes más secos. Llama á Pedro, y te dirá en dónde los hay.
CRIADO 2.º
– Tengo yo una cabeza, señor, que sabrá encontrar los fogotes sin necesidad de molestar á Pedro por tal cosa.
((Vase.))
CAPULETO.
– Muy bien dicho, pardiez. Ved ahí un hideputa bien chusco. ¡Ja, ja! A este paso acabarás por ser un zoquete de pies á cabeza... Por mi santiguada, que es ya de día, y el conde va á llegar de un momento á otro con la música, según lo prometió... (Suena música dentro) Oigo que se acerca. ¡Eh! ¡ama! ¡esposa!... ¿No oís? ¡Eh, ama, digo!
(Entra la NODRIZA.)
CAPULETO.
– Id á despertar á Julieta, id y engalanadla bien. Yo voy á charlar con Páris. Corred, daos prisa, daos prisa, que ya está aquí el novio. Despachad, digo.
((Vanse.))
ESCENA V
(Aposento de Julieta.)
(JULIETA, tendida en su lecho detrás de las cortinas.)
(– Entra la NODRIZA.)
NODRIZA.
– (En voz baja al principio y levantando por grados la voz.) ¡Señorita!... ¡Vamos, señorita!... ¡Julieta!... Duerme como un poste, no hay duda. ¡Eh, corderita! ¡Eh, señora!... ¡Vaya, vaya, dormilona!... ¡Ea, prenda!... ¡Vaya, digo!... ¡Señora! ¡corazón mío!... ¡Vamos, señora novia!... ¿Ni por esas? ¿ni una palabra?... Ahora estáis aprovechando vuestras miajitas de sueño. Dormid, dormid una semana sin parar, pues la noche que viene, yo os lo aseguro, el conde Páris está decidido á no dejaros apenas descansar. ¡Dios me perdone! ¡Ay sí, amén!... Pero¡qué sueño más pesado! Nada, tendré yo que despertarla. ¡Señorita... señorita... señorita...! Sí, dejad que el conde os coja en la cama; valiente susto os va á dar, á fe, ¿no es cierto? (Descorre las cortinas.) ¡Cómo! ¡Engalanada y con el vestido puesto! ¡y otra vez acostada! No hay más, será menester que os despierte. (Sacudiéndola.) ¡Señorita,... señorita,... señorita!... ¡Triste de mí! ¡Triste de mí! ¡Socorro, socorro! ¡La señorita está muerta! ¡Oh, qué calamidad! ¡Ojalá nunca hubiera yo nacido! ¡Ay! Dadme un poquito de aguardiente... Venid, señor, señora.
(Entra la SEÑORA DE CAPULETO.)
SRA. DE CAP.
– ¿Qué alboroto es ése?
NODRIZA.
– ¡Oh, qué día más funesto!
SRA. DE CAP.
– Pero ¿qué ocurre?
NODRIZA.
– Mirad, mirad. ¡Qué día más calamitoso!
SRA. DE CAP.
– ¡Ay de mí! ¡ay de mí! Hija mía, mi única vida, revive, abre los ojos, ó voy á morir contigo. ¡Favor! ¡Socorro! ¡Pedid auxilio!
(Entra CAPULETO.)
CAPULETO.
– ¡Qué vergüenza! Haced salir á Julieta; su esposo ha llegado ya!
NODRIZA.
– Ha muerto, ha finado, está difunta. ¡Qué desgracia!
SRA. DE CAP.
– ¡Ay dolor! ¡Está muerta, está muerta, muerta!
CAPULETO.
– ¡Ah! Dejad que yo la vea. ¡Ay! ¡Mísero de mí! Está fría; su sangre no circula; sus miembros están yertos; la vida huyó de esos labios largo tiempo ha; la muerte hase posado sobre ella, cual intempestiva escarcha sobre la flor más galana de toda la pradera. ¡Hora maldita! ¡Infortunado viejo!
NODRIZA.
– ¡Ay, que día más desgraciado!
SRA. DE CAP.
– ¡Qué hora más nefasta!
CAPULETO.
– La muerte, que me arrebató mi hija para hacerme gemir, traba mi lengua y no me deja hablar.
(Entran FRAY LORENZO y PARIS con varios MUSICOS.)
FRAY LORENZO.
– Y bien, ¿está ya lista la novia para ir á la iglesia?
CAPULETO.
– Está lista para ir, mas para no volver nunca. (A Páris.) ¡Ay, hijo mío! En la noche precursora de tus bodas el fantasma de la muerte hase acostado con tu esposa. Mírala ahí tendida, flor como era, por él desflorada. Ese horrible fantasma es mi yerno, es mi heredero; con él se ha desposado mi hija. Quiero morir, y se lo dejaré todo á él; vida, hacienda, todo es de la muerte.
PÁRIS.
– ¡Tánto tiempo he ansiado yo ver la faz de este día, para que me ofreciera él un espectáculo semejante?
SRA. DE CAP.
– ¡Oh día maldito, aciago, luctuoso, execrable! Hora la más infausta que jamás vieron los tiempos en el incesante y penoso trabajo de su peregrinación. Sólo tenía yo una hija ¡pobrecilla! Una infeliz y amante hija; una criatura que era mi alegría y mi consuelo, y la despiadada muerte la ha arrebatado de mi vista!
NODRIZA.
– ¡Qué dolor! ¡Malaventurado, malaventurado, malaventurado día! ¡El día más fatal, el más doloroso día que nunca, nunca yo haya visto! ¡Qué día! ¡qué día! ¡qué día!¡qué abominable día! Jamás se vió tan negro día como este. ¡Oh día de dolor! ¡oh día de dolor!
PÁRIS.
– ¡Engañado, divorciado, ofendido, maltratado, asesinado! ¡Oh muerte mil veces aborrecible! ¡Burlado por ti; por ti, cruel, cruel, completamente anonadado! ¡Oh, amor! ¡oh vida! ¡No ya vida, sino amor en la muerte!
CAPULETO.
– Escarnecido, angustiado, aborrecido, torturado, matado! Hora aciaga, ¿cómo viniste á destruir, á exterminar nuestra solemne fiesta? ¡Oh, hija, hija mía! ¡Alma mía, que no hija mía! ¡Estás muerta!... ¡Muerta!... ¡Ay, mi hija no existe ya, y con mi hija se han sepultado mis alegrías todas!
FRAY LORENZO.
– ¡Silencio, ea! ¿Qué escándalo es ese? El remedio de la confusión no está en esas confusiones. El cielo y vosotros teníais parte en esta agraciada niña; ahora el cielo poséela toda entera, y esto es para ella el mayor beneficio. La parte que en ella teníais no pudisteis preservarla de la muerte, mientras que el cielo guarda su parte en la vida eternal. Lo que vosotros más anhelabais era su encumbramiento, pues el verla á ella enaltecida hubiera sido vuestra gloria. ¿Y lloráis ahora viéndola exaltada sobre las nubes y encumbrada hasta el mismo cielo? ¡Oh! Amando así, amáis tan mal á vuestra hija que enloquecéis al verla feliz. No es la mejor esposa aquella que vive desposada largo tiempo, sino la desposada que muere siendo joven esposa. Enjugad, pues, esas lágrimas, y depositad vuestro romero sobre este bello cadáver, y luego, como de costumbre, adornado con todas sus mejores galas, conducidlo á la iglesia; pues si bien la apasionada naturaleza nos fuerza á lamentarnos todos, las lágrimas de la naturaleza son objeto de ludibrio para la razón.
CAPULETO.
– Todo cuanto dispusimos para la fiesta, desciándose de su oficio, sirve para el triste funeral; nuestros instrumentos músicos truécanse en melancólicas campanas; nuestro festín de bodas en luctuoso banquete funerario; nuestros solemnes epitalamios en lúgubres endechas; nuestras flores nupciales son para un sepultado cadáver, y todas las cosas múdanse en sus contrarias.
FRAY LORENZO.
– Retiraos, señor, y vos, señora, seguidle; id vos también, conde Páris. Apréstense cada cual á acompañar á su tumba este hermoso cadáver. El cielo se os muestra ceñudo por alguna ofensa; no le enconéis más contrariando sus altos designios.
((Vanse Capuleto, la Sra de Capuleto, Páris y Fray Loreno, después de echar romero sobre Julieta y correr las cortinas.))
MÚSICO 1.º
– Pardiez, ya podemos recoger nuestros caramillos, y largarnos con la música á otra parte.
NODRIZA.
– ¡Ay, sí! Recogedlos, recogedlos, buena gente, porque, ya lo véis, este es un caso muy triste.
((Vase.))
MÚSICO 1.º
– Sí, á fe mía; un caso que no puede arreglarse tan fácilmente como una cassa di viola.
(Entra PEDRO.)
PEDRO.
– ¡Músicos, oh, músicos míos! Corazón feliz, corazón feliz. ¡Ay! Si no queréis que yo muera, tocadme: Corazón feliz.
MÚSICO 1.º
– ¿Y por qué Corazón feliz?
PEDRO.
– ¡Ay, músicos de mi alma! Porque mi corazón, por su parte, tañe: Mi corazón está lleno de dolor. ¡Oh! Tocadme alguna endecha bien alegre para consolarme,
MÚSICO 1.º
– Ni una endecha siquiera; no es ésta ocasión de tocar.
PEDRO.
– ¿Conque no queréis?
MÚSICO 1.º
– No.
PEDRO.
– Pues entonces os la voy á dar, y que será bien sonada, por cierto.
MÚSICO 1.º
– ¿Qué es lo que nos váis á dar?
PEDRO.
– Dinero no, á fe mía; lo que voy á daros es una leccioncita de solfeo que os dará que rascar, y no el violín.
MÚSICO 1.º
– ¡Miren, miren el lacayuelo!
PEDRO.
– Ya os meteré yo la daga del lacayuelo en vuestra mollera. Ea, re-la-mi-do, que ya me carga tanto oíros tocar el violón, y os voy á marcar el compás sobre las costillas. ¿Tomáis nota de lo que os digo?
MÚSICO 1.º
– Si llegáis á marcarnos el compás, seréis vos quien tomará nota de nosotros.
MÚSICO 2.º
– Vaya, por favor; guardaos vuestra daga, y sacad á relucir vuestra agudeza.
PEDRO.
– Entonces, poneos en guardia contra mi agudeza. Os voy á dejar aplastados con una agudeza acerada, y envainaré mi daga de acero. A ver si me contestáis como hombres: Cuando punzante dolor el corazón lacera, – y negras melancolías la mente oprimen, – entonces la música con su son argentino... ¿Por qué dice son argentino ? ¿por qué la música con su son argentino ? A ver, ¿qué decís vos, Simón Bordón?
MÚSICO 1.º
– ¡Toma! Porque la plata tienen un dulce sonido.
PEDRO.
– ¡Lindamente! ¿Qué decís vos, Hugo Rabel?
MÚSICO 2.º
– Pues digo: son argentino , porque los músicos suenan por el argento.
PEDRO.
– ¡Lindamente también! ¿Y vos, Diego Alma-de-Violín?
MÚSICO 3.º
– ¡Pardiez! No sé qué decir.
PEDRO.
– ¡Ah! Os pido mil perdones. Es verdad, vos sois el cantor. Pues bien, lo diré por vos. Se dice: la música con su argentino , porque los músicos no hacen sonar el oro. (Canta.) Entonces la música con su son argentino, –- con su pronto remedio presta eficaz consuelo.
((Vase cantando.))
MÚSICO 1.º
– ¡Vaya un truhán más importuno!
MÚSICO 2º.
– ¡Que le parta un rayo por majadero! Venid; entrémonos por aquí. Aguardaremos el cortejo fúnebre, y luego nos quedaremos á comer.
((Vanse.))
Acto V
ESCENA PRIMERA
(Mantua. – calle.)
(Entra ROMEO.)
ROMEO.
– Si puedo fiar en la lisonjera verdad del sueño, mis ensueños auguran próximas y faustas nuevas. Plácidamente sentado en su trono está el señor de mi pecho, y todo este día una insólita animación me eleva por encima de la tierra con pensamientos placenteros. Soñé que venía mi esposa y me encontraba muerto (¡sueño portentoso, que concede á un muerto la facultad de pensar!), y con sus besos infundía en mis labios una vida tal que yo revivía y era emperador. ¡Ah! ¡Cuán dulce es la posesión del sér amado, cuando su sola sombra es tan rica en deleites! Entra BALTASAR, con botas de montar. ¡Nuevas de Verona! ¿Qué ocurre Baltasar? ¿No me traes cartas de fray Lorenzo? ¿Cómo está mi señora? Y mi padre, ¿está bien? ¿Cómo lo pasa mi Julieta? Te lo pregunto por segunda vez, pues nada puede ir mal si ella está bien.
BALTASAR.
– Entonces ella está bien, y nada puede ir mal. Su cuerpo reposa en el panteón de los Capuletos, y su parte inmortal vive con los ángeles. Yo la ví depositar en el fondo de la cripta de su familia, y sin dilación tomé la posta para instruiros de ello. ¡Oh! Perdoname si os traigo estas dolorosas nuevas, señor, puesto que tal misión me confiastéis.
ROMEO.
– ¿Será cierto? Entonces, no creo en vosotros, astros. (A Baltasar.) Tú sabes mi alojamiento; procúrame tinta y papel, y alquila caballos de posta. Esta noche quiero partir.
BALTASAR.
– Os ruego, señor, que os calméis. Vuestro semblante pálido y desencajado anuncia algún desastre.
ROMEO.
– ¡Bah! Te engañas. Déjame y haz lo que te ordeno. ¿No tienes para mi carta alguna de fray Lorenzo?
BALTASAR.
– No, mi buen señor.
ROMEO.
– No importa. Vete y alquila esos caballos; al momento seré contigo. (Vase Baltasar.) Sí, Julieta; esta noche reposaré á tu lado. Tracemos los medios... ¡Oh mal, cuán presto te insinúas en el pensamiento de los hombres desesperados! Recuerdo un boticario (y por aquí cerca vive), á quien vi poco ha con harapiento ropaje y tétrica mirada cogiendo hierbas medicinales. Demacrado era su rostro; acerba miseria habíale consumido hasta los huesos. Del techo de su mezquina tienda pendían una tortuga, un caimán disecado y otras pieles de peces disformes; en sus anaqueles había un pobre surtido de cajas vacías, tarros de tierra verde, vejigas y mohosas simientes, trozos de bramante y viejos panes de rosas, todo ello con escasez y bien separado para hacer más ostentación. Advirtiendo tal penuria, dije para mí: si un hombre necesitara en este momento un veneno, cuya venta en Mantua se castiga inmediatamente con la muerte, aquí vive un pobre miserable que se lo expendería. ¡Oh! Este mismo pensamiento no hacía sino adelantarse á mi necesidad, y este mismo hombre necesitado es quien ha de vendérmelo. Si mal no recuerdo, ésta debe de ser la casa Como es hoy disanto, la puerta del mísero está cerrada. ¡Hola! ¡Ah de casa! ¡boticario!
((Llamando fuertemente á la puerta.))
EL BOTICARIO.
– (Abriendo la puerta.) ¿Quién llama tan recio?
ROMEO.
– Llégate acá, amigo. Veo que eres indigente. Toma; ahí van cuarenta ducados, y despáchame una dosis de veneno, una substancia de efectos tan rápidos que, al difundirse por todas las venas, caiga muerto aquel que, hastiado de la vida, la tomara, y que el cuerpo quede descargado de aliento con igual violencia que la impetuosa pólvora inflamada se precipita fuera de las entrañas del cañón destructor.
EL BOTICARIO.
– Poseo tales mortíferas drogas; pero las leyes de Mántua castigan con la muerte á quien las expenda.
ROMEO.
– Tan necesitado estás y tan lleno de miseria, ¿y aun temes morir? El hambre se muestra en tus mejillas; la indigencia y la estrechez asómanse famélicas á tus ojos; el desprecio y la pobreza pesan sobre tus espaldas; ni el mundo ni las leyes mundanas son tus amigos; el mundo no estatuye ley alguna para enriquecerte; así que, no seas pobre, antes quebranta la ley y toma este oro.
((Ofreciéndole un bolsillo de dinero.))
EL BOTICARIO.
– Mi pobreza, mas no mi voluntad, consiente.
ROMEO.
– Tu pobreza pago, que no tu voluntad.
EL BOTICARIO.
– (Entregando á Romeo un frasquito.) Echad esto en un líquido cualquiera y bebedlo hasta la última gota, y así tuviérais la fuerza de veinte hombres, os despacharía en un instante.
ROMEO.
– (Dándole el bolsillo.) He aquí tu oro, veneno más funesto para el alma de los hombres, y que ocasiona más muertes en este mundo abominable que esas pobres mixturas que no te es lícito despachar. Soy yo quien vende á ti el tósigo, no me lo has vendido tú á mí. Adiós. Cómprate alimentos y recobra tus carnes. Ven, cordial, no veneno; ven conmigo á la tumba de Julieta, que allá es donde yo debo hacer uso de ti.
((Vanse.))
ESCENA II
(Celda de fray Lorenzo.)
(Entra FRAY JUAN.)
FRAY JUAN.
– ¡Santo fraile francisco! ¡Hermano! ¡Eh!
(Entra FRAY LORENZO.)
FRAY LORENZO.
– Esa debe de ser la voz de fray Juan. Bien venido seas de Mántua. ¿Qué dice Romeo? O, si es que está escrito su pensamiento, dame su carta.
FRAY JUAN.
– Iba yo buscando, para que me acompañara, un hermano descalzo de nuestra Orden, que se hallaba en esta población visitando á los enfermos, y al topar con él, los celadores de la ciudad, sospechando que los dos habíamos estado en una casa donde reinaba la infecciosa pestilencia, sellaron las puertas y no nos permitieron salir. De modo que aquí quedó atajada mi presteza para ir á Mantua.
FRAY LORENZO.
– ¿Quién llevó, pues, mi carta á Romeo?
FRAY JUAN.
– No pude enviarla; aquí está otra vez. Tampoco pude encontrar mensajero alguno para traértela, tanto era el temor que tenían todos al contagio.
FRAY LORENZO.
– ¡Suerte funesta! Por mi santa Orden, no era trivial la carta, antes bien contenía un mensaje de suma importancia y cuyo descuido puede acarrerar un gran peligro. Vete, hermano Juan; procúrame una palanca de hierro y tráela sin dilación á mi celda.
FRAY JUAN.
– Voy á traértela, hermano.
((Vase.))
FRAY LORENZO.
– Ahora es menester que yo vaya solo al panteón. Dentro de tres horas se despertará la hermosa Julieta. ¡Qué de maldiciones me va á echar ella por no haber tenido Romeo noticia de estos sucesos! Pero escribiré de nuevo á Mantua, y á ella la guardaré en mi celda hasta la llegada de Romeo. ¡Pobre cadáver viviente encerrado en la tumba de un muerto!
ESCENA III
(Un cementerio, en medio del cual se levanta el panteón de los Capuletos.)
(Entran PARIS y su PAJE, que lleva flores y una antorcha)
PÁRIS.
– Dame la antorcha esa, muchacho. Retírate y permanece á alguna distancia de aquí. Pero no, apaga esa luz, pues no quiero ser visto. Tiéndete al pie de aquellos tejos, y aplica el oído al hueco suelo, pues estando éste reblandecido é inconsistente á fuerza de cavar fosas en él, ninguna planta pisará el cementerio sin que tú lo oigas. Si tal sucede, da un silbido en señal de que oyes acercarse alguno. Dame acá esas flores. Véte, y haz cuanto te dije.
EL PAJE.
Casi tengo miedo de quedarme solo aquí en el cementerio; no obstante, voy á aventurarme.
((Se retira.))
PÁRIS.
– Dulce flor, tu lecho nupcial siembro de flores (¡ay dolor! polvo y piedras son tu pabellón), que con agua olorosa acudiré á regar todas las noches, ó á falta de ella, con lágrimas destiladas por mis quejidos; las exequias que por ti celebraré todas las noches, serán llorar y esparcir flores sobre tu sepulcro. (El paje silba.) El paje da aviso de que alguien se acerca. ¿Qué pie maldito vaga esta noche por este sitio para interrumpir mis exequias y el culto del verdadero amor? ¡Qué! ¡Con una antorcha! Encúbreme noche, con tu velo por un instante.
((Retírase.))
(Entran ROMEO y BALTASAR, con una antorcha, un azadón y una palanca.)
ROMEO.
– Dame ese azadón y la palanca de hierro. Atiende: toma esta carta, y por la mañana muy temprano procura entregarla á mi padre y señor. Dame la luz. Por tu vida te prevengo que, sea lo que fuere que tú oigas ó veas, permanezcas alejado de aquí, y no me interrumpas en mi tarea. La razón de bajar yo á este lecho de muerte, en parte es para contemplar el rostro de mi señora, pero principalmente para quitar de su dedo sin vida una sortija preciosa, una sortija que yo necesito para cierto uso de importancia. Así pues, vete, aléjate de aquí. Mas si tú, receloso, vuelves á este sitio para acechar lo que luego intento hacer, júrote por los cielos que voy á descuartizarte miembro por miembro, y esparcir tus restos por este hambriento cementerio. Cual la hora, mis designios tienen una crueldad salvaje; son mucho más feroces é implacables que los tigres famélicos y el bramador océano.
BALTASAR.
– Voyme, señor. No os incomodaré.
ROMEO.
– Así me probarás tu afecto. Toma esto (entregándole una bolsa de dinero); vive y sé dichoso. Adiós, buen compañero.
BALTASAR.
Por eso mismo voy á ocultarme cerca de aquí. Sus miradas me asustan, y sus intentos me dan que recelar.
((Retíranse.))
ROMEO.
– Tú, detestable buche, seno de muerte, repleto del más exquisito bocado de la tierra, así fuerzo yo á abrirse tus podridas quijadas, y á despecho tuyo, voy á atiborrarte de nuevo pasto.
((Abre la tumba.))
PÁRIS.
Ese es aquel proscrito é insolente Montesco que asesinó al primo de mi dama; y del dolor que esto le causara se presume que sucumbió esa bella criatura. Y aquí ha venido á cometer alguna torpe profanación con los muertos. Voy á prenderle.
ROMEO.
– Sí, debo morir, y para ello vine aquí. Bueno y noble mancebo; no tientes á un hombre desesperado. Huye de aquí y déjame en paz. Piensa en esos que partieron de este mundo, y que ellos te infundan temor. Te lo suplico, garzón, no acumules un nuevo pecado sobre mi cabeza exasperándome hasta el furor. ¡Oh, vete! Por el cielo te juro que te aprecio más que á mí mismo, pues armado contra mí mismo he venido yo aquí. No te detengas, aléjate de este sitio. Vive, y dí luego que la clemencia de un loco te instó á que huyeras de aquí.
PÁRIS.
– Desprecio tus conjuros, y aquí te prendo por felón.
ROMEO.
– ¿Pretendes acaso provocarme? Entonces, ¡defiéndete, rapaz!
((Riñen.))
EL PAJE.
– ¡Dios mío, pelean! Corro á llamar la ronda.
((Vase.))
PÁRIS.
– ¡Ah! ¡Muerto soy! (Cae.) Si eres compasivo, abre esa tumba y déjame al lado de Julieta.
((Muere.))
ROMEO.
– Lo haré, á fe mía. Examinemos de cerca ese rostro. ¡El pariente de Mercucio, el noble conde Páris!... ¿Qué me decía mi criado mientras cabalgábamos, cuando mi alma violentamente combatida no le atendía? Contábame creo, que Páris tenía que desposarse con Julieta. ¿No era eso lo que dijo, ó lo habré yo soñado? ¿O es que soy un insensato, que oyéndole hablar de Julieta, imaginé tal cosa? – ¡Oh, dame la mano, tú, que como yo, fuiste inscrito en el libro del amargo infortunio! Yo te sepultaré en una tumba espléndida. ¡Qué digo tumba! ¡Ah, no! una linterna, joven víctima, pues aquí descansa Julieta, y su hermosura hace de esta cripta un regio saló de fiestas radiante de luz. Muerte, yace ahí enterrada por un muerto. (Colocando á Páris en la tumba.) – ¡Cuántas veces, cuando los hombres están á punto de morir han experimentado cierta alegría! A esto llaman sus enfermeros el relámpago precursor de la muerte. ¡Ah! ¿Cómo puedo yo llamar eso un relámpago? (Contemplando á Julieta.) ¡Oh, amor mío, esposa mía! La muerte, que ha libado el néctar de tu aliento, ningún poder ha tenido aún sobre tu belleza. Tú no has sido vencida; la enseña de la hermosura todacía ostenta su carmín en tus labios y mejillas, y el pálido estandarte de la muerte no ha sido aún enarbolado aquí. ¡Y tú, Tibaldo, ¿no yaces ahí envuelto en tu sangrienta mortaja? ¡Ah! ¿Qué mayor merced puedo yo hacerte que con aquella mano que segó tu vida en flor, tronchar la del que fué tu enemigo? ¡Perdóname primo! – ¡Ah, Julieta idolatrada! ¿Por qué eres aún tan bella? ¿Habré yo de pensar que el incorpóreo fantasma de la muerte se ha prendado de ti, y que ese descarnado mostruo aborrecible te guarda en esas tinieblas para hacer de ti su concubina? Por temor de eso quiero permanecer siempre á tu lado, y nunca más salir de este alcázar de sombría noche. Aquí, aquí yo quiero quedarme con los gusanos que forman tu servidumbre. ¡Oh, sí! Aquí fijaré yo mi eterna morada, librando así del yugo de adversos astros esta carne hastiada del mundo. — Ojos míos, mirad por vez postrera! Brazos, dad vuestro último abrazo! Y vosotros, labios, puertas del aliento, sellad con un legítimo beso un contrato ilimitado con la muerte que todo lo acapara. (Cogiendo la redoma.) ¡Ven, amargo conductor; ven, austero guía! Tú, desesperado piloto, lanza ahora de golpe, para que vaya á estrellarse contra las rompientes, tu maltrecho bajel, cansado de navegar! ¡Brindo por mi amada! (Bebe.) – ¡Oh, veraz boticario! Activas son tus drogas... ¡Así muero... con un beso!
((Muere.))
(Entra por el otro extremo del cementerio FRAY LORENZO con una linterna, una palanca y un azadón.)
FRAY LORENZO.
– ¡Válgame san Francisco bendito! ¡Cuántas veces han tropezado esta noche con las tumbas mis añosos pies! ¿Quién está ahí? ¿Quién es ése que tan á deshora acompaña á los muertos?
BALTASAR.
– (Adelantándose.) Uno que es amigo vuestro, y uno que os conoce bien.
FRAY LORENZO.
– ¡El cielo os bendiga! Decid, buen amigo: ¿qué antorcha es aquella que en balde presta su luz á los gusanos y á las calaveras sin ojos? Si mal no distingo, arde en el panteón de los Capuletos.
BALTASAR.
– Así es, venerable padre; y allí está mi amor, á quien vos apreciáis.
FRAY LORENZO.
– ¿Quién es?
BALTASAR.
–Romeo.
FRAY LORENZO.
– (Con gran sorpresa y ansiedad.) ¿Hace mucho que está aquí?
BALTASAR.
– Más de media hora.
FRAY LORENZO.
– Venid conmigo á la cripta.
BALTASAR.
– No me atrevo, señor. Mi amor ignora que yo esté aquí, y me ha amenazado terriblemente de muerte si me quedaba yo para acechar sus intentos.
FRAY LORENZO.
Apodérase de mí el espanto. ¡Ah! Mucho temo un accidente funesto.
BALTASAR.
– Estando yo durmiendo al pie de aquel tejo, soñaba que mi amo se batía con otro, y que mi amor le mataba.
FRAY LORENZO.
– ¡Romeo! (Avanzando.) ¡Ay de mí! ¿Qué sangre es ésa que tiñe el marmóreo umbral de este sepulcro? ¿Qué significan estos aceros enrojecidos, que yacen abandonados y sangrientos en esta mansión de paz? (Entra en el panteón.) ¡Romeo! ¡Oh, está, pálido!...¿Quién más? ¡Cómo! ¿París también? ¡Y bañado en sangre! ¡Ah! ¿Qué hora despiadada es culpable de este lance desastroso?... La dama se mueve...
((Julieta se despierta.))
JULIETA.
– ¡Oh, padre consolador! ¿Dónde está mi dueño? Bien recuerdo el sitio en que debía yo hallarme, y en él me hallo. Pero mi Romeo ¿dónde está?
((Rumor dentro.))
FRAY LORENZO.
– Oigo rumor. Huye, señora, de ese antro de muerte, pestilencia y sueño contranatural. Un poder superior, que no podemos nosotros contrastar, ha desbaratado nuestros designios. Ven, salgamos de este sitio. Ahí en tu seno yace tu esposo exánime, lo propio que Páris. Ven, yo te haré ingresar en una comunidad de santas religiosas. No te detengas en interrogarme, pues la ronda se avecina. ¡Ea, ven, buena Julieta. (Ruido dentro más cerca.) No me atrevo á esperar más.
((Vase.))
JULIETA.
– Vete, vete tú, que yo no quiero moverme de aquí. – ¿Qué es eso? ¿Una copa fuertemente apretada en la mano de mi fiel amado? El veneno, según veo, ha sido la causa de su fin prematro. ¡Ah, ingrato! ¿Todo lo apuraste, sin dejar para mí una sola gota benéfica que me ayude á seguirte? Besaré tus labios. Tal vez haya quedado en ellos un resto de ponzoña, que me haga morir con un cordial. (Le besa.) Tus labios están calientes aún.
GUARDIA 1.º
– (Dentro.) Guía, muchacho. ¿Por dónde?
JULIETA.
– ¡Qué! ¿Rumor? Abreviemos, pues. (Cogiendo rápidamente la daga de Romeo.) ¡Oh, daga bienhechora. Esta es tu vaina. (Se hiere.) Enmohécete aquí y haz que yo muera.
((Cae sobre el cuerpo de Romeo, y expira.))
(Entra LA RONDA con el PAJE DE PÁRIS.)
EL PAJE.
– Este es el sitio, allí donde arde la antorcha.
GUARDIA 1.º
– El suelo está ensangrentado; registrado todo el cementerio. Id, algunos de vosotros, y prended á quienquiera que encontréis. (Vanse algunos Guardias) ¡Qué lastimoso espectáculo! Aquí yace asesinado el conde, y aquí Julieta chorreando sangre, caliente aún y recién fallecida, después de haber estado aquí dos días sepultada. Id á prevenir al Príncipe; corred al palacio de Capuleto; despertad á los Montescos; que indaguen algunos otros (Vanse otros Guardias.) Vemos donde han acontecido esos desastres; mas ¿por dónde se han originado todos esos lamentables desastres? No es posible descubirlo sin conocer los detalles.
(Entran algunos GUARDIAS conduciendo á BALTASAR.)
GUARDIA 2.º
– Aquí está el criado de Romeo; le hemos encontrado en el cementerio.
GUARDIA 1.º
– Tenedle bien custoriado hasta que venga el Príncipe.
(Entran otros GUARDIAS conduciendo á FRAY LORENZO.)
GUARDIA 3.º
– Ved aquí un fraile que tiembla, suspira y llora. Le hemos quitado esta piqueta y este azadón cuando él venía de este lado del cementerio.
GUARDIA 1.º
– ¡Grave sospecha! Detened al fraile también.
(Entra EL PRÍNCIPE con su acompañamiento.)
EL PRÍNCIPE.
– ¿Qué desventura ha madrugado tanto que así á nuestra persona despierta del sueño matinal?
(Entran CAPULETO, la SRA. DE CAPULETO y otros.)
CAPULETO.
– ¿Qué será eso que la gente grita en todas partes?
SRA. DE CAP.
– El pueblo está en la calle exclamando: ¡Romeo! unos; otros, ¡Julieta! y otros, ¡Páris! Y corren todos con grandes clamores hacia nuestro panteón.
EL PRÍNCIPE.
– ¿Qué alarma será esa que causa sobresalto en nuestros oídos?
GUARDIA 1.º
– Soberano señor, ved ahí el conde Páris asesinado; Romeo ya cadáver, y Julieta, que había muerto ya, caliente aún y recién matada.
EL PRÍNCIPE.
– Buscad, inquirid, indagad cómo ha ocurrido esta horrenda matanza.
GUARDIA 1.º
– Aquí están un fraile y el criado del difunto Romeo con unas herramientas que llevaban, propias para abrir las tumbas de esas cadáveres.
CAPULETO.
– ¡Oh, cielos! ¡Ay, esposa mía: mirad como sangra nuestra hija! Esta daga ha errado la senda (pues ved, su vaina está vacía en la espalda de Montesco), y se ha envainado por error en el pecho de mi hija.
SRA. DE CAP.
– ¡Mísera de mí! Este espectáculo de muerte es como una campana que llama mi vejez al sepulcro.
(Entran MONTESCO y otros.)
EL PRÍNCIPE.
– Ven, Montesco; pues tú te has levantado tempranamente para ver caído más tempranamente aún á tu hijo y heredero.
MONTESCO.
– ¡Ah, soberano mío! Mi esposa ha expirado esta noche. La pesadumbre motivada por el destierro de mi hijo cortó su aliento. ¿Qué nuevo dolor conspira contra mi ancianidad?
EL PRÍNCIPE.
– Contempla, y lo verás.
MONTESCO.
– Oh tú, descomedido, ¿qué maneras son ésas, de lanzarte á la tumba antes que tu padre?
EL PRÍNCIPE.
– Sella por un momento tu ultrajante boca, hasta que veamos aclarados estos misterios y sepamos su origen, su causa, su verdadera sucesión; y entonces seré yo caudillo de vuestros duelos y os guiaré hasta á la muerte si preciso fuere. Mas en el interín, conteneos, y haced que la desventura sea esclava de la resignación. Traed á mi presencia los individuos sospechosos.
FRAY LORENZO.
– Yo soy el principal, aunque el menos capaz de cometer actos tales. No obstante, soy en el alto grado sospechoso, pues la hora y el luegar deponen contra mí en esa monstruosa carnicería; y aquí me tenéis dispuesto á acusarme y defenderme, siendo yo mismo quien se condena y quien se disculpa.
EL PRÍNCIPE.
– Entonces dí al punto lo que sepas sobre el caso.
FRAY LORENZO.
– Seré conciso, pues el corto plazo que me resta de vida no es tan dilatado como el enojoso relato del suceso. ROMEO, ahí muerto, era esposo de esa Julieta que véis; y ella, ahí difunta, era de ese ROMEO fiel consorte. Yo los desposé, y el día de su secreto himeneo fué el postrer día de Tibaldo, cuya prematura muerte fué causa de salir desterrado de esta ciudad el novel esposo, por quién, y no por Tibaldo, languidecía Julieta. Vos, Capuleto, á fin de alejar de ella aquel asalto de dolor, la prometísteis al conde Páris, y os empeñásteis, mal de su grado, en casarla con él. En esto, acude ella á mí, y con descompuesto semblante me suplica que trace yo algún arbitrio para librarla de este segundo matrimonio, ó de lo contrario, allí mismo, en mi celda, se quitaría ella la vida. En tal situación, aleccionado por mi arte, ofrecíle una bebida soporífera, la que obró cual yo esperaba, pues produjo en ella la apariencia de la muerte. Entre tanto, escribó á Romeo para que viniera aquí esta misma noche fatal, á fin de ayudarme á sacar á Julieta de su falta tumba, por ser el tiempo en que debía cesar la fuerza del narcótico. Pero el portador de mi carta, fray Juan, vióse detenido por un accidente casual, y ayer noche me devolvió mi escrito. Entonces yo solo, á la hora prefijada del despertar de Julieta, he acudido á sacarla de la cripta de sus mayores, con el intento de guardarla secretamente en mi celda hasta que yo entontrara oportunidad para enviar recado á Romeo. Mas cuando he llegado, breves minutos antes del momento de que despertara ella, yacían aquí muertos prematuramente el noble Páris y el fiel Romeo. Despiértase Julieta; yo la instaba á que saliera de allí y soportara con resignación este golpe de los cielos, mas en aquel punto hase oído un rumor que me ha hecho huir sobresaltado de la tumba. Ella, harto desesperada, resistíase á seguirme, y según todas las apariencias, ha atentado violentamente contra sí misma. Esto es todo cuanto sé, y respecto al casamiento, la nodriza de Julieta está en el secreto. Si en este suceso alguna cosa ha salido mal por mi culpa, sea sacrificada mi caduca existencia breves horas antes de su término, bajo el rigor de la más severa ley.
EL PRÍNCIPE.
– Siempre te hemos tenido por santo varón. ¿Dónde está el criado de Romeo? ¿Qué puede manifestar sobre esto?
BALTASAR.
– Llevé á mi amo la noticia de la muerte de Julieta, y en seguida, corriendo la posta, vino él de Mántua á este mismo sitio, á este mismo panteón. Me ordenó que muy de mañana entregara esta carta á su padre, y en el momento de entrar en la cripta me ha amenazado de muerte si yo no partía y le dejaba solo allí.
EL PRINCIPE.
– Dame la carta; quiero examinarla. ¿Dónde está el paje del conde, el que llamó á la ronda? Dí, muchacho: ¿qué hacía tu amo en este sitio?
EL PAJE.
– Vino trayendo flores para esparcirlas sobre la tumba de su dama. Ordenóme que permaneciera á alguna distancia, y así lo hice. A poco, viene un hombre con una luz á abrir el panteón, y un instante después mi amo le acomete con la espada desnuda, y al punto he ido corriendo á llamar la ronda.
EL PRÍNCIPE.
– Esta carta abona las palabras del fraile. En ella se relatan los incidentes de tales amores, las nuevas de la muerte de Julieta, y aquí escribe Romeo que compró á un pobre boticario un tósigo con el cual vino á esta cripta para morir y reposar al lado de su amada... ¿Dónde están esos enemigos? ¡Capuleto! ¡Montesco! Ved qué castigo ha caído sobre vuestros rencores. El cielo ha encontrado manera de matar vuéstras alegrías por medio del amor. Y yo, por haber cerrado los ojos ante vuestras discordias, también perdí á dos de mis deudos. Todos sufrimos nuestro castigo.
CAPULETO.
– Montesco, hermano mío, dame la mano. Esta es la viudedad de mi hija. Nada más puedo pedir.
MONTESCO.
– Pero más no puedo ofrecerte yo. Erigiré á Julieta una estátua de oro purísimo, para que mientras Verona sea conocida por este nombre, ninguna efigie sea tenida en tan alto aprecio como la de la fiel y constante Julieta.
CAPULETO.
– Esplendoroso cual ella, yacerá Romeo al lado de su esposa. ¡Pobres víctimas sacrificadas á nuestra enemistad!
EL PRÍNCIPE.
– Melancólica paz aporta con ella esta aurora; á causa de su duelo el sol no mostrará su faz. Salgamos de aquí para que hablemos más largamente de estos lamentables sucesos. A unos les alcanzará el perdón, á otros el castigo; pues nunca hubo más dolorosa historia que la de Julieta y su Romeo.
((Vanse.))